✅️🦋Bruno Koch es un brillante sonidista que trabaja en las sombras del backstage, atrapado en un doloroso dilema: lleva años enamorado en secreto de Nash Wright, un exitoso cantante pop. Bruno ha sido el testigo silencioso de cómo una relación destructiva y los excesos arrastran a Nash hacia el abismo, ocultando sus sentimientos. Tras un colapso público en el escenario, Nash toca fondo y es diagnosticado con trastorno afectivo bipolar. Junto a Harper, una ruda y leal compañera técnica, Bruno se convierte en la red de seguridad de Nash mientras este inicia su camino hacia la rehabilitación.🦋✅️
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No te vayas
El vidrio de la cabina de control siempre se sentía frío, sin importar cuántas luces estuvieran encendidas en el estudio. Desde su posición, Bruno Koch tenía una vista perfecta de todo lo que ocurría en el set de grabación. Sus dedos descansaban sobre los controles de volumen, ajustando las frecuencias con movimientos automáticos que su cuerpo conocía de memoria tras años de práctica. Sin embargo, su mente no estaba en las ondas de sonido. Sus ojos, fijos y cargados de una pesadez antigua, apuntaban directamente hacia el centro de la sala, donde Nash Wright permanecía de pie frente al micrófono de condensador.
Nash llevaba puestos unos auriculares enormes que aplastaban su cabello rubio ceniza. Se veía cansado, con la mirada perdida en las hojas de la partitura que sostenía con manos temblorosas. A su lado, con los brazos cruzados y una postura rígida que cortaba el aire como un cuchillo, estaba Grace Gallagher.
Bruno no necesitaba activar el micrófono de la cabina para saber exactamente lo que estaba pasando. A través del cristal, la escena se repetía como una película de terror que ya había visto demasiadas veces. Grace gesticulaba con fuerza, apuntando con el dedo índice hacia el pecho de Nash y luego hacia la puerta del estudio. Sus labios se movían rápido, escupiendo palabras llenas de veneno.
El motivo de la pelea de esa tarde era el mismo de la semana pasada, y del mes anterior: los celos. Grace acababa de ver la lista del personal técnico y de las bailarinas contratadas para la próxima gira mundial de Nash. Para ella, cualquier mujer que respirara en un radio de diez metros alrededor de su novio representaba una amenaza, una provocación o un motivo de sospecha. No importaba que fueran profesionales contratadas por la discográfica, ni que Nash apenas supiera sus nombres; para Grace, todo era una falta de respeto hacia ella.
—Te lo juro que ni siquiera he hablado con ellas —la voz de Nash entró de repente por los auriculares de Bruno.
Nash había encendido su propio micrófono por accidente al rozar el interruptor con el brazo. Bruno se quedó inmóvil. Sabía que debía apagar el canal por respeto a la privacidad de su amigo, pero sus dedos se congelaron en la consola. La necesidad de escuchar, de entender el tamaño del sufrimiento del hombre que amaba en secreto, fue más fuerte que su ética profesional.
—¡No me mientas! ¡Siempre es lo mismo contigo! —gritó Grace. Su voz, distorsionada por la ganancia del micrófono, sonó chillona y lacerante—. Te encanta tener a todas esas mujeres dando vueltas. Te alimenta el ego. Mientras tanto, yo tengo que rogarte por un maldito minuto de tu tiempo. ¿Cuándo vas a entender que tu prioridad debería ser yo y no esta estúpida música?
Nash suspiró, un sonido largo y quebrado que hizo que a Bruno se le apretara el corazón. El cantante bajó la cabeza, dejando que su cabello ocultara sus ojos pálidos. Su lenguaje corporal emanaba una paciencia infinita, una resistencia que se había ido desgastando a lo largo de los cuatro años que duraba esa relación destructiva.
—Grace, por favor, estamos en medio de un ensayo general. La discográfica invirtió mucho dinero en este día —pidió Nash con un tono suave, casi suplicante—. Mi tiempo es tuyo cuando salimos de aquí, lo sabes. Trabajo para darnos una buena vida a los dos.
—¿Una buena vida? ¡Me dejas sola semanas enteras por tus malditas giras! Si de verdad me quisieras, exigirías que el calendario fuera diferente. Pero no te importo. Nunca te he importado.
La discusión escaló rápido. Grace no buscaba soluciones; le gustaba pelear, necesitaba el conflicto para reafirmar el control absoluto que ejercía sobre él. Discutía por el diseño del escenario, por las bailarinas, por los horarios, por cualquier detalle insignificante que pudiera transformar en un ataque personal. Nash, desesperado al ver que sus explicaciones lógicas no servían de nada, empezó a perder la calma. Sus manos, habitualmente firmes al tocar la guitarra, comenzaron a agitarse en el aire.
—¡Es mi trabajo! ¡No puedo cambiar las fechas de los estadios porque a ti te apetezca! —exclamó Nash, con una mezcla de furia y desespero que hizo eco en las paredes acústicas del estudio.
La respuesta de ella fue una risa fría, cargada de desprecio. Dio media vuelta y amagó con tomar su bolso para marcharse. Ese fue el botón de pánico para Nash. El miedo visceral a quedarse solo, el temor de perder al que consideraba el gran amor de su vida, anuló por completo su orgullo. El cantante se interpuso entre ella y la salida, tomándola por las muñecas de forma suave, con los ojos inyectados en llanto.
—Lo siento, mi amor. Perdóname —comenzó a decir Nash, con la voz rota por completo—. Tienes razón. He estado muy distraído con los arreglos del disco. Prometo que hablaré con el representante para ver si podemos cancelar algunas entrevistas de la próxima semana. No te vayas, por favor. Lo solucionaré. Lo siento mucho.
Bruno observaba la escena desde la cabina con una mezcla insoportable de impotencia y dolor. Vio cómo Nash terminaba pidiendo perdón de rodillas por cosas que escapaban por completo a su alcance, asumiendo la culpa de problemas inventados por la mente manipuladora de Grace. Lo más doloroso para Bruno era saber que, sin importar lo que él o Harper le dijeran a Nash por la noche para abrirle los ojos, el cantante jamás la dejaría. Grace Gallagher tenía los hilos de su vida firmemente sujetos entre sus dedos; hacía y deshacía con el bienestar emocional de Nash cuándo y cómo quería, y Nash se entregaba voluntariamente a ese suplicio con tal de no perderla.
Dos semanas después de aquel episodio, el ciclo de idas y vueltas pareció llegar a un punto final.
Era un martes al mediodía. El sol de la ciudad golpeaba con fuerza las ventanas del pequeño departamento de Bruno, quien disfrutaba de su único día libre de la semana limpiando sus equipos de audio secundarios. El olor a líquido limpiador de circuitos flotaba en el aire mientras desarmaba un viejo mezclador de canales. De repente, su teléfono celular comenzó a vibrar con violencia sobre la mesa de madera, rompiendo la calma del mediodía.
En la pantalla brillaba el nombre de Nash.
Bruno se limpió las manos rápidamente en un trapo y atendió la llamada, esperando escuchar la voz enérgica de su amigo invitándolo a comer o discutiendo algún cambio de última hora en el repertorio del próximo concierto. Sin embargo, lo único que escuchó del otro lado de la línea fue un respiro pesado y entrecortado, seguido del tintineo inconfundible de hielos chocando contra un vaso de vidrio.
—¿Bruno? —la voz de Nash sonaba pastosa, arrastrando las letras de una manera alarmante—. Tienes que venir... por favor. Tienes que venir a mi casa.
A Bruno se le subió la sangre a la cabeza. El tono de Nash no era solo el de alguien que había bebido un par de tragos; era el tono de un hombre que se estaba ahogando en su propia miseria.
—Nash, ¿qué pasa? ¿Dónde estás? —preguntó Bruno, sintiendo cómo el pánico le oprimía el pecho.
—Se fue... Esta vez se llevó todo. Se llevó hasta los cuadros del pasillo —Nash soltó una risa seca que terminó en un gemido de dolor—. Grace me dejó. Me dijo que soy un monstruo inestable y que no quiere volver a ver mi cara en su vida. Me dejó para siempre.
El corazón de Bruno dio un salto. Una parte de él, una parte muy oscura y egoísta que odiaba con toda su alma, sintió un alivio momentáneo. Pensó que tal vez, solo tal vez, la tortura de Nash había terminado. Pero la experiencia le había enseñado que la pareja iba y venía constantemente, y que cada ruptura temporal sumergía a Nash en un pozo negro del que cada vez era más difícil rescatarlo.
—No te muevas de ahí, Nash. Voy para allá ahora mismo. No hagas ninguna tontería, ¿me escuchas? —ordenó Bruno mientras agarraba sus llaves y su campera de jean con movimientos torpes.
—Date prisa... no quiero estar solo en este lugar —susurró Nash antes de colgar.
Bruno corrió hacia la salida de su edificio, bajó las escaleras de tres en tres y detuvo el primer taxi que pasó por la avenida. Durante todo el trayecto hacia el lujoso penthouse de Nash, Bruno miraba por la ventana con la mandíbula apretada. Sentía una impotencia atroz. Deseaba con todas sus fuerzas tener el derecho de llegar, abrazar a Nash y decirle que no necesitaba el amor tóxico de Grace porque a su lado había alguien dispuesto a amarlo de verdad, de una forma pura, sana y sin condiciones.
Pero Bruno conocía la realidad. Nash era heterosexual. Nash lo amaba, sí, pero como a un hermano, como al sonidista fiel que lo había visto crecer desde que tocaba en bares subterráneos frente a diez personas hasta llenar estadios de fútbol. Confesarle sus verdaderos sentimientos en un momento tan vulnerable no solo sería egoísta, sino que destruiría el único puente de confianza que mantenía a Nash a salvo del abismo. Bruno sabía que Nash jamás lo aceptaría como pareja, y el miedo a ser rechazado lo obligaba a mantener un silencio asfixiante.
Cuando el taxi se detuvo frente al edificio de Nash, Bruno pagó de prisa y subió por el ascensor privado que conducía directamente al piso principal. Al abrir la puerta con la copia de la llave que Nash le había dado para emergencias, un olor denso a alcohol y encierro lo recibió en el rostro.
El penthouse, que solía ser un monumento al éxito musical, parecía el escenario de un desastre natural. Las persianas estaban completamente bajas, bloqueando la luz del mediodía y sumergiendo la sala en una penumbra grisácea. En el suelo del pasillo principal había marcas circulares en las paredes, los lugares exactos de donde Grace había descolgado los cuadros costosos.
En medio de la enorme sala de estar, sentado en el suelo y apoyado contra la base del sillón de cuero, estaba Nash. Llevaba la misma remera oversize de la noche anterior, ahora manchada de líquido. Entre sus piernas había una botella de whisky por la mitad y varios blísteres vacíos de analgésicos desparramados por la alfombra. Sus ojos estaban completamente rojos, fijos en el vacío. Estaba totalmente borracho, balanceándose levemente de adelante hacia atrás.
Bruno cerró la puerta con suavidad y caminó hacia él sin hacer ruido, sintiendo cómo una lágrima de pura lástima y amor amenazaba con escapar de sus propios ojos. Se agachó a su lado, retirando con cuidado la botella de whisky de las manos temblorosas de su amigo. Nash no opuso resistencia; simplemente levantó la cabeza, miró a Bruno con la vista nublada y dejó caer su cuerpo de lado, escondiendo el rostro en el regazo del sonidista.
—¿Por qué no puedo ser suficiente para ella? ¿Qué tengo de malo? —sollozó Nash, rompiendo en un llanto incontrolable que sacudió todo su cuerpo.
Bruno le acarició el cabello rubio con una ternura infinita, tragándose el nudo que tenía en la garganta. Pasaría la tarde allí, limpiando los destrozos, sosteniendo a su amigo mientras lloraba por otra mujer y fingiendo que su propio corazón no se estaba rompiendo en mil pedazos en ese mismo instante.
caer y tocar fondo también te muestra que podes levantarte (siempre y cuando quieras, aunque sea en un rincón de tu corazón) y después los que te apoyan y acompañas son vitales!!!
sería mucho pedir más capítulos?? 😅 🥰
Diferente, pero completamente realista y repleta de amor!!