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Bajo El Yugo Del Comandante

Bajo El Yugo Del Comandante

Status: En proceso
Genre:Romance oscuro / Suspenso
Popularitas:2.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

En la ciudad de Asque, el Comandante William rige con un puño de hierro que no conoce la misericordia. Tras años de guerra y traiciones, ha olvidado al niño que alguna vez juró proteger a una pequeña de ojos dulces. Evelyn, por su parte, ha crecido bajo la sombra de la tiranía, convirtiéndose en una mujer que arriesga su vida en los barrios bajos para salvar a los inocentes que el régimen de William castiga.

​Cuando Evelyn es capturada durante una redada rebelde, William queda cautivado por su mirada desafiante. Sin reconocerla, la convierte en su prisionera personal, desatando una obsesión oscura que lo consume. Ella odia al monstruo en el que él se ha convertido; él desea doblegar la voluntad de la única mujer que no le teme. Pero entre enfrentamientos y castigos, los ecos de una promesa de infancia comienzan a surgir, revelando que el hombre más temido de Asque es el mismo que juró ser su refugio.

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capitulo 1

​El aire en la plaza central de Asque no era aire; era una mezcla espesa de hollín, miedo y el olor metálico de la muerte inminente. Las piedras del suelo, desgastadas por siglos de pasos oprimidos, parecían retener el frío de la mañana a pesar del sol pálido que intentaba filtrarse entre los imponentes edificios de arquitectura gótica y militar.

​En el centro de aquel anfiteatro de desesperación, se alzaba el estrado. Y sobre él, como una deidad de hierro tallada por la guerra, estaba el Comandante William.

​Su uniforme negro, rígido y sin una sola mota de polvo, brillaba con una sobriedad aterradora. Las condecoraciones en su pecho no eran simples adornos; eran recordatorios de ciudades doblegadas y rebeliones sofocadas bajo sus botas. Tenía los guantes de cuero ajustados con una precisión quirúrgica, y sus manos, cruzadas tras la espalda, no mostraban el menor rastro de temblor.

​William no miraba al hombre que sollozaba de rodillas frente a él. No necesitaba hacerlo. Para él, el traidor ya era un cadáver; solo faltaba que la física cumpliera su parte. Su mirada, de un azul gélido y desprovisto de cualquier rastro de empatía, recorría a la multitud. Buscaba el mínimo indicio de disidencia, el más leve susurro de desobediencia para cortarlo de raíz. Gobernaba Asque no con leyes, sino con el silencio que precede a la tormenta.

​—En Asque, la lealtad es el único oxígeno permitido —su voz no era un grito, era un susurro profundo que se proyectaba por los altavoces, gélido y absoluto—. Quien decide dejar de respirarla, elige dejar de existir.

​Un gesto casi imperceptible de su barbilla fue la señal. El verdugo accionó la palanca. El sonido seco del mecanismo rompiendo el silencio fue seguido por un jadeo colectivo de la multitud, un sonido que William absorbió con la satisfacción de quien confirma que su poder sigue intacto. No parpadeó. No desvió la vista. Su rostro permaneció como una máscara de mármol, impasible ante la vida que se extinguía a pocos metros de él.

​A ras de suelo, hundida entre los harapos y los hombros encorvados de los ciudadanos, Evelyn sentía que el corazón le martilleaba contra las costillas, no por miedo a morir, sino por la náusea que le provocaba la injusticia.

​Sus dedos, pequeños y ágiles, se movieron con la precisión de una sombra dentro de los pliegues de su capa desgastada. Bajo la tela, sus manos envolvieron un frasco de cristal ámbar. Era tintura de láudano y antibióticos básicos, un tesoro que en Asque valía más que el oro y que era castigado con la misma severidad que la alta traición.

​—Tómelo, Martha. Solo una gota cada seis horas —susurró Evelyn, sin mover apenas los labios.

​La anciana a su lado, cuyo rostro era un mapa de arrugas y privaciones, temblaba con tal violencia que Evelyn tuvo que sostenerle la muñeca para pasarle el frasco. Martha miró hacia el estrado, hacia la figura imponente del Comandante, y sus ojos se llenaron de un terror animal.

​—Es un demonio, niña... Vete, no arriesgues tu vida por mis pulmones viejos —rogó la mujer con un hilo de voz.

​Evelyn apretó la mandíbula. La dulzura de sus facciones se endureció con una determinación que no encajaba con su apariencia frágil. Ella no veía a un demonio; veía a un hombre que había olvidado lo que significaba la sangre caliente corriendo por las venas. Veía un vacío que necesitaba ser desafiado.

​—La crueldad solo gana si nos dejamos morir en silencio —respondió Evelyn, asegurando la medicina en la bolsa de la anciana.

​En ese momento, como si el destino hubiera decidido jugar su carta más peligrosa, el viento cambió. O quizás fue simplemente que la intensidad del odio de Evelyn actuó como un faro.

​William, que estaba a punto de dar la orden de dispersión, detuvo su movimiento. Su instinto, afilado en mil campos de batalla, detectó una anomalía en la masa de cabezas bajas. Había un punto de resistencia. Un foco de luz que se negaba a apagarse.

​Lentamente, movió su cabeza. Sus ojos recorrieron la tercera fila de la multitud, pasaron por los hombres quebrados y las mujeres que lloraban en silencio, hasta que se anclaron en ella.

​Evelyn sintió el impacto físico de esa mirada. Fue como si un chorro de agua helada le hubiera golpeado el pecho. Por un segundo, su instinto de supervivencia le gritó que bajara la cabeza, que mirara al suelo como todos los demás, que se fundiera con la miseria. Pero algo más fuerte, algo que nacía de lo más profundo de sus recuerdos olvidados y de su moral inquebrantable, la obligó a tensar el cuello.

​Ella no bajó la mirada.

​Sus ojos café, llenos de una compasión feroz y un juicio silencioso, se clavaron en el azul gélido de William.

​En lo alto del estrado, William sintió una punzada eléctrica que le recorrió la columna. No era miedo; era algo mucho más perturbador porque no podía nombrarlo. Aquella mujer, pequeña y envuelta en ropas pobres, lo miraba con una dignidad que ningún general enemigo había tenido jamás ante él. No había odio vulgar en sus ojos, sino algo peor para un tirano: lástima.

​William sintió una irritación súbita que le apretó la garganta. ¿Cómo se atrevía? El orgullo, su armadura más fiel, se sintió agrietado por esa mirada desafiante. Se encontró a sí mismo estudiando el rostro de la desconocida. Había algo en la curva de sus cejas, en la forma en que sostenía su barbilla, que le provocó un eco lejano en la mente, un zumbido de estática que amenazaba con traer imágenes que él había enterrado bajo toneladas de disciplina militar.

​Sus dedos enguantados se cerraron con fuerza sobre el pomo de su sable. Un gesto de molestia cruzó sus facciones, rompiendo por fin su máscara de piedra. La curiosidad, un sentimiento que no se permitía desde hacía una década, brotó como una mala hierba entre las grietas de su control.

​¿Quién era ella? ¿Por qué no temblaba?

​Evelyn, por su parte, sintió que el tiempo se dilataba. El ruido de la plaza desapareció. Solo existían ellos dos: el verdugo en su trono de altura y la salvadora en su trinchera de lodo. Sintió una extraña vibración en el pecho, una familiaridad dolorosa que le hizo doler la cicatriz invisible de su corazón. No sabía por qué, pero ver a ese hombre tan poderoso y tan cruel le provocaba unas ganas desesperadas de llorar y, al mismo tiempo, de gritarle hasta que despertara de su pesadilla de hierro.

​William dio un paso hacia el borde del estrado, acortando la distancia visual. Sus ojos se entrecerraron, tratando de descifrar el enigma de esa mujer que se atrevía a existir con tanta fuerza frente a él. La tensión entre ambos era un hilo invisible y tirante que amenazaba con romperse y destruir todo a su alrededor.

​—Comandante, ¿la orden de retiro? —interrumpió uno de sus oficiales, extrañado por la inmovilidad de su superior.

​William no respondió de inmediato. Sus ojos seguían anclados en los de Evelyn. Fue ella quien, tras un último segundo de desafío absoluto, parpadeó y se giró con una calma antinatural para ayudar a la anciana a alejarse.

​William la vio desaparecer entre la multitud que comenzaba a dispersarse. Por primera vez en años, no se sentía el dueño de Asque. Se sentía un hombre al que le habían robado algo en medio de su propia plaza pública.

​—Busquen a esa mujer —ordenó William, su voz ahora era un rugido bajo, cargado de una urgencia que desconcertó a sus subordinados—. No la lastimen. La quiero en mi despacho antes de que caiga el sol.

​Sus subordinados se apresuraron a cumplir, pero William se quedó allí, de pie en el estrado manchado de sangre, mirando el lugar exacto donde ella había estado. La irritación seguía allí, pero la curiosidad se había transformado en algo más oscuro y peligroso: una obsesión que acababa de nacer del cruce de dos miradas que el destino se había negado a olvidar.

​El Comandante William no medía su poder, pero esa mañana, por primera vez, había encontrado algo que su poder no podía aplastar: el alma de una mujer que lo conocía antes de que él se convirtiera en ley.

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Celina Espinoza
💯💯💯
Fernanda
super 👍
Celina Espinoza
👏👏👏👏💯
celimar
💯💯👏👏
celimar
excelente 💯💯💯gracias por compartir
Fernanda
👍👍👍💯
Celina Espinoza
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celimar
👏👏👏🥰🥰💯💯
Fernanda
💯💯👍👍
Celina Espinoza
💯💯👏👏👏👏🥰🤭
Fernanda
🤭💯
Celina Espinoza
exelente capitulo 💯
Celina Espinoza
exelente capitulo 💯
Fernanda
muy bien 💯
Celina Espinoza
👏👏👏💯
Fernanda
💯💯👍
Fernanda
💯👍
Claudia Torres
me encanta tu historia .....quiero ver cómo will poco a poco va siendo ante ivy q emoción 💪💝😘😘💘
celimar
👏👏
Celina Espinoza
💯💯
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