Dayana soñaba con convertirse en escritora, pero la realidad la mantenía atrapada como editora en una revista donde su talento pasaba desapercibido. Un solo error, una cadena de decisiones ajenas y un encuentro completamente inesperado la arrastran al vertiginoso mundo del motocross. Allí conoce a Alexander Amati, el piloto más famoso del planeta, un hombre tan brillante frente a las cámaras como peligroso cuando nadie lo observa. Lo que comienza como una simple coincidencia pronto se convierte en una batalla de voluntades, secretos y emociones donde nadie sale ileso. Porque, a veces, basta un instante para cambiar una vida... y una sola persona para poner tu mundo de cabeza.
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Capítulo 1: Lo que queda cuando todos se van
La lluvia golpeaba la ventana del pequeño estudio con una insistencia casi humana, como si no fuera agua sino una presencia viva intentando entrar a la fuerza, testaruda, constante, casi molesta en su intención de no irse nunca.
—Odio los días así… me deprimen más de lo que ya estoy —susurró una mujer, sin mirar realmente nada, con la voz apenas sostenida entre el cansancio y el vacío.
Cada impacto contra el vidrio sonaba como un suspiro roto, como si el cielo también estuviera cansado de existir. Las gotas se deslizaban lentamente, arrastrándose en líneas torcidas que deformaban las luces amarillentas de la calle. Afuera, los autos pasaban como sombras borrosas, y todo parecía existir detrás de un cristal enfermo, distorsionado, irreal, como si el mundo no estuviera del todo completo.
El cuarto olía a humedad antigua, papel empapado y café rehecho demasiadas veces en la misma taza. Era un olor persistente, ligeramente amargo que ya no molestaba a la mujer. Al contrario… se había vuelto parte de ella. Una especie de recordatorio silencioso de que ese lugar seguía siendo habitable, aunque apenas.
A veces pensaba que ese olor era lo único estable en su vida.
El departamento era pequeño. Ridículamente pequeño. Dos habitaciones mal distribuidas, paredes delgadas que dejaban escuchar hasta el pensamiento de los vecinos. Un alquiler de 800 euros que le parecía una burla constante del mundo hacia su existencia.
—Es demasiado… —había dicho una vez, mirando el contrato con manos temblorosas—. Es demasiado para alguien como yo.
Y aun así lo había firmado.
Porque no había otra opción.
Porque volver atrás no era una opción.
Porque incluso saltarse una comida se había vuelto normal con tal de pagar la renta a fin de mes.
—A veces me quedo sin comer… solo para poder seguir aquí —pensó, sin decirlo en voz alta, como si admitirlo lo volviera más real de lo que ya era.
Una cama individual sin cabecera, con una sábana ligeramente arrugada que nunca terminaba de acomodar bien. Una mesa pequeña cubierta de manchas secas de tinta, cicatrices de incontables noches de escritura desesperada. Un estante inclinado, lleno de libros apilados con más emoción que orden, como si en cualquier momento fueran a caer pero nadie se atreviera a moverlos.
Y ella.
Acurrucada junto a la ventana.
Con las rodillas contra el pecho, abrazándose a sí misma como si su cuerpo fuera lo único que todavía respondía cuando todo lo demás fallaba. Como si sostenerse fuera un acto consciente, diario, agotador.
Su cabello negro caía desordenado sobre su rostro, todavía ligeramente húmedo por la lluvia que la había alcanzado horas antes cuando regresó caminando sin paraguas. Sus ojos azules —demasiado vivos para un entorno tan apagado— observaban el vidrio como si en cada gota pudiera esconderse una respuesta, una salida, algo que explicara por qué todo dolía tanto incluso en la calma.
El reloj digital parpadeó en la oscuridad del cuarto:
3:17 a.m.
Otra noche sin dormir.
—Otra vez… —susurró apenas, como si hablar más fuerte pudiera romper algo invisible dentro de ella.
El insomnio no era un accidente. Ya no lo era.
Era la consecuencia de sus propios actos. De haber huido de casa sin mirar atrás. De haber escapado de una realidad que se había vuelto insoportable bajo las exigencias constantes de unos padres que nunca parecían satisfechos, nunca presentes, nunca realmente suyos.
Recordaba las discusiones. Las palabras duras. Las expectativas imposibles.
“Debes ser mejor.”
“Eso no es suficiente.”
“Puedes más.”
Siempre más.
Nunca suficiente.
Y un día… simplemente se fue.
Sin despedidas reales. Sin promesas.
Solo una maleta ligera y el peso de todo lo que no había podido decir.
Ahora, en esa habitación fría, entendía que huir no siempre significaba libertad. A veces solo significaba aprender a sobrevivir en otro tipo de encierro.
Aquella mujer cerró los ojos.
El mundo exterior se desvaneció lentamente, sustituido por el ruido constante de su propia mente, como una tormenta interna que nunca se detenía.
Y la mente, obediente y cruel a la vez, la arrastró lejos.
No hacia un lugar seguro.
Sino hacia sus recuerdos.
Tratando, una vez más, de reflexionar en que se equivocó.