Hace seis años, Renata Salas dejó al amor de su vida de rodillas bajo la lluvia. Él era ciego, pobre, un don nadie. Ella le gritó que un ciego jamás estaría a su altura, le dio la espalda y se casó con otro.
Seis años después, todo se invirtió.
Maximiliano Montenegro recuperó la vista y construyó un imperio. Hoy es el dueño de Grupo Montenegro, el hombre más temido de la ciudad. Renata, en cambio, regresó arruinada, ahogada en deudas, con una sola salida humillante: convertirse en su médica personal.
—¿Necesitas dinero? —le dice él, con esa sonrisa de hielo—. Por lo que alguna vez fuimos, puedo darte una limosna.
Pero lo que Maximiliano no sabe es por qué Renata lo abandonó de verdad. No fue por falta de amor. Fue un secreto que la destroza por dentro: su propia familia arruinó a la del hombre que ama, y ella decidió cargar sola con la culpa para protegerlo, aunque eso significara que él la odiara para siempre.
Él la desprecia, la castiga... y aun así mueve cielo, mar y todo su imperio cada vez que alguien se atreve a lastimarla. Porque por más que jure haberla olvidado, sigue llevando al cuello el anillo que ella le regaló.
Entre venganzas que arden, mentiras que separan y un amor que se niega a morir, los dos tendrán que elegir: ¿hundirse en el orgullo... o atreverse a amarse otra vez?
Y cuando por fin la verdad salga a la luz... ¿quedará algo que salvar?
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Capítulo 1
Capítulo 1: La intrusa en la reunión
La risa se apagó en cuanto empujó la puerta equivocada.
Fue como si alguien le hubiera arrancado el aire del pecho de un solo tirón. Renata se quedó en el umbral del salón privado con la mano todavía en la manija, y veinte rostros giraron hacia ella al mismo tiempo. Copas suspendidas a medio camino. Una carcajada cortada por la mitad. El murmullo cálido de la reunión se congeló, y en ese silencio repentino ella oyó su propio corazón golpeando contra las costillas, demasiado rápido, demasiado fuerte.
"Salón Pedregal B", decía la reservación en su teléfono. La de su paciente. No esta.
Pero ya era tarde.
—No puede ser. —La voz de una mujer rompió el silencio, dulce y filosa a la vez—. ¿Renata? ¿Renata Salas?
El estómago se le cerró. Conocía esa voz. La habría reconocido en medio de un terremoto.
Ariadna Fonseca avanzó entre las mesas con una copa de vino tinto balanceándose entre los dedos, el vestido entallado, el cabello cayéndole en ondas perfectas sobre un hombro desnudo. Seis años no le habían quitado nada; al contrario, la habían pulido. Sonreía como sonríe alguien que acaba de encontrar exactamente lo que buscaba.
—Pero miren quién decidió honrarnos. La reunión de exalumnos de la Universidad del Pedregal. —Ladeó la cabeza—. Pensé que ya no te dejaban entrar a estos lugares.
Renata abrió la boca para disculparse, para decir que se había equivocado de salón, que ya se iba. No salió nada. Porque en ese instante sus ojos, por pura voluntad propia, cruzaron el salón hasta el fondo.
Y lo encontró a él.
Estaba sentado en la cabecera, un poco apartado, con un brazo apoyado en el respaldo de la silla vacía de al lado como si el lugar entero le perteneciera. Traje hecho a medida, negro, sin una sola arruga. Reloj que costaba más que el departamento donde ella vivía ahora. El pelo peinado hacia atrás, la mandíbula afilada, los ojos oscuros fijos en ella con una frialdad que no parpadeaba.
Maximiliano Montenegro.
Max.
El aire volvió a fallarle.
No por el lujo. No por la torre de Grupo Montenegro que cubría medio noticiero económico del país, ni por el chofer que seguramente lo esperaba abajo en una camioneta blindada. Sino porque ella todavía recordaba a ese mismo hombre con una camisa descolorida, contando monedas sobre una mesa de fórmica para pagar el camión, traduciendo documentos en voz baja porque no podía leerlos con los ojos.
El muchacho ciego al que ella había destrozado una noche de lluvia.
—
Seis años atrás.
Llovía con una furia bíblica, de esas tormentas de junio que ahogan la ciudad en una sola tarde. Él estaba arrodillado en el charco frente al portón, empapado hasta los huesos, la lluvia resbalándole por una cara que no podía verla pero que la buscaba de todos modos, vuelta hacia el sonido de su voz.
—No me hagas esto, Rena. Lo que sea, lo arreglo. Dime qué pasó.
Y ella, con las uñas clavadas en las palmas para no romperse, había escupido las palabras más crueles que encontró:
—¿Qué vas a arreglar tú? Mírate. Un ciego muerto de hambre. ¿De verdad creíste que yo iba a quedarme contigo?
Lo vio encogerse como si lo hubiera apuñalado. Y se dio la vuelta antes de que las lágrimas la traicionaran, porque si él hubiera escuchado el temblor en su garganta, lo habría adivinado todo.
—
—Te estoy hablando, Renata.
La voz de Ariadna la arrancó del recuerdo. El salón seguía ahí, las miradas seguían clavadas en ella, y la doctora Salas, que sabía mantener el pulso firme abriendo un tórax a las tres de la mañana, sintió que le sudaban las manos como a una estudiante.
El celular le vibró dentro de la bolsa. Una vez, dos. El nombre brilló contra la tela oscura: Fer. Su comadre, la única persona que sabía dónde estaba esa noche y por qué: para ver a la familia de un paciente que la había citado en un salón de ese mismo hotel, en su único hueco libre entre el turno de la mañana y la guardia de la madrugada. Renata silenció la llamada con el pulgar sin sacar el teléfono. Después. Si sobrevivía a esto, después.
Porque eso era ahora su vida. Turnos dobles para juntar los cincuenta mil pesos del mes. Un departamento de una recámara en Coyoacán que olía a humedad. Una abuela a la que cuidar. Y una deuda tan grande que ni siquiera le cabía en la cabeza cuando intentaba contarla.
Seis años antes, ella habría llegado a esa reunión en coche con chofer, con un vestido que costaba lo que ahora ganaba en tres meses. Ahora llegaba con la bata del hospital doblada en la bolsa y los zapatos planos de quien pasa catorce horas de pie.
Así de lejos había caído. Y todos en ese salón lo olían.
Enderezó la espalda. Compuso la sonrisa profesional, la que usaba para darle malas noticias a las familias en urgencias.
—Me equivoqué de salón. Buenas noches.
—Ay, no, no, no. —Ariadna le cerró el paso con el cuerpo, encantada—. Quédate. Cuéntanos. Todos nos morimos por saber. Te casaste con un Bracamonte, ¿no es cierto? El hijo de doña Leticia. Y ahora… —recorrió de arriba abajo la blusa sencilla de Renata, los zapatos planos, la bata de hospital que asomaba doblada en la bolsa—. ¿Divorciada? ¿Endeudada? Dicen por ahí que andas pidiendo turnos dobles en un hospital de gobierno.
Una risita corrió por las mesas, de boca en boca, como un fósforo prendiendo una hilera de velas.
—Pobre —murmuró alguien, sin molestarse en bajar mucho la voz.
—¿No era la del papá que se quedó en la quiebra? —respondió otra—. Siempre fue una trepadora. De tal palo.
—Shhh, que te oye.
—¿Y? Que oiga. Para eso vino, ¿no? A que la vieran.
Cada palabra le caía encima como una gota de cera hirviendo. Renata mantuvo la barbilla firme y no les dio el gusto de pestañear.
—Caza-fortunas. —Ariadna pronunció la palabra despacio, saboreándola, para que llegara a cada rincón del salón—. Eso eras. Una arrimada con cara bonita. Te colgaste del que más prometía y mira cómo te fue. —Bajó la voz a un susurro teatral, mirando de reojo hacia la cabecera—. Aunque, la verdad, a veces te equivocaste de caballo, ¿verdad?
Renata sintió la sangre subirle a la cara. No por ella. Por la insinuación que colgaba en el aire, por los ojos de todos resbalando hacia Max y de vuelta hacia ella, divertidos, crueles.
Y algo dentro de ella, algo que llevaba seis años tragándose en silencio, se negó a seguir tragando.
—Qué memoria tan selectiva, Ariadna. —La voz le salió clara, tranquila, y el salón se inclinó a escucharla—. Hablas de cazar fortunas. ¿Sigues usando el collar de esmeraldas que le "pediste prestado" a mi madre en la graduación? Porque de eso ya pasaron ocho años y, que yo sepa, nunca volvió a la familia.
El color desapareció de la cara de Ariadna como si le hubieran jalado un tapón.
Un silencio distinto cayó sobre el salón. Esta vez nadie se rio. Una de las mujeres se llevó la copa a los labios para esconder la sonrisa; un hombre tosió.
—Eso… eso fue un préstamo entre amigas —tartamudeó Ariadna.
—Claro. —Renata se acomodó la bolsa en el hombro—. Igual que tu amistad. Con permiso.
Se dio la vuelta para irse, el corazón retumbándole, las piernas a punto de fallarle, pero la cabeza en alto. Solo necesitaba cruzar esa puerta. Solo eso.
Una mano se le clavó en la muñeca y la jaló hacia atrás con violencia.
—Tú no te vas a ningún lado. —Ariadna ya no sonreía; la dulzura se le había caído de la cara como un maquillaje corrido, y debajo había puro rencor—. ¿Crees que puedes entrar aquí, abrir tu bocota y largarte? Siéntate.
El empujón la lanzó contra una silla. Renata cayó de mala manera, la cadera golpeando el filo de la mesa, una copa volcándose y derramando vino sobre el mantel blanco como una mancha de sangre. El salón entero contuvo el aliento.
—Suéltame —dijo Renata entre dientes, intentando levantarse. Los dedos de Ariadna se apretaron sobre su muñeca, las uñas hundiéndose en la piel hasta dejar media luna de marcas blancas—. Que me sueltes.
—¿O qué? —Ariadna se inclinó sobre ella, el aliento a vino caliente—. ¿Vas a llamar a tu exsuegra? ¿A tus acreedores? Aquí no eres nadie, Renata. Nunca lo fuiste. Solo una niña que jugó a ser de los nuestros y se quedó sin silla cuando paró la música.
Algunos rieron. Pero la risa sonó distinta ahora: nerviosa, vidriosa, la de quien presiente que el aire en la habitación acaba de cambiar y no sabe por qué.
Renata lo sintió antes de entenderlo. Una corriente fría que recorrió el salón desde el fondo.
Y entonces, en la cabecera, una silla raspó contra el piso de mármol.
Despacio. Pesado. Inconfundible.
Max se había puesto de pie.
No dijo una sola palabra. Dejó la copa sobre la mesa con un tintineo seco que, en aquel silencio, cayó como una piedra en un pozo. La mujer que tenía al lado le murmuró algo, una mano sobre su brazo; él ni la miró. Empezó a caminar entre las mesas, sin prisa, con esa calma terrible de los hombres que nunca en su vida han tenido que apurarse para conseguir nada.
Ariadna se enderezó de golpe, soltando un poco la muñeca, la sonrisa recomponiéndose a tropezones.
—Maxi —dijo, y la voz le tembló—. Maxi, no es lo que…
Él no la escuchaba. Cruzó el salón con los ojos clavados en un solo punto: la mano que aún sujetaba la muñeca de Renata. Y cuando esos ojos por fin se alzaron y encontraron los de ella, después de seis años, después de una noche de lluvia que ninguno de los dos había logrado lavar, Renata vio que ya no estaban fríos.
Estaban rojos.
Ojalá él consiga otra mujer y ella quede sola ! No
Merece un hombre como él !!😭