Valentina Reyes tiene diecisiete anos, un promedio perfecto y un padre que camina con muletas. En Colonia Lomas del Paraiso, Guadalajara, la vida huele a paredes humedas y a los tamales que Don Tomas prepara antes del amanecer para vender en el tianguis. Valentina no se queja. Valentina sobrevive.
Santiago Montero Del Valle tiene diecisiete anos, un Porsche que no le importa y un padre que no sabe como hablarle. En la mansion de Puerta de Hierro, la vida huele a silencio. Santiago no pide ayuda. Santiago rompe cosas.
Una tarde en el Parque Metropolitano, un nino cae al lago. Los dos se lanzan al agua sin pensarlo. Cuando despiertan... estan en el cuerpo del otro.
Ella abre los ojos en una cama king size, rodeada de lujo y frialdad. El despierta en un cuarto diminuto donde un hombre cojo le dice "mija, ya esta el desayuno" con una sonrisa que nunca ha visto en su propia casa.
Valentina, atrapada en el cuerpo de Santiago, descubre que el dinero no compra lo que ella siempre tuvo: una familia que te abraza. Santiago, en el cuerpo de Valentina, descubre que en una casa donde gotea el techo puede existir mas amor del que jamas imagino.
Pero el intercambio tiene reglas que nadie les explico. Y mientras ella enfrenta a los enemigos corporativos de Grupo Montero y el descubre que las manos callosas de Don Tomas esconden un imperio en construccion, algo mucho mas peligroso que la magia empieza a crecer entre ellos.
Porque cuando vives la vida del otro... es imposible no enamorarte.
Una historia de risas, lagrimas, venganza dulce y un padre que le enseno al mundo que caminar distinto no significa caminar menos.
Yo se lo que es ser tu. Y aun asi, te elijo.
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Capítulo 1
Cap 01: Dos mundos, un mismo cielo
El despertador sonó a las cinco de la mañana, pero Valentina ya tenía los ojos abiertos.
Se quedó un momento mirando la mancha de humedad en el techo, esa que crecía un poco más cada temporada de lluvias. El ventilador giraba con un chirrido rítmico que ya era parte del silencio de la casa. Valentina se sentó en la cama, se recogió el cabello con una liga y buscó a tientas sus tenis junto a la puerta.
Ahí estaban. Los mismos de siempre. La suela izquierda tenía un parche de pegamento industrial que Don Tomás le había puesto un domingo, y los cordones eran nuevos porque los anteriores se habían roto a mitad del camino al Instituto. Los amarró despacio, sintiendo la forma gastada de la plantilla contra sus pies.
Desde la cocina llegaba el olor del café de olla.
—Mija, ¿ya te levantaste? —la voz de Asun atravesó el pasillo.
—Ya voy, mamá.
En la cocina, Asunción untaba frijoles sobre una telera mientras tarareaba algo que sonaba a himno de iglesia. A su lado, la hornilla apenas calentaba una olla de atole.
—Tu papá ya bajó a surtir —dijo Asun sin levantar la vista—. Dejó tu lonche ahí.
Valentina miró la bolsa de plástico transparente sobre la mesa: una telera con frijoles y un plátano. Al lado, un billete de veinte pesos doblado en cuatro, con una nota escrita en la letra temblorosa de Don Tomás: "Para el camión. No le digas a tu mamá que te di veinte, le dije que fueron quince."
Guardó el billete en el bolsillo del uniforme.
Bajó los tres pisos por la escalera de concreto sin barandal. En el segundo piso se escuchaban los ronquidos del vecino; en el primero, una mujer gritándole a alguien que cerrara la llave del agua. Al salir al callejón, todavía estaba oscuro. Tres cuadras adelante, en la esquina donde se juntaban los vendedores de tamales de madrugada, Valentina alcanzó a ver una figura pequeña y despareja moviéndose bajo la luz amarilla de un poste.
Don Tomás arrastraba una caja de cartón con ingredientes hacia su triciclo de carga. Su pierna derecha era más corta que la izquierda, y la prótesis hacía un clic metálico a cada paso que resonaba contra el pavimento mojado. Se detuvo, acomodó la caja en la plataforma y se limpió el sudor con el dorso de la mano, aunque apenas eran las cinco y cuarto.
Valentina apretó las correas de su mochila y se obligó a no correr hacia él. Don Tomás odiaba que lo ayudaran cuando no lo pedía.
Él levantó la vista y la vio.
—¡Mija! ¿No ibas a tomar el de las cinco y media?
—Sí, papá. Todavía me da tiempo.
—Ándale pues. Cuídate mucho. —Le lanzó un beso con la mano y ella lo atrapó en el aire, como hacían desde que era niña. Don Tomás sonrió, se montó en el triciclo con un quejido que disimuló como tos, y comenzó a pedalear calle abajo. El clic de la prótesis se fue haciendo más débil hasta desaparecer.
Valentina caminó hasta la parada del camión. A esa hora ya había una fila de personas con cara de sueño y uniformes de maquiladora, y una señora con tres bolsas de mandado que ocupaba el espacio de dos. Un tipo con audífonos se recargó contra el poste y cerró los ojos, como si pudiera dormirse de pie.
El camión tardó veinticinco minutos. Subió, pagó con los veinte pesos y se quedó de pie, agarrada del tubo, durante una hora y diecisiete minutos. El calor adentro era peor que afuera; el asiento de vinil más cercano brillaba de sudor ajeno. Un hombre de traje barato le pisó el tenis izquierdo al abrirse paso hacia la puerta trasera, justo sobre el parche de pegamento. Valentina movió el pie, no dijo nada, y siguió leyendo las notas de biología que había pegado en el interior de la mochila con cinta adhesiva.
Cuando se bajó frente al Instituto Británico de Guadalajara, el contraste la golpeó como todos los días: el estacionamiento era un mar de Audis, BMW y camionetas Suburban con cristales polarizados. Choferes uniformados esperaban con el aire acondicionado encendido. Compañeras bajaban de los asientos traseros con mochilas Tumi y cafés de Starbucks. Una de ellas sacudió su falda tableada como si el contacto con el asiento de cuero la hubiera arrugado.
Valentina bajó del camión con sus tenis remendados y su mochila de tela. El tufo a diésel del escape le siguió los primeros tres pasos.
Un grupo de alumnas la miró al pasar. No dijeron nada, pero una de ellas hizo algo con los labios, algo que podía ser una sonrisa o una mueca. Valentina siguió caminando. Conocía esa expresión. La misma de aquella compañera de secundaria que un día, en el patio, empezó a caminar arrastrando una pierna mientras el resto se reía.
"Tu papá es el cojito, ¿verdad?"
Valentina apretó la correa de la mochila hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Pasó la reja del Instituto sin voltear.
* * *
En Puerta de Hierro, la mañana era otra cosa.
Santiago Montero estaba sentado en el piso de su habitación, con la espalda contra la cama y las piernas estiradas entre los restos de un florero hecho pedazos. Los fragmentos de cerámica brillaban contra la duela de madera oscura. Había sido un florero caro, probablemente. Todo en esa casa era caro.
No recordaba a qué hora lo había aventado contra la pared. Después de las dos de la mañana, seguro, porque todavía estaba la luna por la ventana cuando escuchó el impacto.
Tres golpes en la puerta.
—Joven Santiago, ¿se encuentra bien? ¿Necesita que llame a alguien? —La voz del ama de llaves era neutral, ensayada. Llevaba años perfeccionando el tono exacto para hablarle sin provocar otra cosa rota.
—Estoy bien. No entres.
Silencio. Pasos alejándose.
Santiago se levantó. El espejo de cuerpo entero frente a la puerta del baño le devolvió la imagen de un tipo alto, con el cabello revuelto y los ojos irritados por la falta de sueño. Tenía diecisiete años y la mandíbula tensa de alguien que lleva años apretando los dientes.
Se duchó, se puso una playera negra y jeans, y bajó al comedor.
La mesa estaba puesta para seis personas, como siempre. Seis puestos con mantel de lino y cubiertos de plata para una familia donde nadie desayunaba junto.
Fernando ya se había ido. Su plato estaba limpio y retirado, pero la silla tenía todavía la servilleta doblada a medias, como si hubiera comido de pie antes de salir corriendo a Grupo Montero.
Andrés estaba sentado en la cabecera opuesta, leyendo algo en su tablet. Levantó los ojos cuando Santiago entró, lo miró durante exactamente dos segundos, y volvió a bajar la vista.
Ninguno dijo nada.
Santiago se sirvió un vaso de jugo de naranja, se lo tomó de pie junto a la barra y dejó el vaso en el fregadero. El ama de llaves apareció de la nada para recogerlo. El pan artesanal se enfriaba en una canasta junto a una tabla de fruta picada que nadie iba a tocar.
Afuera, a través del ventanal, se veían los tres coches estacionados en el garaje y la alberca reluciendo bajo el sol de las siete. Un jardinero podaba los setos con tijeras eléctricas, haciendo el único ruido de la casa que no fuera el de alguien yéndose.
De camino a su cuarto, pasó por el pasillo del segundo piso. Al fondo, donde la luz siempre era más tenue, estaba el altar.
Una fotografía enmarcada de una mujer joven con ojos oscuros y sonrisa amplia. A los lados, dos veladoras apagadas y un florero pequeño con claveles que ya se habían secado. Nadie los había cambiado.
Catalina Piedra de Montero. Su madre. Muerta cuando él tenía cuatro años.
Santiago miró la foto como la miraba cada vez que pasaba: sin detenerse del todo, pero reduciendo el paso lo suficiente para que sus ojos registraran que seguía ahí. Que ella seguía ahí. La única persona de esa casa que nunca se había ido a ningún lado, porque nunca tuvo oportunidad de elegir.
Los claveles secos se doblaban sobre el borde del florero como dedos cansados.
Santiago metió las manos en los bolsillos y siguió caminando. En algún lugar del piso de abajo, el ama de llaves ya estaba barriendo los pedazos del florero.
Nadie le iba a preguntar por qué lo había roto.
* * *
El sábado por la mañana, Valentina llevó sus libros al Parque Metropolitano.
Se sentó en una banca frente al lago artificial, con un manual de biología celular abierto sobre las piernas y un lápiz mordido entre los dientes. El sol de Guadalajara calentaba la nuca, pero la sombra del sauce llegaba justo a la banca, así que el calor era soportable. Había familias con niños en los juegos, vendedores de elotes y un grupo de señoras haciendo ejercicio con música de reguetón a todo volumen.
Valentina subrayó una línea sobre mitosis y pasó la página.
Al otro lado del lago, una motocicleta se estacionó en el sendero de grava. Santiago se quitó el casco, lo colgó del manubrio y caminó hasta la orilla del agua. Se sentó en el pasto sin ningún propósito evidente. Miraba el lago como quien mira una pared.
Ninguno de los dos sabía que el otro existía.
Un niño de unos cinco años —cabello rizado, playera de los Chivas demasiado grande para su cuerpo— se alejó de sus padres y se acercó a la orilla donde el lago se hacía más hondo. Metió los pies. Avanzó un paso más. El agua le llegaba a las rodillas. Otro paso. A la cintura.
El niño resbaló.
Su cabeza se hundió. Volvió a salir. Sus brazos golpeaban el agua sin ritmo, sin fuerza.
—¡Emilio! —Un grito desde los juegos.
Valentina levantó la vista del libro. Vio los brazos. Soltó el manual y se puso de pie.
Santiago, al otro lado, ya estaba corriendo.
Los dos entraron al agua al mismo tiempo.