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Posesión Asfixiante

Posesión Asfixiante

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Atracción entre enemigos / Completas
Popularitas:9.5k
Nilai: 5
nombre de autor: NocheCeniza

Valentina Solís lo perdió todo a los quince años: sus padres, su herencia, su futuro. Cinco años después, sobrevive en Ciudad de México diseñando vestidos con las técnicas textiles que su madre le enseñó — hasta la noche en que un hombre de ojos claros y guantes blancos la salva de una muerte segura.

Héctor Elizondo no salva a nadie sin razón. Como patriarca de la familia más poderosa de México, controla todo: mercados, hombres, destinos. Ahora quiere controlarla a ella.

Valentina no es fácil de domar. Pero entre jaulas doradas y diamantes de sesenta millones de dólares, entre la guerra con su propio hermano y los secretos que ella esconde, Héctor descubre algo que no esperaba: que la mujer a la que capturó es la única capaz de destruirlo.

¿O de salvarlo?

NovelToon tiene autorización de NocheCeniza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Capítulo 1

La noche que cambió todo

La primera mano la sujetó del brazo cuando Valentina Solís todavía tenía la llave del taller entre los dedos.

No alcanzó a gritar.

La calle de la colonia Roma estaba más vacía de lo normal, húmeda por la llovizna de mayo y con ese olor a asfalto caliente que subía después de una tarde pesada. El foco sobre la puerta de su pequeño taller parpadeó una vez, como si también dudara en quedarse despierto, y la sombra del hombre se cerró sobre ella.

—Tranquila, muñequita —dijo él, apretándole el brazo hasta hacerle doler—. Solo queremos platicar.

Valentina giró con la bolsa de telas contra el pecho. Había salido tarde porque tenía que terminar un bordado para una clienta de bajo presupuesto, una señora que quería "algo oaxaqueño, pero moderno" para una cena de oficina. Le dolían los dedos de tanto coser. Tenía sueño. Tenía hambre. Tenía veintitrés pesos en efectivo y una deuda de renta esperando el lunes.

No tenía fuerzas para tres hombres.

El segundo le cerró el paso hacia la avenida. El tercero salió de entre dos autos estacionados y levantó el celular, apuntándole con la cámara.

—¿Tú eres Valentina Solís Herrera? —preguntó.

El nombre completo le bajó por la espalda como agua helada.

—Se equivocaron de persona —respondió, y se odió por el temblor en la voz.

—No nos hagas perder el tiempo.

El hombre que la sujetaba le arrancó la bolsa. Los retazos de manta, seda económica e hilos de colores cayeron al suelo mojado. Un carrete rojo rodó hasta la coladera. Valentina reaccionó antes de pensar: se agachó para recogerlo, porque era hilo teñido a mano, porque lo había comprado en Oaxaca con lo último que le quedaba de su madre, porque no podía permitir que también le quitaran eso.

El hombre la jaló del cabello.

—¡Suéltame!

La cachetada le giró la cara.

Por un segundo no escuchó nada. Solo vio el reflejo amarillo del foco, el hilo rojo pegado al agua sucia y la puerta de su taller a menos de dos metros. Tan cerca. Tan inútil.

—Tu tío manda saludos —dijo el del celular.

Valentina dejó de forcejear.

Raúl.

El nombre no fue pronunciado, pero le quemó la garganta. Su tío llevaba años apareciendo como una deuda vieja: en llamadas que ella no contestaba, en papeles que nunca entendía del todo, en rumores de propiedades vendidas, en la casa de Oaxaca que había sido de sus padres y ahora pertenecía a otros. Después de la muerte de ellos, Raúl Solís le había enseñado una cosa con perfecta claridad: la familia también podía dejarte en la calle.

—Díganle que no tengo nada —dijo ella.

El hombre sonrió.

—Eso ya lo sabemos.

La empujaron hacia una camioneta gris sin placas. Valentina clavó los tacones baratos en el pavimento, se dobló hacia atrás y lanzó un codazo que golpeó una mandíbula. El hombre gruñó. Ella aprovechó el segundo, corrió hacia la avenida y gritó con todo lo que le quedaba.

—¡Auxilio!

Un brazo le rodeó la cintura.

El aire se le fue del cuerpo cuando la estrellaron contra el cofre de un auto. Su mejilla chocó con metal frío. La llave del taller cayó de su mano y tintineó en el suelo.

—Te dije que no hicieras perder el tiempo.

Valentina buscó la llave con los ojos. La vio junto a una mancha de aceite. Pensó en la máquina de coser vieja que había comprado de segunda mano. En los vestidos a medio terminar. En el recibo de luz metido bajo la taza de café. En la foto doblada de sus padres que guardaba dentro del cajón de los hilos.

No iba a desaparecer en una camioneta sin pelear.

Le mordió la mano al hombre.

Él soltó una maldición, y esta vez sí levantó el puño.

El golpe nunca llegó.

Una camioneta negra frenó al final de la calle con un chillido limpio, caro, imposible de confundir con un auto normal. Luego otra. Luego una tercera. Las luces blancas cortaron la lluvia menuda y dejaron a todos quietos, como insectos atravesados por alfileres.

Las puertas se abrieron al mismo tiempo.

Hombres de traje oscuro bajaron sin correr. Eso fue lo que más miedo le dio a Valentina: no tenían prisa. Se movían con una coordinación tan fría que la calle entera pareció encogerse alrededor de ellos. Uno tomó al hombre del celular por la muñeca y se la torció hasta que el aparato cayó al suelo. Otro estampó al segundo contra la pared del taller. El que la sostenía intentó sacar algo del cinturón, pero una pistola ya le apuntaba a la frente.

—Al suelo —ordenó una voz.

No fue un grito. No hizo falta.

En menos de diez segundos, los tres hombres que la habían atacado estaban boca abajo sobre el pavimento, con las manos inmovilizadas detrás de la espalda. Uno soltaba quejidos ahogados. Otro repetía que no sabía nada. Nadie le respondió.

Valentina se quedó pegada al cofre, respirando a tirones.

—Señorita, ¿puede caminar?

Un hombre joven, de rostro serio y mirada entrenada, se acercó a ella sin tocarla. Tenía una voz profesional, casi amable, pero la pistola en su mano le impedía parecer inofensivo.

Valentina abrió la boca. No salió nada.

Entonces la última puerta de la primera camioneta se abrió.

El hombre que bajó no necesitó presentarse para ocupar la calle.

Era alto, vestido con traje negro hecho a la medida, tan impecable que la lluvia parecía no atreverse a caerle encima. Llevaba lentes de armazón dorado y guantes blancos. Ese detalle absurdo, limpio, casi ceremonial, hizo que Valentina no pudiera apartar la mirada de sus manos.

Manos que no estaban manchadas.

Manos que no habían tocado a nadie, pero todos obedecían.

El hombre caminó hacia ella. Los otros se apartaron como si una línea invisible se abriera frente a sus pasos. Bajo la luz de los faros, sus ojos claros parecían demasiado tranquilos para la violencia que acababa de ordenar.

Valentina retrocedió, pero su espalda chocó con el auto.

—No —dijo ella, alzando una mano—. No se acerque.

Él se detuvo.

No por obediencia. Por decisión propia.

—Estás sangrando.

Valentina se tocó la comisura del labio. Los dedos le salieron rojos.

—¿Quién es usted?

El hombre la observó como si ya conociera la pregunta y también todas las respuestas que a ella podían destruirla. Su mirada bajó a los retazos tirados en el suelo. Al hilo rojo perdido en el agua. A la llave del taller. Luego volvió a su rostro.

—Alguien que llegó antes de que cometieran una estupidez más grande.

—Yo no pedí ayuda.

Uno de los hombres de traje levantó apenas la vista, sorprendido por su tono. El de los guantes blancos no cambió la expresión.

—No.

La palabra fue simple. Seca.

Valentina tragó saliva. Las piernas comenzaron a temblarle ahora que el peligro inmediato estaba controlado, como si su cuerpo hubiera esperado permiso para romperse. Aun así, se obligó a inclinarse para recoger sus telas.

El hombre de los guantes dio un paso.

—Déjalas.

—Son mías.

—Rodrigo.

El hombre joven que le había preguntado si podía caminar se agachó de inmediato. Recogió la bolsa, la llave, los hilos empapados. Lo hizo con cuidado, como si le hubieran ordenado levantar joyas y no pedazos de tela barata.

Valentina no entendió por qué eso le apretó más la garganta que la cachetada.

—No voy a subirme a su camioneta —dijo.

—Sí vas a hacerlo.

El miedo regresó completo.

—¡No!

Dio un paso hacia la avenida, pero el mundo se inclinó. El golpe, la adrenalina y la falta de cena se le juntaron en el estómago. La luz de los faros se abrió en manchas blancas.

El hombre de los guantes la sostuvo antes de que cayera.

No la apretó. No la jaló. Solo puso una mano firme en su espalda y otra bajo su brazo, con una precisión que le impidió tocarla de más. Aun así, Valentina sintió el calor de su cuerpo a través de la tela húmeda de su blusa, y esa cercanía le dio más rabia que alivio.

—Suélteme —murmuró.

—Cuando puedas mantenerte de pie.

—No soy suya.

Los ojos de él cambiaron.

Fue apenas un movimiento, una sombra mínima detrás de los lentes dorados, pero Valentina lo vio. El hombre bajó la mirada a su boca sangrante y después a los atacantes arrodillados sobre el pavimento.

—Todavía no —dijo.

Ella quiso responder. Quiso golpearlo. Quiso preguntarle qué demonios significaba eso.

Pero la calle se apagó antes de que pudiera hacerlo.

Cuando volvió a abrir los ojos, el techo era demasiado alto.

No estaba en su taller.

Valentina parpadeó varias veces. El cuarto olía a sábanas limpias, madera cara y una flor blanca que no supo reconocer. Las cortinas, pesadas y color marfil, dejaban pasar una luz gris de madrugada. La cama era enorme. La bata que llevaba puesta no era suya.

Se incorporó de golpe.

El labio le ardió. Tenía una curación pequeña en la comisura y una venda limpia alrededor de la muñeca. Sobre una silla, perfectamente doblada, estaba su ropa. A un lado, su bolsa de telas seca. La llave del taller descansaba encima, como una burla.

—No, no, no...

Se levantó demasiado rápido. El piso de mármol estaba frío bajo sus pies descalzos. Cruzó la habitación, abrió la primera puerta y encontró un baño más grande que todo su taller. Abrió otra: vestidor. Otra: un pasillo corto que terminaba en una puerta principal.

Valentina tomó la manija.

No cedió.

Jaló otra vez. Luego golpeó con el puño.

—¡Abran! ¡Oigan! ¡Abran la puerta!

Del otro lado no hubo pasos. No hubo explicación. Solo el silencio grueso de un lugar diseñado para que nadie entrara ni saliera sin permiso.

Vio un panel junto a la puerta. Números. Cerradura electrónica.

Se agachó, buscando algo para forzarla. Una horquilla. Un clip. Lo que fuera. Sus dedos temblaban, pero la rabia la mantenía de pie.

—No te recomiendo hacer eso.

Valentina se quedó inmóvil.

La voz venía de atrás.

Lenta, muy lentamente, se volvió.

El hombre de los guantes blancos estaba de pie en el umbral del pasillo interior, con los lentes dorados reflejando la primera luz de la mañana.

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