Un mafioso enamorado de una estudiante universitaria, ella es de una familia acomodada.
el tiene una empresa legal y aparte sus negocios ilegales.
ella es una chica curvy, el es alto y guapo
NovelToon tiene autorización de Piccola para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Conociéndose
📖 Conociéndose
Capítulo 1
Rafael llevaba días pensando en ella. No conocía su rostro en persona, solo fotografías que alguien más le había mostrado, y sin embargo, cada imagen lo había cautivado de una forma que no lograba explicarse a sí mismo. No era hombre que se dejara impresionar fácilmente; estaba acostumbrado a que el mundo entero se ajustara a su paso, a que la gente temblara solo al escuchar su nombre. Pero aquella chica… aquella chica despertaba en él algo que no podía controlar, y esa misma falta de control era precisamente lo que lo impulsaba a buscarla con una determinación feroz.
Era alto, imponente, con esa presencia que ocupaba toda una habitación sin necesidad de decir una sola palabra. Su cabello negro solía estar ligeramente despeinado, como si el viento siempre lo acompañara. Su piel era morena, y bajo la luz del sol se notaban los contornos de los tatuajes que recorrían sus brazos, cada uno con un significado que solo él conocía. A simple vista, podía parecer intimidante, y lo era para quienes no estaban acostumbrados a su mundo. Regía sobre una red de negocios legítimos que lo habían convertido en uno de los empresarios más exitosos del país, pero también sobre otros negocios mucho más oscuros, silenciosos y peligrosos. Era el capo más respetado y temido de la región, alguien que conseguía lo que quería con una sola mirada. Y ahora, lo que quería era conocer a Verónica.
Ella, por su parte, no tenía idea de que existía en su vida alguien como él. Tenía una figura generosa y suave, de esas que hacían que quisieras abrazarla solo con verla. Medía aproximadamente un metro sesenta, y su cabello negro y rizado caía en ondas naturales sobre sus hombros, enmarcando un rostro dulce pero decidido. Estaba cursando el último semestre de la carrera de Administración y Contabilidad, y siempre ocupaba el primer lugar en su grupo. Era brillante, disciplinada, aplicada… y sí, tenía recursos, su familia se había asegurado de que nunca le faltara nada, pero ella era modesta, sencilla, y el dinero nunca había sido lo más importante para ella. Solo quería aprender, crecer, y algún día ser independiente por méritos propios. Era lo que muchos llamarían una chica aplicada, una "nerd", aunque ella prefería pensar que simplemente le gustaba esforzarse. Y justo esa sencillez, esa inocencia y esa inteligencia, eran exactamente lo que lo había atraído de ella.
Rafael no pudo contenerse más. Un mediodía, sin avisarle a nadie más que a su propio instinto, se dirigió a la universidad. Sus hombres lo siguieron a distancia, respetando su espacio pero siempre alerta, como sombras invisibles que protegían su paso. Cuando entró al campus, sintió una mezcla de impaciencia y algo parecido a los nervios, algo que no experimentaba desde que era un muchacho. Y entonces la vio.
Estaba sentada en una banca cerca de la fuente central, con un libro abierto sobre sus rodillas y unas gafas que se le resbalaban un poquito por la nariz mientras leía. Era aún más hermosa que en las fotografías. Tenía una luz propia, una calma que contrastaba violentamente con todo lo que él conocía. Sin pensar demasiado, caminó hacia ella con paso firme. Los estudiantes que pasaban cerca se apartaban instintivamente; su sola presencia imponía respeto, incluso miedo. Pero Verónica estaba tan concentrada en su lectura que no notó que alguien se había detenido justo frente a ella hasta que una sombra cubrió las páginas de su libro.
Levantó la vista lentamente, y se encontró con los ojos más oscuros e intensos que jamás había visto.
Rafael, sin decir nada todavía, se arrodilló frente a ella, rompiendo toda barrera de distancia que existía entre dos desconocidos. Con una delicadeza que parecía imposible en alguien con sus manos grandes y marcadas por el trabajo y el poder, tomó su mano entre las suyas y rozó suavemente el dorso con sus labios.
—Eres aún más hermosa que en las fotografías —dijo con voz grave, como si estuviera diciendo algo sagrado—. Mi amor, eres perfecta.
Verónica se quedó completamente inmóvil. Su corazón empezó a latirle tan fuerte que temió que él pudiera escucharlo. Se quitó las gafas, parpadeó varias veces y miró a aquel hombre que de la nada se había arrodillado ante ella como si ella fuera algo valioso y frágil a la vez.
—Disculpe… ¿quién es usted? —preguntó, y su voz sonó más temblorosa de lo que hubiera deseado—. Creo que se equivoca de persona.
Rafael se levantó lentamente, sin soltarla del todo con la mirada. Una media sonrisa apareció en sus labios, esa sonrisa que mezclaba arrogancia con algo genuino que empezaba a brotar en él.
—No me equivoco de persona, Verónica —dijo su nombre con suavidad—. Soy Rafael. Isabella me habló tanto de ti que no pude esperar más para conocerte.
—¿Isabella? —repitió ella, confundida—. ¿Qué le pudo haber dicho de mí? Si… si ella… —se detuvo, miró hacia un lado y vio a su antigua amiga de pie a lo lejos, escondida detrás de una columna, observando todo con una expresión que no podía descifrar—. ¿A esa Isabella te refieres? La que está allá… mirándonos como si hubiera hecho algo terrible.
Rafael se giró bruscamente. Al ver a la mujer que le había mostrado las fotos de Verónica escondiéndose, su expresión cambió por completo. Sus ojos se oscurecieron, y por un instante, se vio en él al hombre temido que todos conocían.
—Sí… es ella —murmuró, y luego volvió a mirarla a ella, suavizando su tono solo por ella—. Me dijo que al verte me enamoraría a primera vista. Que eres hermosa, inteligente, y que me volvería loco por ti.
Verónica sintió que el aire se le escapaba. Todo eso no tenía sentido. Isabella era la última persona en el mundo que podría decir cosas buenas sobre ella. No desde que entraron a la universidad.
🕰️ Recordando...
Isabella y yo habíamos crecido juntas. íbamos al mismo preescolar, compartíamos cumpleaños, sueños y secretos. Su papá trabajaba para el mío, éramos como hermanas… o al menos eso creía yo. No sé exactamente en qué momento todo cambió, pero al entrar a la universidad, algo se rompió en ella. Dejó de acercarse, dejó de hablarme con esa calidez de antes. Lo que empezó como silencios incómodos, poco a poco se convirtió en bromas pesadas, en comentarios hirientes que soltaba frente a otros, en mensajes que me hacían sentir pequeña e insignificante. No entendía qué le había hecho, y eso dolía más que sus palabras. Yo seguía queriendo a aquella amiga que se había perdido en algún lugar entre la niñez y la adultez.
💬 En primera persona
Mis manos empezaron a sudar. No sabía si debía huir o quedarme. Instintivamente, tomé su mano sin darme cuenta de lo que hacía, y lo llevé lejos de las miradas curiosas de los demás estudiantes. Al notar que varios hombres que estaban cerca se pusieron alerta al ver nuestro movimiento, sentí un escalofrío recorrer mi espalda.
—¿Qué… qué están haciendo? —tartamudeé, sintiéndome pequeña e indefensa.
Rafael levantó una mano y con un gesto casi imperceptible les indicó a sus hombres que retrocedieran. Luego me miró con firmeza pero sin rudeza.
—Quería hablar contigo a solas, sin espectadores —dije, soltando su mano de golpe y dando un paso atrás—. Perdón, no sé qué estoy haciendo… me iré.
Antes de que pudiera darme la vuelta por completo, me tomó suavemente del brazo. No me detuvo con fuerza, solo lo suficiente para que me detuviera por voluntad propia.
—Espera —dijo, y su voz se suavizó de una manera que me sorprendió—. No te vayas. No vine para asustarte. Solo quería conocerte.
Respiré hondo, miré a mi alrededor y vi que efectivamente llamábamos demasiado la atención.
—¿Podemos hablar? —le propuse en un susurro—. Pero no aquí… todos nos están mirando.
Me miró fijamente a los ojos por unos segundos que se sintieron eternos, y asintió.
—Sube al coche entonces. Te llevaré a donde tú decidas.
Abordamos el vehículo. Yo me senté al volante, él tomó el asiento del copiloto. Mis manos todavía temblaban un poco sobre el volante. Sin pensar mucho, le extendí mi termo color rosa que siempre llevaba conmigo. Era una tontería, pero me ayudaba a sentir que conservaba algo de control en medio de todo lo extraño que estaba pasando.
—Dime… ¿a dónde te gustaría ir? —le pregunté, tratando de sonar normal—. O podemos quedarnos aquí hablando, como prefieras.
Él sostuvo el termo entre sus manos grandes, y me miró con esa intensidad que parecía ver más allá de lo que yo mostraba.
—A donde tú te sientas segura, Verónica. Eso es lo único que me importa ahora.
CONTINUARÁ ✨