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La Luna renacida del Alpha

La Luna renacida del Alpha

Status: En proceso
Genre:Venganza / Hombre lobo / Venganza de la protagonista / Reencarnación
Popularitas:58.6k
Nilai: 5
nombre de autor: JaQelinee Valenzuela

Valeria Luna Marín murió traicionada por el hombre al que eligió y por la hermana que juraba amarla. Le arrancaron la voz, quebraron a su loba y colgaron su nombre como una advertencia para toda la manada.
Pero antes de que la muerte la reclamara, Sebastián de la Vega, el Alpha que ella había rechazado, llegó por ella entre sangre y fuego.
Cuando Valeria despierta en el pasado, vuelve a la noche en que estaba a punto de rechazar su vínculo con Sebastián. Esta vez no huirá. Esta vez escuchará el aroma que su loba siempre reconoció.
Mientras un falso heredero, una falsa Luna y un Consejo corrupto conspiran para robar la corona de Silver Moon, Valeria deberá abrir el Moon Archive, recuperar su voz y decidir si está lista para aceptar la marca del Alpha que nunca dejó de pertenecerle.
Porque Sebastián no solo quiere salvarla.
Quiere poner la manada entera a los pies de su Luna.

NovelToon tiene autorización de JaQelinee Valenzuela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Capítulo 001: La muerte de la Luna equivocada

La sangre ya no olía a sangre.

Después de cuatro noches bajo la luna roja, Valeria Luna Marín solo podía distinguir tres cosas: hierro quemado, acónito y la gardenia empalagosa de Isabela pegada a la piel de Adrián.

La habían colgado en el muro norte de Silver Moon como advertencia. No como heredera, no como esposa, no como loba. Como ejemplo.

El viento de la sierra le golpeaba la cara con polvo y frío. Cada ráfaga hacía que las cadenas de plata rozaran sus muñecas abiertas. La quemadura subía por sus brazos, se hundía en los huesos y volvía a bajar en oleadas tan lentas que su cuerpo ya ni siquiera sabía si debía temblar.

Su loba no contestaba.

Al principio había gritado dentro de ella. Había arañado, había mordido, había intentado romper el silencio con una furia que no cabía en un cuerpo humano. Después vinieron las inyecciones, el sello de sangre en la nuca, la pasta amarga que le obligaron a tragar cuando todavía tenía lengua para escupir.

Ahora solo quedaba un hueco.

Un pozo frío donde antes vivía su loba.

Valeria intentó respirar por la nariz y casi se ahogó. El acónito le había dejado la garganta en carne viva. Cada bocanada raspaba como vidrio molido.

Abajo, en la explanada, la manada miraba.

Algunos bajaban la cabeza. Otros fingían no verla. Los más cobardes murmuraban lo suficiente para que ella escuchara.

—Traicionó al Alpha.

—Le entregó rutas de patrulla a los renegados.

—Dicen que vendió a su propia Casa.

Mentiras. Todas.

Pero Valeria ya no tenía voz para romperlas.

Ni manos para señalar al verdadero culpable.

Movió los dedos, o quiso moverlos. La respuesta fue un latigazo de dolor que le subió hasta el hombro. Sus uñas estaban partidas. La piel bajo los anillos de plata se había abierto hacía tanto que la sangre se secaba por capas oscuras.

La gente no veía a la muchacha que una vez había corrido descalza por los jardines de Casa Marín. No veía a la hija de Elena, la favorita de Diego, la hermana que Mateo cargaba sobre los hombros cuando ella se empeñaba en alcanzar las ramas más altas.

Veían lo que Adrián Rojas les había ordenado ver.

Una traidora.

Una loba rota.

La Luna equivocada.

El portón de la explanada se abrió con un crujido pesado.

El murmullo cambió de forma. Se volvió más bajo, más ansioso. Valeria no levantó la cabeza de inmediato. No necesitaba mirar para saber quién entraba. El aroma llegó antes que los pasos: vino dulce, rosas marchitas y humo falso.

Adrián.

El hombre por el que había rechazado a Sebastián de la Vega.

El hombre al que había defendido frente a su familia, frente a su manada, frente a su propia loba.

El hombre que nunca había sido suyo.

—Sigues viva —dijo él.

Su voz conservaba esa suavidad que durante años la había confundido. Ese tono educado, casi triste, con el que podía ordenar una ejecución y parecer preocupado por la lluvia.

Valeria forzó los párpados abiertos.

Adrián estaba impecable.

Camisa blanca. Abrigo oscuro. El emblema provisional de Silver Moon prendido sobre el pecho, aunque la manada jamás lo había aceptado de verdad como Alpha. A su lado, Isabela Rojas se cubría la boca con una mano enguantada, como si la escena le rompiera el corazón.

La gardenia de Isabela era más fuerte que el viento.

Dulce.

Pegajosa.

Podrida en el centro.

—Pobrecita —susurró Isabela, y sus ojos brillaron con una satisfacción tan viva que Valeria sintió náuseas—. Te advertí que Sebastián no iba a salvarte.

Valeria intentó reír.

Solo salió un sonido húmedo.

Isabela sonrió.

—Mírala, Adrián. Todavía cree que alguien va a venir.

Adrián no sonrió. Eso era lo peor. Él nunca necesitaba mostrar crueldad para ser cruel.

Subió los escalones del muro despacio, con las manos a la espalda. Un centinela bajó la mirada cuando pasó junto a él. Otro mostró el cuello por instinto. La dominancia de Adrián era débil comparada con la de un verdadero Alpha, pero aun así alcanzaba para doblar a los que tenían miedo.

Valeria había confundido esa calma con nobleza.

Había confundido su ausencia de furia con bondad.

Había confundido cada mentira con amor.

Adrián se detuvo frente a ella. Levantó la mano y le acomodó un mechón de cabello pegado a la mejilla.

Valeria quiso morderlo.

No pudo.

—Tu familia resistió más de lo conveniente —dijo él—. Diego murió peleando. Rodrigo también. Mateo intentó comprar la lealtad de mis hombres hasta el último minuto. Fue conmovedor, de una manera inútil.

El mundo se estrechó.

No.

No, no, no.

Valeria tiró de las cadenas con una fuerza que no tenía. La plata le abrió más la piel. El olor a carne quemada se mezcló con el del acónito.

Su grito no salió.

Se quedó atrapado en la garganta destruida, golpeando por dentro como un animal enterrado vivo.

Isabela ladeó la cabeza.

—Ay, hermana. ¿No lo sabías? Pensé que te lo habían dicho.

Valeria la miró.

Hermana.

La palabra ya no significaba nada. No después de verla entrar en su habitación con una taza de té. No después de descubrir, demasiado tarde, el sabor amargo bajo la miel. No después de despertar sin voz, sin fuerza, sin loba, mientras Isabela lloraba frente a todos y juraba que Valeria había intentado envenenarla primero.

—Elena sigue viva —añadió Isabela, como si le regalara una misericordia—. Por ahora.

Algo se partió dentro de Valeria.

No fue un hueso.

No fue una cadena.

Fue lo último que quedaba de la muchacha que había querido creer.

Adrián suspiró.

—Si me hubieras entregado tu linaje sin tanta resistencia, nada de esto habría sido necesario.

Valeria entendió entonces: no la había querido. No su sonrisa, ni sus manos, ni sus sueños absurdos de una manada menos cruel. Había querido la sangre Marín.

La legitimidad que su Casa todavía conservaba entre los guerreros.

El acceso a los registros lunares que, según los viejos rumores, dormían en su línea materna.

La había elegido como se elige una llave.

Y cuando la llave se negó a girar, la rompió.

Isabela dio un paso más cerca. Sus tacones sonaron limpios sobre la piedra manchada.

—No pongas esa cara. Tú me lo diste todo. Tu lugar en Casa Marín. Tu confianza. Tu nombre. Adrián solo tomó lo que tú le ofreciste.

Valeria quiso cerrar los ojos.

Pero Adrián le sujetó el mentón.

—Mírame.

No fue una orden de Alpha verdadera. No tenía suficiente fuerza para eso. Aun así, el sello del juramento de sangre que le habían marcado bajo la nuca se encendió: dolor, fuego líquido, acónito despertando en sus venas como una serpiente.

Valeria abrió los ojos.

Adrián sonrió por primera vez.

—Quiero que entiendas algo antes de morir. Sebastián de la Vega pudo haber sido un problema. Él sí tenía sangre de Alpha. Él sí podía reclamar Silver Moon sin pedir permiso. Pero tú lo rechazaste por mí.

La respiración de Valeria se quebró.

Sebastián.

El nombre llegó con otro aroma, uno que no estaba allí y aun así la memoria reconstruyó con una precisión dolorosa: cedro negro, tormenta, cuero cálido.

Un aroma que su loba había perseguido en sueños incluso cuando Valeria juraba amar a otro.

*Tarde*, susurró algo en el pozo vacío de su pecho.

No fue una voz completa.

Fue una brasa.

Su loba, casi muerta, todavía reconocía ese nombre.

—Lo usaste —pensó Valeria, o tal vez solo lo imaginó, porque su lengua ya no podía formar palabras—. Me usaste para destruirlo.

Adrián inclinó la cabeza, como si hubiera escuchado.

—Yo no destruí a Sebastián. Lo hiciste tú.

Isabela rió bajito.

La luna roja salió de entre las nubes.

La luz cayó sobre las cadenas, sobre la explanada, sobre los rostros de los que habían permitido aquello. Valeria sintió un tirón detrás de los ojos. Algo antiguo, frío y enorme se movió en su sangre.

No era su loba.

Era más profundo.

Más viejo.

Como una puerta enterrada bajo generaciones de silencio.

Adrián frunció el ceño.

—¿Qué es ese olor?

Isabela dejó de sonreír.

El jazmín nocturno de Valeria, casi apagado por el acónito, cambió. Una nota de lluvia sobre piedra subió desde su piel rota. Después llegó algo imposible: plata lunar, limpia, demasiado pura para aquel muro lleno de sangre.

Los centinelas retrocedieron.

Uno cayó de rodillas.

La explanada entera contuvo el aliento.

Valeria no entendía qué pasaba. Solo sentía la luna sobre ella como una mano helada en la frente.

Entonces oyó el aullido.

No venía de la manada.

Venía de la sierra.

Bajo, furioso, vivo.

Adrián giró hacia el bosque.

La primera sombra atravesó el portón antes de que los centinelas pudieran cerrarlo. Un lobo negro, enorme, con ojos de oro encendido, cayó sobre el primer hombre y lo lanzó contra la piedra. El sonido de huesos rotos hizo que la multitud gritara.

Sebastián.

No en forma humana.

No vestido con la calma peligrosa del heredero que ella había evitado durante años.

Sino como lo que siempre había sido.

Un Alpha.

Su aura golpeó la explanada como una tormenta cerrándose sobre todos. Los lobos de menor rango se desplomaron. Algunos mostraron el cuello sin poder evitarlo. Isabela retrocedió con un chillido. Adrián palideció.

El lobo negro levantó la cabeza.

Sus ojos encontraron a Valeria.

Y el mundo se detuvo.

No había ternura en esa mirada. Había horror, furia y una pregunta que llegó demasiado tarde.

¿Por qué no me dejaste salvarte antes?

Sebastián cambió a mitad de carrera. El cuerpo del lobo se quebró hacia arriba con un crujido húmedo, músculos reacomodándose, piel abriéndose y cerrándose sobre huesos que volvían a forma humana. Cayó de rodillas frente a ella, desnudo bajo la sangre ajena, con los ojos aún dorados y los colmillos sin retraer por completo.

Un ejecutor le arrojó un abrigo. Él ni siquiera lo miró.

—Valeria.

Su nombre en la boca de Sebastián no sonó como acusación.

Sonó como una herida.

Valeria intentó decirle que lo sentía.

Que había sido estúpida.

Que su loba lo había sabido.

Que ella había elegido mal y que su error había quemado a todos los que la amaban.

No salió nada.

Sebastián vio la cicatriz de su garganta. Vio sus muñecas. Vio el sello oscuro bajo su nuca.

El aire se volvió irrespirable.

—¿Quién? —preguntó.

Una sola palabra.

La orden de Alpha que llevaba dentro rozó a todos en la explanada. No fue completa, pero bastó. Tres centinelas cayeron al suelo con arcadas. Isabela se llevó las manos al cuello, incapaz de respirar bien.

Adrián dio un paso atrás.

—Sebastián, esto no es lo que parece.

Sebastián no lo miró.

Sus manos temblaban cuando tocaron las cadenas de Valeria. La plata le quemó la piel de inmediato. El olor de cedro negro se llenó de carne chamuscada, pero él no soltó.

—No cierres los ojos —le dijo a ella, y su voz se rompió en el borde—. Mírame, mi Luna.

Mi Luna.

El pecho de Valeria se abrió con un dolor distinto.

No de plata ni de acónito. De reconocimiento.

Demasiado tarde. Todo había llegado demasiado tarde.

Sebastián arrancó la primera cadena de la piedra. Luego la segunda. La tercera no cedió hasta que su hombro crujió bajo el esfuerzo. Valeria cayó hacia adelante y él la recibió contra su pecho como si su cuerpo roto aún fuera algo sagrado.

Su calor la envolvió.

Por primera vez en días, el frío retrocedió.

La tormenta de su aroma llenó el mundo: cedro negro, cuero cálido, lluvia a punto de romperse. Valeria quiso quedarse allí, hundirse en ese olor y fingir que todavía había tiempo.

Pero el acónito ya estaba en su corazón.

Lo sintió.

Un latido.

Otro.

El tercero falló.

Sebastián también lo sintió. Su rostro cambió.

—No —gruñó.

Valeria alzó una mano inútil. Sus dedos apenas rozaron su mandíbula.

La piel de Sebastián estaba caliente, viva, real.

Él atrapó su mano contra su cara y cerró los ojos con una violencia que parecía dolor físico.

—Quédate conmigo.

Ella quiso obedecer.

Por una vez, quiso obedecerlo.

Quiso quedarse.

Quiso decirle que si la luna le diera otra oportunidad, no correría hacia Adrián. No escucharía a Isabela. No escupiría sobre el vínculo que su loba había reconocido desde el principio.

Elegiría el cedro negro, la tormenta, las manos que se quemaban para liberarla.

Adrián gritó algo. Hubo un golpe, un gruñido, el sonido de cuerpos chocando contra piedra. Nada de eso importaba.

El mundo de Valeria se redujo al rostro de Sebastián.

—Perdóname —intentó decir.

Solo salió aire.

Pero Sebastián entendió.

Tal vez por sus ojos.

Tal vez porque la luna, cruel al final, le permitió sentir lo que ella nunca se atrevió a darle.

Su frente tocó la de ella.

—No —susurró—. No te perdono si me dejas.

Valeria habría sonreído si aún supiera cómo.

Entonces la puerta se abrió.

No fuera.

Dentro.

El pozo donde su loba había muerto se llenó de luz plateada. No era cálida. No era suave. Era inmensa y antigua, como si todas las mujeres de su sangre hubieran despertado al mismo tiempo.

El muro desapareció.

La explanada se volvió agua.

La sangre flotó hacia arriba en hilos rojos.

Y una voz que no pertenecía a ninguna garganta habló desde la luna.

*Recuerda.*

Valeria vio una puerta hecha de piedra blanca.

Vio estantes interminables bajo un cielo sin estrellas.

Vio páginas abrirse solas, escritas con nombres que su corazón conocía aunque su mente no.

Moon Archive.

El Archivo que su línea materna había protegido.

El secreto por el que Adrián la había destrozado.

La razón por la que Isabela había querido usar su nombre.

*Recuerda*, repitió la voz.

Valeria sintió que algo le arrancaba la muerte de los pulmones.

Vio a Adrián besando a Isabela sobre una cama que había sido suya.

Vio a Diego caer en una frontera falsa.

Vio a Mateo con las manos llenas de contratos rotos.

Vio a Elena encerrada en una habitación sin ventanas.

Vio a Sebastián, una y otra vez, llegando tarde porque ella misma había cerrado todas las puertas.

Después vio otra noche.

Una habitación oscura.

Una soga.

Su propio cuerpo más joven, temblando de rabia y orgullo.

Sebastián entrando como una tormenta.

No era recuerdo. Era regreso.

Valeria intentó aferrarse al pecho de Sebastián, pero sus dedos ya no respondían.

La voz de la luna la envolvió.

*Elige otra vez.*

El último latido de Valeria se quebró.

La explanada se apagó.

El cedro negro desapareció.

El dolor también.

Durante un segundo no hubo nada.

Luego, aire.

Valeria abrió los ojos con un jadeo brutal.

No estaba en el muro.

No había cadenas.

No había multitud.

Estaba sobre una cama enorme, en una habitación que olía a cedro negro, tormenta y cuero cálido.

Una lámpara de mesa iluminaba paredes oscuras, muebles pesados y el emblema de Silver Moon sobre la puerta. Afuera, alguien golpeaba la madera con insistencia.

—¿Valeria? —llamó una voz dulce desde el pasillo—. Soy yo, Isa. Déjame entrar. Tienes que salir de aquí antes de que el Alpha te obligue a aceptar ese contrato.

Valeria llevó una mano al cuello.

Su piel estaba entera.

Pero debajo, donde la plata la había mordido en otra vida, todavía ardía la memoria de la muerte.

La puerta del baño se abrió.

Sebastián de la Vega salió con la camisa a medio abotonar, los ojos oscuros de furia y preocupación.

—Valeria —dijo, tenso—. ¿Qué hiciste?

Ella lo miró. Vivo, entero, aún suyo aunque ninguno de los dos lo supiera todavía.

Y por primera vez desde que la luna la devolvió del infierno, Valeria sonrió.

1
Angy Palacios
me encantó la narrativa,fue justa y precisa.
felicitaciones, primera historia que me deja satisfecha. 👏👏👏👏👏👏.
un abracito y gracias por tan bella historia.
Marleys Sofia Cervantes
Que viva el amor yupi
y los cachorros para cuando
Marleys Sofia Cervantes
Así se habla 👏🥰👏🥰👏😂👏🥰👏🥰
Luz Mery Suarez
ya está bueno mastique el cuello Arturo es un maldito codicioso
Luz Mery Suarez
ya la loba de de Vale a dormido mucho que se ponga mosca porque lo que se viene es guerra
Marleys Sofia Cervantes
In pasó a la vez
Marleys Sofia Cervantes
Dios por fin
Marleys Sofia Cervantes
otro enemigo mas
Marleys Sofia Cervantes
Todos juntos victoria segura
Marleys Sofia Cervantes
Dale en las pelotas a ver si deja de joder Adrián
Marleys Sofia Cervantes
La verdad sale
tarde
pero sale
Marleys Sofia Cervantes
por lo menos hizo algo bien el alfa
Marleys Sofia Cervantes
Vamos Sebastián dale una palera 🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣
Gladys Torres
yo he leído muchas historias de Lobos y tengo entendido que se marcan mientras tienen sexos con más emociones bueno cada uno escribe a su manera sigo para ver como termina esta buena 💪💖
Sofia Carruso
A pelear otra vez👏👏👏👏
Sofia Carruso
Tu si críticas deja terminar la obra y si no busca otras con que entretenerte
Maryels Yulid Ribeiro
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏
Maryels Yulid Ribeiro
Si
si
si
Estás novelas no son el tipo chicle de novelas de hombres lobos que son posesivos y que se curan solo son el tipo de novela que el alpha tiene que reconstruir un corazón y esperar y sufrir ufff Pacho
Maryels Yulid Ribeiro
estos dos llevan más golpe 😂😂😂😂
Maryels Yulid Ribeiro
ufff Pacho ya ni se que pensar
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