Damiano quería a Zakhar, pero lo quería bajo sus propias reglas.
Ahora, obligado por la mafia italiana a casarse con el letal líder ruso para formar una alianza y así destruir a la Yakuza, se siente como un trofeo entregado en bandeja de plata.
Pero lo que Damiano no sabes es que detrás del frío líder de la mafia rusa de la costa oeste, se esconde una obsesión feroz que lleva años germinando en la oscuridad. Cuando las traiciones estallen y la sangre comience a correr, Damiano descubrirá la magnitud de los pecados de su esposo. En un mundo donde todos quieren verlos caer, el amor retorcido y la protección extrema de Zakhar serán su escudo... aunque el precio sea aceptar que siempre fue la presa perfecta. Pero quizás eso es lo que Damiano siempre había querido y no sabía....
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CAPÍTULO 1: PACTO DE CENIZAS
Damiano Moretti no caminaba, él desfilaba.
Frente al espejo de su habitación, se ajustó una camisa de seda negra tan fina que era casi translúcida, dejando entrever su piel oliva y la silueta delgada de su cuerpo. A sus 26 años, Damiano sabía exactamente el efecto que causaba. Se pasó los dedos por su cabello negro, despeinado con una intención impecable, y se fijó en sus ojos: un verde esmeralda que resaltaba contra su rostro de facciones suaves. Sobre su clavícula y en el dorso de sus manos, sus tatuajes en tinta roja, pequeñas dagas y flores delicadas, parecían brillar con luz propia.
Se puso un abrigo de piel sintética sobre los hombros, solo por el drama de llevarlo, y bajó las escaleras de la mansión.
En el salón principal, el ambiente era denso. Su padre, Lorenzo, estaba de pie junto a la chimenea, luciendo tan rígido como un poste. Lorenzo siempre lo miraba con esa mezcla de decepción y fastidio, especialmente cuando Damiano decidía que su atuendo para una reunión de la mafia debía incluir botas con tacón y joyería ostentosa.
– Trata de comportarte como un hombre por una vez, Damiano – masculló su padre entre dientes. – No es momento para tus ridiculeces de "orgullo".
Damiano soltó una risa seca, acomodándose en un sillón individual con una pierna cruzada sobre la otra, luciendo como una verdadera diva en su trono.
– Soy un hombre, papá, solo que uno con mucho mejor gusto que tú – replicó con arrogancia.
– Y si me vas a vender a un ruso, lo mínimo que espero es que el tipo sea interesante.
La respuesta de su padre murió en su garganta cuando se abrieron las puertas.
Si Damiano era la luz de un neón vibrante, Zakhar Ivanov era un agujero negro que lo absorbía todo. Al entrar, el salón pareció hacerse pequeño. Con 1.90 m y un porte intimidante, Zakhar vestía completamente de negro: jeans oscuros, una camiseta básica que se ajustaba a su pecho ancho y una chaqueta de cuero desgastada. Tenía el cabello rubio oscuro peinado hacia atrás y una piel blanca que servía de lienzo para los tatuajes que trepaban por su cuello y desaparecían bajo sus mangas.
Pero lo que detuvo el corazón de Damiano fue su rostro. Zakhar se detuvo frente a él y lo miró fijamente. Un ojo era de un azul gélido, mientras que el otro era de un verde profundo.
A su lado, Yelena Ivanova caminaba con una elegancia letal. Era una mujer imponente, de mirada severa y labios apretados, vestida con un traje sastre gris que gritaba autoridad.
– Lamentamos la demora – dijo Yelena, su voz era como seda fría. Sus ojos recorrieron a Damiano de arriba abajo.
Lorenzo dio un paso al frente, ignorando a su hijo por un momento.
– No hay problema. El contrato está listo. Damiano aceptará el matrimonio para unir nuestras rutas de la costa y sacar a la Yakuza de una vez por todas.
Damiano soltó un bostezo teatral, ganándose una mirada asesina de su padre.
-– ¿Ya terminaron de hablar de mí como si fuera un cargamento de armas? – preguntó Damiano, poniéndose de pie. Se acercó a Zakhar, quedando a una distancia que obligaba al ruso a bajar la vista para verlo.
– Hola, Zakhar. No nos vemos desde aquella fiesta hace cuatro años. ¿Sigues siendo igual de callado o finalmente aprendiste a usar las cuerdas vocales?
Zakhar no parpadeó. Sus ojos, azul y verde, estaban clavados en los de Damiano con una intensidad que habría hecho correr a cualquier otro hombre. No había desprecio en su mirada, había algo mucho más peligroso: hambre.
– He aprendido a usarlas para las cosas que realmente importan, Damiano. – respondió Zakhar. Su voz era un rugido bajo, profundo, que vibró directamente en el estómago de Damiano.
Zakhar dio un paso hacia adelante, invadiendo el espacio del italiano. Levantó una mano cubierta de tatuajes y, con una delicadeza que contrastaba con su apariencia bruta, rozó con el pulgar uno de los tatuajes rojos en el cuello de Damiano.
– No es un contrato, Lorenzo – dijo Zakhar, sin apartar la vista de Damiano.
– No me interesa tu lealtad ni tus barcos. Vine por él.
Lorenzo frunció el ceño, molesto por la falta de formalidad.
– Como sea. El matrimonio arregla el problema con los japoneses. Damiano hará lo que se le ordene.
– Damiano no recibirá órdenes de nadie. – intervino Yelena de repente.
Para sorpresa de todos, se acercó a Damiano y, rompiendo su fachada gélida, le dedicó una sonrisa pequeña pero genuinamente cálida. Le tomó una mano y la apretó con suavidad.
– Es un placer finalmente tenerte en la familia, querido. Zakhar me ha hablado tanto de ti que siento que ya te conozco. Mi casa será la tuya, y te prometo que nadie volverá a faltarte al respeto por ser quien eres.
Damiano parpadeó, descolocado por la amabilidad de la mujer. Miró a Zakhar, quien seguía observándolo como si fuera la única cosa con vida en toda la Costa Oeste.
– ¿Me has estado mencionando con tu madre?- preguntó Damiano, recuperando su aire de superioridad, aunque sus mejillas ardían ligeramente. – Qué tierno. ¿También le contaste que te mueres por besarme desde hace cuatro años?
Zakhar no sonrió, pero sus dedos se cerraron con firmeza alrededor de la nuca de Damiano, atrayéndolo apenas unos centímetros más cerca.
– Le conté que eres el único hombre que tendrá mi apellido – susurró Zakhar, asegurándose de que Lorenzo lo escuchara. – Y que si alguien, incluido tu propio padre, vuelve a hablarte como si fueras menos de lo que eres, yo mismo me encargaré de que no vuelvan a hablar nunca más. Eres mío, Damiano. Y yo soy tuyo. Pídeme absolutamente cualquier cosa, y lo haré antes de que termines la frase.
Damiano sintió un escalofrío delicioso. Sabía que Zakhar estaba loco, que su obsesión cruzaba todos los límites, pero por primera vez en su vida, alguien lo miraba no como un "hijo rebelde" o una "herramienta política", sino como un dios al que estaba dispuesto a adorar.
– Bueno – dijo Damiano, su sonrisa volviéndose felina y encantadora.
– Entonces supongo que tengo que empezar a empacar mis joyas. No querrás que tu "propiedad" llegue a tu casa mal vestida, ¿verdad, Ivanov?
Zakhar finalmente permitió que una chispa de arrogancia cruzara sus ojos.
– Lleva lo que quieras. De todos modos, vas a pasar la mayor parte del tiempo sin ropa.
Yelena soltó una risa suave, mientras Lorenzo se ponía rojo de furia contenido. Damiano solo rió, sabiendo que su vida acababa de volverse mucho más peligrosa, y mucho más interesante.