Valentina Reyes lleva dos años tragándose el infierno en silencio.
Cada mañana se sube al Metrobús en Coyoacán, cruza media ciudad y llega a las oficinas de Grupo Lucía en Santa Fe — el imperio empresarial del hombre que la destruyó. Cada mañana se para frente a Sebastián Montero, el CEO más despiadado de Ciudad de México, y finge que no le tiemblan las manos. Cada noche vuelve a su departamento vacío, abre el frasco de paroxetina y cuenta las pastillas que le quedan.
Sebastián la odia. O eso dice.
Porque Valentina era la mejor amiga de Lucía — su hermana menor, la que murió una noche hace cinco años en circunstancias que nadie ha podido explicar del todo. Y Sebastián está convencido de que Valentina pudo haberla salvado.
Lo que él no sabe es que Valentina también lo cree. Que la culpa la está matando por dentro mucho antes de que él pudiera hacerlo.
Un día, Sebastián le propone algo absurdo: un acuerdo de cien días. Cien días juntos — viviendo bajo el mismo techo, siguiendo sus reglas, fingiendo una relación que a ella le quema y a él le obsesiona. Cuando los cien días terminen, ella será libre. Él la dejará ir.
Pero en esos cien días pasan cosas que ninguno de los dos planeó.
Él descubre que detrás de su odio hay algo mucho peor: que nunca dejó de amarla. Ella descubre que el caso de Lucía esconde una verdad que podría cambiarlo todo — una verdad que alguien está dispuesto a matar para mantener enterrada. Y Doña Carmen, la madre de Sebastián, enferma terminal y rota por la pérdida de su hija, le exige a su hijo que elija: su familia o esa mujer.
Los cien días se acaban en Nochevieja.
Y Valentina ya decidió cómo va a terminar esta historia.
**¿Será Sebastián capaz de encontrarla antes de que sea demasiado tarde?**
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Capítulo 1
Capítulo 1
La asistente del diablo
Las tres de la mañana y Valentina ya tenía los ojos abiertos.
No fue una pesadilla lo que la despertó —hacía meses que las pesadillas habían dejado de ser eventos aislados para convertirse en el fondo constante de su sueño—. Fue el silencio. Ese silencio espeso del departamento vacío en Coyoacán, donde el único sonido era el goteo del grifo que nunca terminaba de cerrar.
Estiró la mano hacia el buró. Sus dedos encontraron primero el vaso de agua tibia, después el frasco anaranjado de plástico. Lo destapó sin necesidad de encender la luz —llevaba meses repitiendo el mismo gesto— y se puso la pastilla en la lengua. Paroxetina. Veinte miligramos. Tragó con un sorbo de agua que sabía a tubo viejo y se quedó mirando el techo.
El despertador sonaría a las cinco y media. Dos horas y media de quedarse quieta, respirando, esperando que la pastilla le suavizara los bordes del mundo antes de que tuviera que enfrentarlo.
A las seis ya estaba en la parada del Metrobús.
El trayecto de Coyoacán a Santa Fe duraba cuarenta y cinco minutos en un buen día, más de una hora si el tráfico se ensañaba. Valentina se aferró al tubo de metal con una mano y con la otra sostuvo su bolso contra el pecho, apretada entre un señor que olía a colonia barata y una estudiante con audífonos que movía los labios sin sonido. En cada parada subía más gente. Ella se hacía más pequeña.
Cuando bajó en Santa Fe y caminó las tres cuadras hasta la torre de cristal de Grupo Lucía, el contraste le golpeó como siempre: el piso de mármol del vestíbulo, las paredes con marcos dorados, la recepcionista con uñas perfectas que le sonrió con esa cortesía automática que se reserva a quienes no importan del todo.
—Buenos días, Srta. Reyes.
—Buenos días.
Valentina se alisó la blusa —la más presentable que tenía, planchada la noche anterior sobre la tabla de la cocina— y tomó el elevador al piso treinta y dos.
La junta de las ocho ya había empezado.
Sebastián Montero Ibarra estaba de pie frente a la pantalla de proyección, con el saco oscuro abrochado y los puños de la camisa asomando exactos dos centímetros. Hablaba sin levantar la voz. No necesitaba hacerlo. Cuando Sebastián Montero hablaba, la gente dejaba de respirar.
—El reporte de Finanzas tiene tres errores de cálculo. Quiero la corrección antes del mediodía. —Sus ojos recorrieron la mesa—. Carolina, confirma la cita con Grupo Continental. Reyes, los contratos del piso dieciséis. En mi escritorio antes de las diez.
No "Valentina". No "por favor". Reyes, y punto.
—Sí, señor.
Nadie en esa sala sabía que seis años atrás, ese mismo hombre le había sostenido la cara con ambas manos y le había dicho que era lo más bonito que le había pasado en la vida. Nadie sabía que la empresa llevaba el nombre de su hermana muerta. Nadie sabía nada, y así era como Sebastián Montero quería que fueran las cosas.
Valentina salió de la sala de juntas con los hombros tensos y caminó hacia el archivo del piso dieciséis. Los contratos estaban en la repisa alta. Se subió al banco metálico, estiró los brazos y jaló la carpeta. El peso la desbalanceó; el banco se inclinó y una caja de expedientes se deslizó desde arriba.
Una mano la agarró del brazo.
El tirón fue brusco, certero. La caja golpeó el piso con un estruendo de papeles, pero ella quedó de pie, sostenida por cinco dedos que le apretaban el antebrazo con fuerza innecesaria.
Sebastián la soltó como si el contacto le quemara. Dio un paso atrás. Su mandíbula se endureció.
—Ten más cuidado.
Se fue antes de que ella pudiera contestar.
Valentina se quedó mirando la marca rosada que los dedos le habían dejado en la piel. Le ardía. No por el apretón, sino por la certeza estúpida de que esos cinco segundos de contacto eran lo más cerca que iban a estar en meses.
A las nueve y cincuenta entregó los contratos en la oficina de Sebastián. Tocó la puerta, que estaba entreabierta, y entró.
Él estaba firmando documentos sin levantar la vista. Detrás de su cabeza, en la repisa junto a la ventana, una fotografía enmarcada en plata: una chica de dieciocho años con una sonrisa que parecía capaz de calentar una habitación entera. Lucía Montero Ibarra.
Valentina dejó la carpeta sobre el escritorio, pero sus ojos se desviaron hacia la foto. No pudo evitarlo. Nunca podía.
Lucía con el uniforme de la prepa, el cabello suelto, los ojos achicados por la risa. "Eres mi mejor amiga", le había dicho una vez, tirándole del brazo mientras cruzaban el campus de la UNAM. "Para siempre, ¿verdad?"
Para siempre resultó ser dieciocho años.
—Sal de aquí.
La voz de Sebastián cortó el recuerdo. Bajo, sin volumen, pero afilado como el borde de un papel. Valentina parpadeó. Él la estaba mirando, y en sus ojos había algo que no era enojo —era algo peor, algo que se parecía al dolor y que él enterraba debajo de capas de frialdad como quien echa tierra sobre un ataúd.
—Con permiso —murmuró ella, y salió.
El resto del día transcurrió en la rutina gris de siempre: correos, reportes, llamadas que no eran para ella. A las seis, Carolina Méndez se asomó por encima de la pared del cubículo.
—Oye, Vale, ¿vamos a cenar? Encontré unos tacos en la Roma que están increíbles.
Valentina sonrió, o intentó algo que se le pareciera.
—Estoy cansada, Caro. Será otro día.
Carolina la miró un segundo de más, como buscando algo debajo de la superficie, pero no insistió.
—Bueno, pero me debes unos tacos, ¿eh?
Valentina asintió. Carolina se fue. El piso se vació. Los fluorescentes zumbaron sobre las filas de escritorios vacíos.
Tomó el Metrobús de vuelta. Se sentó junto a la ventana, con la frente pegada al vidrio tibio. En el trayecto, el cielo sobre Insurgentes se tiñó de un anaranjado sucio que no era bonito pero que al menos significaba que otro día había terminado. A su lado, una señora con bolsas del mercado dormitaba con la boca entreabierta. El mundo seguía girando. A Valentina le costaba entender cómo.
Al llegar a su departamento cerró la puerta con llave, dejó el bolso en la silla, se quitó los zapatos. El silencio volvió a recibirla como un animal paciente.
Se sentó en el borde de la cama.
Del cajón del buró sacó un celular viejo —un modelo que ya no fabricaban, con la pantalla rayada y la batería que apenas duraba dos horas—. Lo encendió. La pantalla tardó en cargar, parpadeó con una luz azulada, y ahí estaba: el último chat, detenido en el tiempo como un reloj roto.
Una foto de contacto que era una selfie borrosa: Lucía con la nariz arrugada, sacando la lengua.
Y debajo, un mensaje sin abrir. El último que Lucía le había enviado, cinco años atrás, pocas horas antes de que todo se rompiera.
Valentina nunca lo había abierto. En cinco años, nunca.
Esta noche, sin saber por qué —tal vez porque la marca de los dedos de Sebastián seguía tibia en su antebrazo, tal vez porque la paroxetina no estaba funcionando tan bien como antes—, presionó el mensaje.
La pantalla se iluminó.
"Si algo me pasa..."