Valentina Romero siempre ha vivido con una sonrisa, tratando de ver el lado bueno de la vida a pesar de su corazón frágil. Cada día es una batalla silenciosa entre la fuerza que muestra al mundo y la vulnerabilidad que la acompaña en la soledad de su habitación. Sabe que amar podría significar dolor, que entregar su corazón podría ser un lujo que no puede permitirse.
Hasta que conoce a Dante Moretti , un CEO poderoso, frío y seguro de sí mismo, cuya mirada no la trata con lástima, sino con un interés que la desconcierta y la atrae como nunca antes. Él percibe sus miedos y debilidades, pero no los juzga; él la ve.
Juntos comienzan una relación sin promesas, sin etiquetas, marcada por la pasión contenida, la complicidad y la química que ambos sienten, aunque el tiempo no esté de su lado. Mientras la enfermedad de Valentina avanza silenciosa, los sentimientos crecen y la tensión entre lo que desean y lo que temen alcanzar se hace insoportable.
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Capítulo 2: La Sombra en el Espejo
La librería cerró sus puertas con el suave carillón de la campanilla sobre la entrada.
El silencio que siguió no fue pacífico, sino denso, cargado con el eco de las voces y risas que se habían evaporado.
Para Valentina, ese momento de transición entre el bullicio público y la soledad privada era siempre el más peligroso. Era cuando la armadura, ya debilitada por el esfuerzo del día, comenzaba a resquebrajarse.
—¿Segura que no quieres venir? —preguntó Sofía, enfundándose un abrigo ligero—. Es solo un café. Diego y sus amigos van a contar otra vez sus historias de viajes desastrosos. Siempre es divertido.
La tentación era enorme: la normalidad de un café con amigos, la charla intrascendente, la sensación de pertenecer a un grupo donde eras solo Val, la chica sarcástica de la librería, no Valentina Romero, la paciente cardíaca.
Pero el peso en sus huesos era una realidad física, una losa que la anclaba al suelo. Cada latido, ahora más lento pero aún consciente, le recordaba el precio de excederse.
—Otro día, Sofí —respondió, forzando un tono ligero que le sonó a falso—. Tengo esa reseña que prometí escribir y una pila de ropa esperando a ser doblada que me está mirando con reproche. Ya sabes, la vida glamurosa.
Sofía la miró con una leve preocupación.
—Val… —dudó—. ¿Estás segura? No quiero presionarte, pero…
—No me mires así —interrumpió Val, sonriendo más ampliamente de lo que sentía—. Mañana te cuento todos los chistes malos que te perdiste. Vete, que te esperan.
Cuando la puerta se cerró tras su amiga, la sonrisa se desvaneció de su rostro como si nunca hubiera estado allí.
La librería, su segundo lugar favorito después de su apartamento, de repente se sintió enorme y vacía. Las estanterías altas parecían inclinarse sobre ella; los lomos de los libros formaban un mosaico de vidas ajenas, de aventuras que ella nunca tendría la stamina para vivir plenamente.
Caminó hasta la sección de poesía, su rincón favorito. Deslizó los dedos por los lomos gastados, sintiendo el cuero y el papel como una forma de comunión.
Encontró un ejemplar viejo de Pablo Neruda, cuya portada estaba desgastada en las esquinas. Lo abrió al azar. Sus ojos cayeron en un verso:
"Y tuve que andar con pena y con alegría, entre dolores y alegrías, naciendo y muriendo…"
Un nudo se formó en su garganta. Naciendo y muriendo. Las palabras resonaron en el silencio de su pecho. A veces sentía que estaba haciendo ambas cosas a la vez, cada día.
Recogió sus cosas y salió a la calle. La ciudad de noche era un espectáculo distinto. Las luces de los edificios parpadeaban como estrellas terrestres, y el rumor del tráfico era una canción de cuna constante para una metrópoli que nunca dormía del todo.
Para Val, cada paso hacia casa era una pequeña batalla. La pendiente suave hacia su edificio se sentía como una montaña. Respiró hondo, como le habían enseñado: dos pasos inspirando, dos pasos espirando, fingiendo que observaba los escaparates cuando en realidad solo intentaba que el mundo dejara de dar vueltas.
Llegó a la puerta de su apartamento con el corazón martilleándole en los oídos, un sonido ensordecedor que solo ella podía oír.
Al cerrar la puerta tras de sí, apoyó la espalda contra la madera y cerró los ojos, vencida. La soledad de su hogar era diferente a la de la librería. Aquí no había disculpas que dar ni máscaras que mantener por si alguien entraba. Aquí solo estaba ella y su corazón defectuoso.
Se despojó de la chaqueta y la colgó con movimientos automáticos. El apartamento era acogedor, un reflejo de su personalidad: estantes llenos de libros, plantas resistentes que sobrevivían a su olvido, cojines de colores vivos y una manta suave en el sofá. Pero esa noche, la calidez no lograba penetrar el frío que sentía por dentro.
Preparó una cena sencilla: una sopa que calentó en el microondas. Se sentó sola en la mesa de la cocina, escuchando el tictac del reloj de pared. Cada tic-tac parecía marcar un latido perdido, un segundo menos.
—¿Por qué todo tiene que doler tanto? —murmuró al aire, como si alguien pudiera responderle.
La sopa le supo a ceniza. ¿Cómo podía explicarle a alguien el miedo constante? No era miedo a la muerte, no exactamente. Era miedo a la vida a medias, a ser una espectadora desde la banda, a tener que calcular cada risa, cada lágrima, cada emoción fuerte por si desencadenaba la tormenta perfecta dentro de su pecho.
Terminó de comer y se dirigió al baño para lavarse la cara. El agua fría le dio un pequeño shock, un breve instante de lucidez. Se miró en el espejo. La joven que la observaba tenía los ojos cansados. Había pequeñas sombras violáceas bajo ellos, un recordatorio de las noches de sueño interrumpido por la pesadez en el pecho o el miedo a no despertar.
Se acercó más al espejo, estudiando su propio reflejo.
—¿Quién eres? —susurró.
La chica del espejo no respondió. Solo la miró con una tristeza profunda y un conocimiento que Val rara vez permitía que nadie viera, ni siquiera a sí misma.
La máscara se había caído por completo, dejando al descubierto la fragilidad cruda. Ya no estaba la sonrisa fácil ni el brillo juguetón en los ojos. Solo quedaban el miedo, la soledad y una fatiga tan profunda que parecía haber impregnado hasta sus huesos.
Un temblor le recorrió las manos. Lo apretó contra su pecho, como si pudiera contener la tempestad que se avecinaba. Pero era inútil. La primera lágrima cayó sin permiso, una gota caliente que recorrió su mejilla y se perdió en el lavabo. Luego otra. Y otra más.
Se dejó caer en el borde de la bañera, hundiendo el rostro en sus manos. El llanto no fue dramático ni sonoro. Fue silencioso, desesperado, un río de dolor contenido que finalmente se desbordaba. Su cuerpo se estremecía con cada sollozo ahogado, pero apenas emitía sonido. Era un llanto de práctica, de años de llorar en silencio para no preocupar a nadie, para no tener que explicar lo inexplicable.
—No es justo… —susurró entre sollozos—. No es justo…
Lloró por la injusticia. Lloró por las carreras que nunca podría correr, por las montañas que nunca escalaría, por la simple y abrumadora fatiga de tener que pensar en cada respiración.
Lloró por la chica que podría haber sido: la versión de Valentina con un corazón fuerte, la que podría haber aceptado ir a tomar ese café sin pensarlo dos veces, la que podría haberse enamorado sin el terror constante de romperle el corazón a alguien, literalmente.
Las lágrimas caían sobre su camiseta, dejando pequeñas manchas oscuras. Se abrazó a sí misma, rodeando su torso delgado, sintiendo a través de la tela la cicatriz familiar en su esternón, la línea que dividía su vida en un antes y un después. Era el recordatorio físico de la batalla que su cuerpo libraba todos los días.
—¿Por qué a mí? —preguntó en voz baja, casi infantil.
La pregunta, universal y antigua, resonó en su mente. Pero no había respuesta. Solo el silencio de su apartamento y el sonido de su propia aflicción ahogada.
Después de lo que pareció una eternidad, el llanto amainó. Los sollozos se convirtieron en hipos, y luego en un silencio vacío. Se sentía vaciada, como si las lágrimas se hubieran llevado consigo la última gota de su fuerza. Se quedó sentada en el borde de la bañera, mirando la pared de azulejos blancos sin verla realmente.
Finalmente, se levantó con esfuerzo. Se lavó la cara con agua fría, enfriando la piel enrojecida alrededor de sus ojos. Se miró de nuevo en el espejo. Los ojos aún estaban hinchados y tristes, pero la tormenta había pasado. Por ahora.
Se dirigió a su habitación y se puso el camisón más suave que tenía, de un algodón viejo y desgastado que sentía como un abrazo. Se metió en la cama, rodeándose de cojines y arropándose con la manta. Afuera, la ciudad seguía viva, con sus luces y sus sonidos. Pero dentro de su habitación, solo existía el sonido de su propia respiración, que poco a poco se hacía más regular y profunda.
Apagó la luz de la mesilla de noche, sumergiéndose en la oscuridad. No rezaba a menudo, pero esa noche, mientras las últimas ondas de tristeza reverberaban en ella, susurró hacia el techo:
—Solo dame fuerza para mañana. Solo fuerza para un día más.
Era la misma plegaria de siempre. No pedía curación. No pedía milagros. Solo pedía la fuerza para ponerse la máscara una vez más, para salir y enfrentar el mundo con una sonrisa y un chiste sarcástico, para que nadie, ni siquiera ella misma a veces, viera la sombra de miedo y soledad que llevaba dentro.
Y finalmente, el sueño la alcanzó, no como un descanso, sino como un refugio temporal de la pesada carga de estar despierta. Soñó que corría por un campo abierto, bajo un cielo infinitamente azul, y su corazón latía fuerte y seguro en su pecho, un tambor alegre que marcaba el ritmo de su libertad.
Era un sueño cruel y hermoso, y se aferró a él con toda su fuerza, incluso en la inconsciencia.
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Esto sí que no me lo esperé. Me parecían unos padres medio lejanos, pero nada más. Igual, ella debió decirles.
¡Un amor más grande que el amor!
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