Renata,es solo una empleada en la mansión de los Morana, una mujer que parece no tener pasado y que soporta las humillaciones más amargas por una sola razón: el amor que siente por el hijo del dueño. Por él, es capaz de cualquier sacrificio, incluso de aceptar un matrimonio forzado con un hombre despiadado que jura hacer de su vida un infierno.
Todos la ven como una mujer débil, una "nadie" sin recursos que se deja pisotear. Pero, ¿por qué Renata nunca llora? ¿Por qué sus ojos brillan con una determinación que no pertenece a una sirvienta?
Mientras el mundo intenta quebrarla, Renata guarda un secreto que podría destruir imperios. Ella ha puesto una fecha límite para su silencio... y cuando el reloj marque la hora, todos los que la humillaron descubrirán que la "pobre empleada" era la única persona a la que nunca debieron traicionar.
¿Quién es realmente Renata y qué poder oculta tras su uniforme de trabajo?
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Capitulo 1
El amanecer en la mansión de los Morana nunca traía paz para Renata Vane. Mientras los primeros rayos de sol se filtraban por las pesadas cortinas de terciopelo de la planta alta, ella ya llevaba dos horas despierta, con las manos sumergidas en agua helada y los hombros entumecidos por el peso de una responsabilidad que no le correspondía.
Renata repasó con cuidado la cubertería de plata del comedor principal. Cada pieza debía brillar tanto que Ester Morana pudiera ver su propio reflejo de suficiencia en ella. Si encontraba una sola mancha, el castigo no sería un grito, sino algo peor: horas de silencio gélido y tareas humillantes que agotaban el cuerpo y el alma.
—¿Todavía no has terminado, Renata? —la voz de Sofía, la hija menor de los Morana, entró en la habitación como un látigo.
Sofía vestía un conjunto de seda que costaba más de lo que Renata supuestamente ganaba en un año. Se acercó a la mesa y, con una sonrisa perezosa, deslizó un dedo por la superficie de madera de caoba.
—Parece que hay polvo aquí. ¿O es que tus ojos están tan nublados por el cansancio que ya no puedes ver la suciedad? —Sofía dejó escapar una risita—. Mi madre dice que eres la mejor empleada que hemos tenido, pero yo creo que simplemente eres demasiado lenta.
Renata bajó la cabeza, manteniendo la mirada en sus propios pies.
—Lo siento, señorita Sofía. Lo repasaré de inmediato.
—Más te vale. Hoy es un día importante. No queremos que la "mercancía" de la casa luzca descuidada —añadió Sofía con una crueldad que Renata fingió no entender.
Renata apretó el paño de limpieza en su mano. "Mercancía". La palabra flotó en el aire, pesada y profética. Sabía a qué se refería Sofía, aunque todos en la casa fingían que el destino de Renata aún estaba en discusión.
El sonido de unos pasos firmes y elegantes hizo que el corazón de Renata diera un vuelco. David Morana entró en el comedor. Vestía un traje gris hecho a medida que resaltaba su porte atlético y sus ojos profundos, esos ojos que Renata sentía que conocía mejor que a sí misma.
—Sofía, deja de molestar a Renata —dijo David con una voz suave, casi protectora.
Sofía rodó los ojos y salió del comedor contoneándose, dejando a Renata a solas con el hombre que era su mayor debilidad.
David se acercó a ella. Renata sintió el calor de su presencia y el aroma a sándalo que siempre lo acompañaba. Por un segundo, olvidó el dolor de sus manos y el cansancio de su espalda.
—Renata... —él pronunció su nombre con una delicadeza que la hacía temblar. Extendió una mano y, con la punta de los dedos, rozó la mejilla de ella—. Estás pálida. ¿Has dormido algo?
—He tenido mucho trabajo, joven David —respondió ella, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Te he dicho mil veces que me llames solo David cuando estemos solos —la corrigió él, suavizando la mirada—. Me duele verte así. Me duele que mi familia te trate como si fueras menos que ellos.
Renata sintió que las lágrimas amenazaban con salir. Esa era la trampa en la que siempre caía. David era el único que le mostraba una pizca de humanidad en ese mausoleo de oro. Lo que ella no quería admitir, lo que su corazón tonto se negaba a ver, era la precisión con la que David elegía sus palabras.
—Sabes que mi padre está pasando por un momento difícil —continuó David, bajando la voz como si compartiera un secreto de vida o muerte—. La auditoría de la empresa... si no conseguimos el apoyo de Marcus, todo se vendrá abajo. Mi apellido, mi futuro... terminaré en la calle, o algo peor.
Renata sintió un nudo en la garganta. Ella sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo en las finanzas de los Morana, quizás mejor que el mismo David. Sabía que la situación era desesperada, y sabía que ella era la única pieza de ajedrez que podía salvar al rey.
—Haría cualquier cosa por ayudarlo, David —susurró ella, entregándose por completo.
David la tomó de las manos. Sus palmas eran cálidas, envolviendo las manos maltratadas de Renata como si fueran tesoros.
—Lo sé. Por eso mi padre sugirió... —él hizo una pausa, fingiendo que las palabras le costaban—. Sugirió que tú seas la novia en la cena de compromiso con Marcus. Él te ha visto, Renata. Te desea. Si tú aceptas casarte con él, él firmará el contrato de fusión y los Morana estaremos a salvo.
Renata sintió un escalofrío. Casarse con Marcus, un hombre que le triplicaba la edad y cuya reputación de crueldad era conocida en todos los círculos sociales.
—¿Casarme con él? Pero... yo pensé que... —ella buscó en los ojos de David una señal de celos, una chispa de amor que le dijera que él se negaría a entregarla.
—Es solo un papel, Renata —dijo David rápidamente, apretando sus manos con urgencia—. Es un sacrificio temporal. Una vez que la empresa esté a salvo, encontraré la manera de sacarte de ahí. Te lo prometo. Pero ahora... eres la única que puede salvarnos. ¿Acaso no me amas lo suficiente para protegerme?
Esa fue la estocada final. La pregunta que David usaba como un arma de precisión. Renata miró las manos de él, las manos de un hombre que nunca había trabajado un solo día, y luego miró las suyas, curtidas por el servicio.
Ella guardaba un secreto. Un secreto que latía en su interior como un tambor de guerra. Ella no era la mujer desamparada que ellos creían. Había una razón por la que soportaba todo aquello, una razón que iba más allá del amor ciego. Ella tenía un poder oculto, una identidad que nadie en esa mansión sospechaba, una verdad que la hacía mantenerse firme mientras todos pensaban que se estaba quebrando.
Pero por ahora, ver el rostro "desesperado" de David era suficiente para silenciar su propia lógica.
—Si eso es lo que necesitas para estar a salvo... lo haré —aceptó ella en un susurro apenas audible.
David sonrió. No era una sonrisa de alivio, sino de triunfo, aunque Renata estaba demasiado cegada para notarlo. Él se inclinó y besó su frente con una ternura calculada.
—Eres mi ángel, Renata. Nunca olvidaré lo que estás haciendo por mí.
David se retiró del comedor con paso ligero, dejando a Renata sola entre la plata y el cristal. Ella volvió a su tarea, pero ahora sus movimientos eran mecánicos.
Mientras limpiaba, Renata llevó una mano a su cuello, donde colgaba una pequeña cadena escondida bajo el uniforme. En ella no había una joya cara, sino una llave antigua y desgastada. Esa llave era el único vínculo con el secreto que protegía con su vida.
"Creen que me están vendiendo", pensó Renata, y por primera vez en el día, una sombra de algo frío y antiguo cruzó sus ojos. "Creen que soy la novia sustituta que salvará su linaje. No tienen idea de quién es la mujer que acaban de meter en la cama de su enemigo".
Esa tarde, el ambiente en la mansión cambió. Ester y Sofía, enteradas de que Renata había aceptado, dejaron de tratarla como a una empleada por unas horas para tratarla como a un proyecto.
—Llévenla al ala este —ordenó Ester a las otras sirvientas—. Báñenla, depílenla, pónganle ese vestido de encaje que compramos en la subasta. Marcus Sterling llega en tres horas y no quiero que vea a una criada. Quiero que vea a una mujer que valga cada centavo que va a invertir en nosotros.
Renata se dejó llevar. Permitió que manos extrañas frotaran su piel con aceites caros y que peinaran su largo cabello oscuro hasta que brilló como la seda. Mientras la transformaban, Renata mantenía los ojos cerrados.
En su mente, no veía el rostro de Marcus, ni el de David. Veía una habitación oscura, un sello de cera roja y una firma que todavía no había puesto en ningún papel.
Cuando finalmente la colocaron frente al espejo, la mujer que le devolvió la mirada no era la empleada que recogía vidrios rotos. Era una extraña, una novia vestida de blanco impoluto, con un velo que ocultaba la tormenta que crecía en sus pupilas.
—Estás aceptable —dijo Sofía, entrando en la habitación y mirando a Renata con envidia mal disimulada—. Pero no te hagas ilusiones, Renata. Sigues siendo la misma gata de siempre. Solo que ahora, llevas un collar más caro.
Renata no respondió. Simplemente se puso de pie, sintiendo el peso del vestido de novia como si fuera una armadura.
El sonido de un coche de lujo deteniéndose frente a la mansión anunció la llegada del comprador. Marcus estaba allí. El destino de Renata estaba sellado, o al menos eso era lo que los Morana creían mientras la escoltaban hacia las escaleras, como un cordero llevado al matadero.
Pero antes de bajar, Renata tocó una vez más la llave en su cuello.
"Que empiece el juego", pensó. "Porque ustedes no son los únicos que saben cómo destruir una familia desde adentro".
Vamos a ver qué pasa con el Presi