En un pequeño orfanato una niña no sabe que será una de los pocos sobrevivientes y quién era como su madre da la vida par aque ellos puedan escapar.
Decidida y con una promesa echa a la lus de luna, jura proteger a quienes sobrevivieron y a los que la necesiten.
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Capítulo 1: Una Noche Oscura
Elia aprendió que las campanas podían sonar de muchas maneras.
Las de la Casa de las Luciérnagas sonaban suaves al amanecer, cuando Mara tiraba de la cuerda para avisarles a los niños que el desayuno estaba listo.
Eran tres campanadas pequeñas, redondas y alegres.
La primera despertaba a los más grandes, la segunda hacía que los pequeños se taparan la cabeza con las mantas y la tercera significaba que si no salían de la cama, Mara subiría con una escoba.
Las campanas de la plaza sonaban distinto cuando llegaban comerciantes.
Tenían un tono lento y algo de orgulloso, como si anunciaran que alguien importante había cruzado las puertas de Valdoria. En los días de fiesta sonaban sin más, mezclándose con la música de las flautas, los gritos de los vendedores y las risas de quienes bebían demasiado.
Pero aquella noche las campanas no llamaban a desayunar ni celebraban a nadie.
Gritaban.
—¡Arriba! ¡Todos arriba!
Grito Mara desde el pasillo.
Elia abrió los ojos en la oscuridad, durante unos segundos no supo dónde estaba.
Solo vio el techo bajo de madera, las sombras de las vigas y la luz que entraba por debajo de la puerta.
Escuchó a alguien llorar en la cama de al lado, luego llegó un ruido fuerte desde lejos, tan fuerte que el suelo tembló bajo su colchón.
—¿Mara?
Preguntó.
La puerta se abrió de golpe, Mara apareció con una lámpara en una mano y una manta sobre los hombros.
Tenía el cabello gris suelto y el rostro pálido, pero intentaba sonreír.
—Vístete, luciérnaga. Sin zapatos, sin buscar tus juguetes, solo lo necesario.
—¿Qué pasa?
—Hay monstruos en la muralla.
Elia se paro, tenía cinco años y todavía creía que los monstruos eran cosas que vivían en los cuentos de Mara, criaturas con ojos enormes que se escondían debajo de las camas para robar calcetines.
Había escuchado historias sobre ogros, lobos de colmillos azules y aves que podían arrancar una puerta, pero todos esos seres pertenecían a los libros viejos de la sala.
—¿De verdad?
Susurró.
Otro golpe sacudió la ciudad y esta vez un grito se escucho desde la calle.
La lámpara de Mara osciló y proyectó sombras que parecían correr por las paredes.
—De verdad.
Respondió la mujer.
—Y por eso tienes que ser valiente.
Mara no decía “valiente” como una palabra bonita.
La decía cuando Elia debía tragarse una medicina, cuando un niño se caía y ella tenía que buscar ayuda o cuando algún recién llegado se aferraba a su falda durante la primera noche en el orfanato.
Ser valiente, según Mara, no significaba no tener miedo, significaba hacer lo que había que hacer mientras el miedo te apretaba el estómago.
Elia bajó de la cama, sus pies encontraron el suelo frío.
—¿Dónde están los demás?
—En el sótano, Tarin los está reuniendo.
Tarin tenía once años y siempre se encargaba de parecer mas mayor de lo que era.
Sabía atar nudos, encender el horno y mentirle a Mara cuando alguno de los pequeños había roto un plato, Elia confiaba en él casi tanto como confiaba en Mara.
Se puso un vestido marrón, se abrochó mal los botones y se colocó encima un abrigo demasiado grande.
Antes de salir, miró su repisa, allí estaban su muñeca de trapo, una piedra azul y una pluma roja que había encontrado junto al río.
Mara señaló la puerta.
—Nada de eso.
—Pero la piedra…
—La piedra no se irá.
—La muñeca, la puedo llevar en mis brazos.
Mara la observó, afuera volvió a sonar una campana, seguida de un coro de campanadas desesperadas.
Elia vio algo que no había visto nunca en el rostro de la mujer, no solo miedo, sino tristeza.
—Está bien.
Dijo Mara.
—Una cosa.
Elia agarró la muñeca, le faltaba un ojo y tenía el vestido remendado tres veces, Mara se la había cosido el invierno anterior y le había puesto el nombre de Pipa porque, según ella, las muñecas que sobrevivían a tantos mordiscos merecían nombres alegres.
Corrieron por el pasillo.
La Casa de las Luciérnagas era un edificio viejo, construido con piedra clara y vigas oscuras.
En tiempos mejores había sido una posada, pero el techo del ala oeste se había hundido y nadie quiso repararlo, Mara lo compró con los ahorros de toda su vida y lo convirtió en un hogar para los niños que no tenían uno.
No era grande ni bonito como los palacios de las historias, pero siempre olía a sopa, madera quemada y jabón.
Aquella noche olía a humo.
Los niños se amontonaban en la entrada del sótano.
Algunos llevaban mantas y otros nada, una niña de tres años abrazaba una cuchara de madera como si fuera una espada.
Tarin hablaba en voz baja con los mayores, intentando que los pequeños no escucharan los ruidos de la calle.
—Mara.
Dijo al verla.
—La puerta trasera está bloqueada por piedras y la ventana de la cocina se rompió.
—¿Han entrado?
—Todavía no.
“Todavía” quedó suspendido sobre ellos.
Mara se arrodilló frente a los pequeños.
—Escuchen. Vamos a bajar al sótano y nadie va a salir hasta que yo lo diga, no importa lo que oigan. No abran la puerta y no se separen de Tarin.
—¿Y vos?
Preguntó Elia.
—Yo voy a cerrar las ventanas.
—Voy contigo.
—No.
—Puedo ayudar.
—Podés ayudar obedeciendo.
Elia apretó a Pipa contra el pecho, no quería bajar.
El sótano era oscuro y allí vivían las arañas, tampoco quería que Mara subiera sola.
En el fondo de su corazón, una parte de ella entendía que la mujer estaba mintiendo.
No iba a cerrar únicamente las ventanas, iba a quedarse entre ellos y lo que estuviera afuera.
—Prometeme que volverás.
Dijo Elia.
Mara le acomodó un mechón detrás de la oreja.
—Te lo prometo.
Tarin tomó a Elia de la mano y la condujo escaleras abajo.
La puerta del sótano se cerró encima de sus cabezas, quedaron rodeados de barriles, cajas de harina y mantas viejas.
Algunos niños sollozaban, otros rezaban a los dioses del río, del fuego o de la cosecha, Elia no rezaba solo miraba la escalera.
Arriba, Mara se movía con rapidez.
Se escucharon muebles arrastrándose, cristales que se rompían y su voz dando órdenes.
Después llegaron sonidos que Elia no comprendió, un silbido, un golpe seco, un chillido animal y una llama azul que se filtró por las rendijas de la puerta.
—¿Eso fue magia?
Susurró alguien.
Tarin no respondió.
Elia conocía la magia solo de palabra, en Valdoria había un herrero que podía calentar el metal sin tocarlo y una mujer que hacía crecer hierbas con las manos.
Mara decía que la magia no era un juguete y que debía tratarse con respeto, Elia nunca había sentido nada especial en sus manos.
A veces el agua de su vaso se movía cuando estaba enfadada, pero Mara decía que eran las vibraciones de la mesa.
Un rugido hizo temblar la puerta.
Los niños gritaron.
Tarin los mandó callar, aunque su propia voz se quebró.
—No pasa nada, la puerta aguanta.
El rugido se escucho más cerca y algo pesado chocó contra la pared.
Un poco de polvo cayó del techo.
—Tarin.
Dijo Elia.
—Quiero ir con Mara.
—No podemos.
—Me prometió que volvería.
—Entonces volverá.
El rugido se convirtió en arañazos, las garras rasparon la madera.
Un olor a pelo quemado y ceniza entró por las rendijas.
Elia abrazó a Pipa con tanta fuerza que la muñeca quedó doblada por la cintura.
Cerró los ojos, pensó en Mara, en las tres campanadas del desayuno, en el modo en que la mujer calentaba sus manos alrededor de una taza y en cómo decía que la Casa de las Luciérnagas era pequeña, pero que mientras hubiera una vela encendida nadie estaría solo.
Entonces una explosión hizo volar la puerta.
La onda de choque arrojó a Elia contra un barril, el aire desapareció de sus pulmones.
Durante unos segundos solo oyó un zumbido, cuando recuperó el aliento, vio humo, astillas y una criatura inclinada en la escalera.
Parecía un lobo, pero era demasiado grande, sus patas delanteras eran gordas como troncos y dos colmillos curvados sobresalían de su mandíbula.
Tenía la piel negras en el lomo y los ojos brillaban con una luz amarilla.
Un lobo de ceniza.
Elia no conocía ese nombre, pero sí entendió que la criatura no pertenecía a ningún cuento para niños.
Tarin se interpuso entre el monstruo y los pequeños.
Encontró una pala y la levantó con ambas manos.
—¡Atrás!
El lobo bajó la cabeza.
Desde arriba llegó la voz de Mara.
—¡Tarin, llevá a los niños al túnel!
Había un túnel bajo el sótano, una salida vieja que conectaba con un cobertizo junto al río.
Elia sabía que existía, pero Mara nunca les permitía acercarse porque el techo podía caerse.
Tarin empujó a los pequeños hacia una abertura escondida detrás de los barriles.
El lobo saltó.
Tarin lo golpeó con la pala y consiguió desviarlo.
La criatura chocó contra una columna, rugió y volvió a incorporarse.
—¡Rápido!
Gritó Tarin.
Elia corrió detrás de los demás, pero entonces escuchó un gemido.
La niña de tres años se había caído, su cuchara estaba bajo una caja rota y ella no quería dejarla.
Elia regresó.
—¡Ven!
—¡Mi espada!
—¡No es una espada!
El lobo se lanzó de nuevo, Tarin levantó la pala, pero el lobo lo golpeó en el pecho y lo arrojó contra la pared, el niño quedó inmóvil.
Elia tomó a la pequeña de la mano.
El monstruo avanzó hacia ellas.
El miedo le apretó el estómago, le temblaron las piernas, Pipa cayó al suelo.
Y algo de movio dentro de ella.
Primero el barril junto a Elia estalló, una gran cantidad de agua salió disparada y se extendió por el suelo rodeándo las patas del lobo que resbaló y cayó de costado.
Después las velas apagadas del sótano se encendieron todas a la vez y las llamas saltaron hacia las manos de Elia sin quemarla.
firmaron un remolino alrededor de sus brazos y formaron una barrera roja y dorada entre ella y la criatura.
Por último una chispa azul recorrió sus dedos, otra saltó hasta el agua, la descarga iluminó el sótano y golpeó al lobo de ceniza en un ruido seco. El monstruo aulló y retrocedió, aturdido.
Elia no sabía qué estaba haciendo, solo sabía que no quería que aquella cosa tocara a la niña.
—¡Al túnel!
Gritó, aunque su voz apenas parecía suya.
La pequeña la obedeció.
Elia recogió a Pipa y corrió detrás de ella, antes de meterse en la abertura, miró hacia la escalera.
Mara estaba allí.
Tenía un corte en la frente y sostenía una espada corta que Elia nunca le había visto.
Detrás de ella, la entrada de la casa ardía, por las ventanas entraban sombras de monstruos.
Valdoria entera parecía estar cayéndose a pedazos.
—¡Mara!
Gritó Elia.
—¡Corré!
—¡Ven con nosotros!
Mara bajó un escalón, una flecha negra atravesó el aire y se clavó en la pared junto a su cabeza.
La mujer miró hacia atrás y por un instante su rostro cambió, ya no parecía la cuidadora cansada del orfanato, sino alguien que había tomado una decisión terrible.
—¡Elia, escuchá! ¡Protegé a los pequeños!
—¡No!
—¡Eres una luciérnaga! ¡No dejes que se apague tu luz!
Mara golpeó la palanca que cerraba la compuerta del túnel y la pesada puerta de hierro comenzó a descender.
Elia se lanzó hacia ella, pero Tarin que había recuperado el sentido, la agarró por la cintura.
—¡No, Elia!
—¡Mara!
—¡Nos está salvando!
La compuerta cayó.
El último sonido que Elia escuchó de Mara fue el repique de las campanas y después, un rugido seguido de nada.
El túnel estaba oscuro, los niños avanzaban a tientas, tropezando unos con otros, Elia lloraba sin hacer ruido.
No soltaba a la niña de tres años y llevaba a Pipa bajo el brazo, Tarin iba detrás, cerrando la marcha.
A mitad del túnel, el techo se sacudió, tierra y piedras cayeron sobre ellos, alguien gritó.
Elia levantó las manos por instinto y una corriente de agua se extendió por el techo, empujando el polvo hacia los lados.
El agua se quedó suspendida un momento, formando una cúpula brillante sobre sus cabezas.
—¿Lo hiciste tu?
Preguntó Tarin.
Elia no respondió.
En la salida, una lluvia fría los recibió, el cobertizo junto al río estaba medio derrumbado.
Desde allí podían ver Valdoria, las murallas rotas, las casas ardiendo y criaturas corriendo entre las calles.
Los monstruos no atacaban al azar, algunos se dirigían a la plaza, otros rodeaban edificios concretos mientras los lobos de ceniza olfateaban puertas y ventanas.
A lo lejos, sobre la torre del campanario había una figura cubierta con una capa oscura.
Elia la vio solo durante un segundo, la figura levantó una mano y una luz violeta descendió hacia la ciudad.
No parecía fuego, relámpago ni ninguna magia que Elia hubiera visto en los cuentos.
Luego una columna de humo ocultó la torre.
—Tenemos que alejarnos.
Dijo Tarin.
—Mara está ahí.
—Elia…
—Dijo que volvería.
—Lo sé.
—Dijo que volvería.
Tarin se arrodilló frente a ella, tenía sangre en la camisa, aunque el golpe del monstruo no parecía haberle abierto la piel sus ojos estaban rojos.
—Si regresamos, todos morirán. Ella nos sacó por el túnel para que viviéramos.
Elia miró la ciudad, las campanas seguían sonando, ya no parecían gritar, parecían despedirse.
Un calor insoportable le subió por el pecho, las lágrimas se le secaron en las mejillas.
La mano que sostenía a la niña comenzó a arder, en la otra apareció una línea azul como un rayo y el río, junto a sus pies, se agitó.
Tarin le sujetó las muñecas.
—Elia, basta. Vas a hacerte daño.
—Quiero volverme fuerte.
—¿Qué?
—Quiero volverme fuerte.
Repitió ella, mirando las llamas.
—Tan fuerte que nadie pueda llevarse a los niños. Tan fuerte que pueda construir una casa grande, una casa que no se queme con muchas puertas y guardias y maestros, una casa para todos los niños que estén solos.
Tarin no dijo que era imposible, quizá porque estaba demasiado cansado o porque, en aquella noche, esa promesa era lo único que les quedaba.
Elia cerró los dedos.
El agua del río se levantó en una ola, el fuego de las casas se reflejó en su superficie, un relámpago cruzó las nubes y cayó en algún punto de la muralla, iluminando por última vez la silueta de la figura encapuchada.
Después, Elia echó a andar.
No volvió la vista atrás hasta que Valdoria desapareció bajo la lluvia.
Muchos años más tarde, recordaría la noche de las campanas como el día en que perdió a su madre.
También la recordaría como el día en que nació su propósito.
Todavía no sabía cómo funcionaba el mundo o su magia, no conocía los rangos del gremio, ni los nombres de las grandes ciudades o la diferencia entre un monstruo de Bronce y uno de Diamante.
No sabía que había personas capaces de tener sus propios ejércitos, borrar recuerdos o controlar hordas desde algún lugar.
Solo sabía tres cosas.
El agua había respondido a su miedo.
El fuego había respondido a su rabia.
El rayo había respondido a su deseo de proteger.
Y Mara no iba a ser olvidada.
—Algún día.
Murmuró Elia, apretando a Pipa contra su pecho.
—Voy a abrir un hogar para todos.
La lluvia golpeó el río.
Detrás de ella, las campanas dejaron de sonar.
Delante, en el camino oscuro, una luz apareció entre los árboles.
Era pequeña y temblorosa como una luciérnaga que se negaba a morir.