"Ella es la inocencia que él no puede tocar. Él es el pecado que ella no puede evitar."
Lucía Bennet es dulce, romántica y nunca ha conocido el amor. Como asistente de Dante Moretti, sabe que él es un hombre prohibido: está comprometido con una heredera poderosa y una cláusula en su contrato le prohíbe acercarse a él bajo pena de una demanda millonaria.
Dante es implacable y frío, pero la pureza de Lucía ha despertado en él una obsesión que no puede controlar. Tras la fachada del CEO perfecto, se esconde un deseo insaciable que amenaza con destruirlo todo.
Atrapados en una suite en Milán, la línea profesional se rompe. Entre una boda por interés, una familia que exige obediencia y un contrato legal implacable, ambos se hunden en una pasión clandestina.
NovelToon tiene autorización de Arianna Rose para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La promesa de la calma
El Jardín Botánico de Brooklyn era, en teoría, el lugar perfecto para olvidar que uno vivía en la ciudad más ruidosa del mundo. Lucía caminaba por el sendero de los cerezos, sintiendo el crujido de la grava bajo sus zapatos planos. Llevaba un vestido de punto sencillo y el cabello sujeto en una trenza floja; se sentía más como la chica de Connecticut que una vez fue y menos como la mujer que había sido devorada por la intensidad de Dante Moretti en Milán.
A su lado, Julián mantenía un paso pausado. Él no intentaba impresionarla con coches blindados ni con reservaciones en restaurantes donde se necesitaba el apellido para entrar. Él le ofrecía algo mucho más escaso en Nueva York: tiempo y atención genuina.
—Te noto muy lejos, Lucía —dijo Julián finalmente, deteniéndose frente al estanque de los lotos. El agua estaba quieta, reflejando el cielo azul pálido de la tarde—. Sé que me pediste que viniéramos aquí para despejar tu mente, pero siento que cada vez que intento acercarme, hay un muro de cristal entre nosotros.
Lucía suspiró, apoyándose en la barandilla de madera del puente japonés. El aroma de las flores y la humedad del estanque solían calmarla, pero hoy solo sentía un vacío en el pecho.
—No es un muro contra ti, Julián. Es contra mí misma. Siento que he vivido un año entero en las últimas tres semanas y todavía estoy tratando de procesar quién soy ahora.
Julián se acercó un paso más. No invadió su espacio, pero su presencia era sólida, reconfortante.
—Dayan me ha contado lo justo, pero soy médico, Lucía. Sé reconocer a una persona que está bajo una presión inmensa. He visto cómo miras tu teléfono cada vez que vibra, con esa mezcla de esperanza y terror. Y sé quién es Dante Moretti. Todo el mundo lo sabe. Es un hombre que consume todo lo que toca.
Lucía se giró para mirarlo. Los ojos de Julián eran claros, honestos, llenos de una bondad que la hacía sentir culpable.
—Él no es solo lo que dicen los periódicos, Julián. Pero tienes razón, es... demasiado. Es un incendio y yo solo soy alguien que intentaba mantener una vela encendida.
—Yo no quiero ser un incendio para ti —Julián tomó la mano de Lucía entre las suyas. Sus manos eran cálidas, estables, sin el temblor de la lujuria reprimida que siempre sentía con Dante—. Yo quiero ser el lugar donde descanses. Quiero tener algo contigo que sea bonito, que sea sincero. Algo estable donde no tengas que esconderte de nadie, ni temer por tu carrera o tu nombre. Te ofrezco una vida donde lo más emocionante sea decidir qué cenar o a dónde viajar el fin de semana. Una vida real, Lucía.
Lucía sintió que las lágrimas picaban en sus ojos. Lo que Julián le ofrecía era el sueño de cualquier mujer sensata. Era la salida de emergencia de la montaña rusa emocional en la que estaba montada.
—Julián, eres un hombre maravilloso. Y una parte de mí desea desesperadamente poder decirte que sí ahora mismo. Pero no sería justo para ti. Mi mente está llena de ruido y mi corazón... mi corazón todavía está tratando de entender por qué duele tanto amar a la persona equivocada. Necesito tiempo.
—Te daré todo el tiempo que necesites —respondió él con una sonrisa triste, dándole un beso suave en la frente—. Pero no dejes que él te apague la luz, Lucía. No vale la pena.
Cuando Lucía regresó a su apartamento esa noche, la realidad la golpeó de nuevo. El teléfono, que había mantenido en silencio, mostraba 42 llamadas perdidas de Dante y un sinfín de mensajes que no se atrevió a leer. Cada notificación era un grito de auxilio o de exigencia de un hombre que no sabía perder.
Sintiéndose asfixiada, Lucía llamó a Isabella.
—Isabella, no puedo ir mañana. No puedo ver a Dante. Siento que si entro en ese edificio y lo veo, voy a desmoronarme y aceptaré cualquier cosa, incluso ser la sombra de su compromiso con Alessia. Por favor, déjame trabajar desde casa. Necesito distancia física para recuperar mi cordura.
—Lo entiendo, Lucía —respondió Isabella con voz maternal—. Mi hermano está fuera de control. Ha convertido la oficina en un búnker y no deja de preguntar por ti. Quédate en casa. Yo me encargaré de que nadie te moleste. Descansa, si es que puedes.
Lucía apagó el teléfono por completo y lo guardó en un cajón. Esa noche, se envolvió en una manta y se sentó en el alféizar de la ventana de su habitación en Brooklyn, mirando las luces de Manhattan a lo lejos. Allí, en una de esas torres de cristal, estaba el hombre que la hacía vibrar y el hombre que la estaba destruyendo. En ese limbo entre la paz de Julián y el fuego de Dante, Lucía Bennet empezó a escribir su propia carta de libertad, sin saber que el precio de esa libertad sería mucho más alto de lo que jamás imaginó.