¿Será que una mujer solo tiene una única oportunidad para amar?
Mi Salvaje Concubina es una novela sobre libertad, identidad femenina y el precio de amar sin perderse.
NovelToon tiene autorización de Kelly Lea Barros para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Normas y Decoro
Era una tarde fría. La brisa otoñal se deslizaba entre los matorrales cuando Melia yacía inconsciente sobre la tierra húmeda.
No sentía el mundo… hasta que algo la tocó.
Un hocico tibio rozó su mejilla. Luego una lengua áspera le recorrió el rostro, arrancándole un gesto de molestia. Melia frunció el ceño y abrió los ojos de golpe.
Frente a ella, dos pupilas doradas la observaban con atención.
—Cau… —murmuró—. Tranquilo.
El enorme animal emitió un sonido bajo, casi un ronroneo grave, y volvió a lamerle la cara.
Melia intentó incorporarse. Apenas apoyó el pie, una punzada atravesó su tobillo.
—¡Ay…!
Se inclinó para examinarlo, respirando hondo.
—No es nada grave —susurró—. Solo un esguince.
Cau volvió a rozarle la mejilla con el hocico, inquieto.
—Está bien —le dijo, acariciándole el cuello—. Ve. Ellos te necesitan más que yo.
Un rugido lejano, profundo, atravesó el bosque. Los pájaros alzaron vuelo en estampida. Cau respondió al llamado y, tras dedicarle una última mirada, se internó entre los árboles.
Melia quedó sola.
Cojeando, apartó las ramas y salió del matorral. Si seguía en esa dirección —lo sabía— encontraría el camino transitado. No podía permitir que su tía la viera en ese estado. Mucho menos que supiera que había salido a entrenar.
Quince minutos después, el sendero apareció frente a ella.
Y no estaba vacío.
Un carruaje avanzaba escoltado por varios jinetes. Melia alzó los brazos con las palmas abiertas y se adelantó al centro del camino.
Si son de Ranson, me ayudarán. Si son de los reinos… al menos sabrán que no soy una amenaza.
Los caballos se detuvieron en seco. Los jinetes formaron un semicírculo protector alrededor del carruaje.
Una lanza se detuvo a centímetros de su cuello.
—¿Quién eres y qué quieres? —ordenó uno de ellos.
Melia sostuvo la mirada.
—Tuve un accidente. Mi tobillo está lastimado. Solo busco ayuda para llegar a Casa Alada.
Del interior del carruaje surgió una voz:
—¿Qué sucede?
—Nada, su alteza —respondió el jinete—. Solo una pordiosera salvaje de Ranson.
El rostro de Melia se encendió.
—No soy una pordiosera…
No alcanzó a terminar.
Un puñado de monedas salió disparado desde el carruaje y chocó contra su cuerpo antes de caer al suelo.
El silencio se volvió espeso.
Melia bajó la mirada hacia el oro… y luego la alzó con los ojos encendidos.
—No necesito limosnas.
Con un movimiento veloz, sujetó la lanza, la giró y la clavó en el tronco de un árbol. Antes de que nadie reaccionara, recogió las monedas y las lanzó de vuelta al carruaje.
—Solo pedí ayuda. Pero ya no la necesito.
—Vamos… —nuevamente una voz salió desde el carruaje, pero esta vez el tono era diferente. No era la misma voz.
Cuando la caravana arrancó, Melia pudo ver someramente una figura que la observaba desde el carruaje.
************************************
La seda del vestido le pesaba como una mentira.
Melia observaba su reflejo en el espejo mientras Mina acomodaba con paciencia su cabello. Las joyas metálicas brillaban demasiado. Eran frías. Extrañas. Nada en ese atuendo le pertenecía.
—Mírame… —murmuró—. Parezco una de esas damas de los cinco reinos.
—Es solo una cena —respondió Mina con suavidad—. Hagámoslo por tía Ramelia.
Melia bajó la mirada, frustrada.
—No quiero recordar sus normas. Son agotadoras.
Un golpe suave en la puerta interrumpió la conversación.
—Señoritas —anunció el ama de llaves—. La señora Ramelia las espera en la estancia.
***************
El salón estaba iluminado por lámparas doradas. El aroma de los vinos especiados flotaba en el aire.
Kroner aguardaba con gesto rígido. Sabía que esa noche podía convertirse en un desastre.
Los príncipes de Kandor entraron con paso seguro.
Altos. Impecables. Acostumbrados a ser obedecidos.
—Su alteza, príncipe heredero Kailer.
—Su alteza, príncipe Kramin —anunció Kroner—. Estas son Melia y Mina.
Los ojos de Kailer se detuvieron en Melia.
La reconoció.
La pordiosera.
La mujer del camino.
Ella, en cambio, frunció apenas los labios.
—Será una noche muy larga —susurró.
Mina apretó su mano con fuerza.
—Sus altezas —dijo con una reverencia que Melia fue obligada a seguir—. Nos honra conocerlos.
Se sentaron.
Los príncipes primero.
Después Kroner y Rafel.
Ramelia, Melia y Mina después.
Y algo dentro de ella se tensó.
No por ellos.
Por el ritual.
Por tener que fingir que esas normas eran naturales.
"Por qué todos no pueden sentarse al mismo tiempo" Penso.
Durante la conversación, Melia guardó silencio. Aunque tanto ella como Mina y la misma Ramelia podrían contribuir a la conversación de manera ejemplar, ya que las mujeres de Ranson tenian las misma educación que un hombre y algunas incluso destacaban mas que ellos, la norma simplemente lo determinaba así.
Los dedos de Melia se cerraban una y otra vez sobre la tela del vestido.
—Debo felicitarte, tío —dijo Kailer al fin, fijando su mirada en especial en Melia—. Estas doncellas se comportan con decoro. Quién imaginaría que en Ranson, tierra de mujeres salvajes, podría haber mujeres con tal comportamiento digno de una dama de los cinco reinos.
El fuego subió por el pecho de Melia.
Mina apretó su mano bajo la mesa.
—No digas nada —susurró sin voz.
—Por otro lado —continuó Kailer con una sonrisa pálida—, Debes admitir que nuestra abuela fue generosa contigo, tío real. Permitirte convertir a una concubina de segundo nivel en tu esposa… no tiene precedentes.
Su mirada se deslizó hacia Ramelia.
—Aunque estoy convencido que el precio que pagaste fue excesivo. Ningún príncipe debería renunciar a su derecho real por una mujer… y menos por una de Ranson.
El silencio cayó como una losa.
Ramelia sostuvo la espalda recta. Sonreía. Pero Melia vio cómo sus dedos temblaban sobre la copa.
Melia ardío por dentro.
—Me perdí —dijo alzando la vista—. ¿Salvajes exactamente por qué? ¿Por vestir sencillo? ¿O por no girar alrededor de los deseos del grupo humano, que por naturaleza son llamados hombres? Por no someternos a normas que nos determinan comportamientos que van en contra incluso en muchas ocasiones de nuestra integridad?
El salón quedó en silencio.
Kroner palideció.
—Melia… —advirtió. Mientras fijaba sus ojos en Mina.
—Creo que mi hermana no se siente bien —intervino Mina apretando la mano de Melia—. Permítanos retirarnos.
Hizo una reverencia.
Melia se levantó.
No hizo reverencia.
No pidió permiso.
Solo sostuvo la mirada del príncipe heredero.
Y salió.
Kailer bebió vino con lentitud.
La sonrisa que asomó en sus labios no fue de agrado.
Fue tensa. Controlada.
Porque ella había hablado fuera de lugar.
Había cuestionado.
Había osado nombrar lo que, para él, no debía ser nombrado por una mujer.
No supo en qué punto exacto se quebró su certeza —esa idea pulida de cómo debía comportarse una dama—, pero algo en la voz de Melia se le había incrustado como una astilla.
No la toleraba.
No toleraba su forma de mirar sin pedir permiso.
Ni sus palabras sin temor.
Ni la ausencia absoluta de sumisión.
Y, sin embargo, mientras el vino descendía por su garganta, comprendió con una molestia que no lograba disipar que nada de eso se le borraría con facilidad.
Porque por primera vez en su vida,
una mujer no solo había rechazado el lugar que él conocía,
sino que había dejado en duda que ese lugar fuera legítimo.
Eso lo enfureció.
Y, sin saberlo aún,
lo había marcado