“Dicen los viejos textos…
que al principio… solo había un mundo.
Un mundo… donde humanos y demonios caminaban bajo el mismo cielo.
No como enemigos… sino como hermanos.
Los humanos moldeaban la tierra con sus manos…
y los demonios le daban vida con su aliento.
Era la Era del Equilibrio.
Durante siglos, no hubo guerra. Humanos y demonios compartían la tierra, hasta que la traición surgió.
Un rey humano, cegado por el miedo, traicionó a los demonios. Y esa traición, como una grieta, abrió paso a la guerra.
Los demonios, impulsados por la furia, comenzaron a ganar. Los humanos, viendo su mundo desmoronarse, estaban al borde de la derrota.
Fue entonces cuando Kaeli, viendo la destrucción, tomó una decisión. Vio que si no actuaba, ambos serían aniquilados. Y fue ella quien, con un acto de sacrificio, dividió los mundos. Separó a los humanos y a los demonios, cerrando el portal entre ambos.
Desde entonces, los humanos habitan su propio mundo, separados de los demonios.Y el portal, oculto
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La hoja cuatro
*Capítulo 7: La hoja cuatro*
*4:40 PM. Casa de Kasumi.*
Salieron de la biblioteca como si llevaran una bomba en la mochila.
Porque la llevaban.
El libro prohibido. El que nunca debió ser tocado. El de la princesa Kaeli.
Aoi iba adelante, con la mochila pegada al pecho. Aiko atrás, vigilando. Kasumi en medio, sintiendo el tirón en el pecho cada vez que el libro se movía.
Llegaron a casa de Kasumi. Su mamá no estaba. Turno doble en la panadería.
Subieron corriendo. Entraron al cuarto de Kasumi y cerraron con seguro. Bajaron las cortinas.
Aoi aventó la mochila en la cama. “Si mi mamá se entera que me robé un libro de la sección restringida…”
“Ya lo robamos”, dijo Aiko, seco. “Ahora hay que leerlo.”
Kasumi se sentó en el suelo. Abrió el libro con manos que no le obedecían.
Olía a viejo. A humo. A tormenta.
*Hoja uno:* El dibujo de la princesa Kaeli frente al portal.
*Hoja dos:* Símbolos. Los mismos de la navaja de Aiko. _Protección. Sangre. Sello. Retorno._
*Hoja tres:* Un mapa. El bosque. Un círculo marcado con tinta roja. _“Aquí duele el mundo”_, decía abajo.
Y luego.
*Hoja cuatro.*
Los tres se inclinaron.
La letra era diferente. Temblorosa. Como escrita con prisa.
_“El portal no es puerta. Es herida.
Para abrirlo, la sangre debe pagar. Una gota del que tiene el llamado. Una gota sobre la piedra marcada.
Se abrirá solo cuando el cielo llora. Cuando la luna está ciega.
Para volver… ah, para volver es distinto.
El mundo humano no te suelta fácil.
Necesitas ancla. Necesitas nombre. Necesitas que alguien del otro lado te llame tres veces con el corazón, no con la voz.
Si no, el portal te mastica y te escupe en pedazos.
Lo sé.
Yo no volveré.
-K”_
Silencio.
Aoi fue la primera en hablar. “Una gota de sangre.”
“Y luna ciega”, dijo Aiko. “Luna nueva. Hoy.”
Kasumi tocó el dibujo del mapa. El círculo rojo. Estaba en lo más hondo del bosque. Donde su papá desapareció. Donde su mamá le prohibió ir.
“Está diciendo que mi papá… que tal vez no puede volver porque nadie lo llamó”, susurró Kasumi. “Porque nadie sabía.”
Aiko cerró el libro de golpe. “Entonces vamos.”
Aoi lo miró como si estuviera loco. “¿Estás oyéndote? Dice que te mastica. Dice que—”
“Dice que con una gota se abre”, la cortó Aiko. “Y Kasumi tiene el llamado. Lo tiene desde que empezó todo. El tirón. El vaho. El nombre de Kaeli.”
Kasumi levantó la vista. Tenía los ojos brillosos, pero no de miedo. “Si mi papá está ahí… si hay una posibilidad…”
Aoi los miró a los dos. A Kasumi, su mejor amiga. A Aiko, el chico que le rompía el corazón en silencio.
Recordó su promesa. _Aunque me duela. Aunque me rompa._
Tragó saliva. “Está bien.”
Los dos la voltearon a ver.
“Pero vamos los tres”, dijo Aoi, con la voz firme. “Si entramos, entramos juntos. Si volvemos, volvemos juntos. Y si no…”
“No vamos a pensar en el ‘si no’”, dijo Kasumi, agarrándole la mano.
Afuera empezó a llover. Suave. Como si el cielo ya supiera.
*11:30 PM. Esa noche.*
Las tres se verían bajo a ese puente para ir al bosque, Solo tenían que esperar a que todos estuvieran dormidos para que no los vean
Aiko con su navaja. Aoi con el libro en la mochila. Kasumi con el tirón en el pecho guiándola.
Rumbo al bosque.
Rumbo al círculo rojo del mapa.
Rumbo al portal.
Porque el libro prohibido ya estaba abierto.
Y la luna estaba ciega.
*12:10 AM. Bosque adentro.*
Entraron al bosque sin hacer ruido.
Sin linternas. Sin hablar. Con puro cuidado, pisando donde no tronara ninguna rama.
Si alguien de la ciudad los oía, se acababa todo.
Kasumi iba al frente. El tirón en el pecho era una cuerda ahora. Tensa. Jalándola hacia lo hondo.
Aiko iba en medio, con la navaja abierta. Los símbolos del metal brillaban azul tenue, alumbrando solo sus pies.
Aoi iba atrás, abrazando la mochila con el libro. Cada dos pasos volteaba. Cada ruido la hacía apretar los dientes.
Caminaron veinte minutos. El aire se puso pesado. Olía a tierra vieja y a lluvia que no caía.
Hasta que lo vieron.
Entre dos árboles torcidos, había un círculo de piedras. Grandes. Cubiertas de musgo. Y en el centro, una piedra plana, más negra que la noche.
El portal.
Estaba… mal.
Tenía grietas. Como vidrio roto. De las grietas salía un brillo débil, morado, que palpitaba lento. Como un corazón a punto de pararse.
Abandonado. Roto. Viejo.
Pero vivo.
“Es aquí”, susurró Kasumi. La voz no le salió. “El mapa… es aquí.”
Aiko se agachó. Pasó los dedos por la piedra negra. La navaja vibró. “Todavía sirve”, dijo. “Lo siento. Está… respirando.”
Aoi dio un paso atrás. “No.”
Los dos la miraron.
“No”, repitió Aoi, más fuerte. Pero sin gritar. “Mírenlo. Está todo roto. Grietas. ¿Y si entramos y se cierra? ¿Y si nos mastica como dice el libro? Tenemos que regresar. Ahora. Antes de que—”
“Aoi”, Kasumi se le acercó. “Este es mi sueño. Desde que mi papá… desde que empezó todo. Saber qué hay del otro lado. Saber si él…”
“¡¿Y si tu papá está muerto?!” Aoi ya no aguantó. Las lágrimas se le salieron. “¡¿Y si entramos y nosotras también?! ¡Kasumi, eres mi mejor amiga! ¡No puedo dejarte hacer esto!”
El bosque se quedó mudo. Ni los grillos sonaban.
Aiko se paró entre las dos. Miró a Aoi. Luego a Kasumi.
“Ella tiene razón”, dijo, bajito. “Es peligroso. Más de lo que pensamos.”
Kasumi sintió que se le rompía algo. “¿Tú también? Tú dijiste que—”
“Dije que vendría contigo”, dijo Aiko. “Y aquí estoy. Pero no voy a dejar que te tires a morir. No después de todo.”
Aoi se limpió la cara con la manga. “Vámonos. Por favor. Podemos investigar más. Leer todo el libro. Buscar otra forma. Pero no hoy. No así.”
Kasumi miró el portal. Las grietas. La luz morada latiendo.
Sintió el tirón en el pecho. Más fuerte que nunca.
_Para quien tenga la sangre. Para quien oiga el llamado._
Toda su vida esperó esto. Toda su vida desde que su papá no volvió.
Y ahora sus dos personas estaban ahí, diciéndole que no. Por ella. Por miedo a perderla.
Aoi tenía razón. Era peligroso.
Aiko tenía razón. Podían morir.
Pero su sueño… el otro mundo de las historias… su papá…
Apretó los puños.
La navaja de Aiko brilló más fuerte, como respondiendo a su corazón.
El latido del portal le retumbó a Kasumi en los huesos.
No lo pensó.
Le arrebató la navaja a Aiko de un tirón.
“¡Kasumi, no!” gritó Aiko, pero ya era tarde.
Kasumi se rajó la palma. Poco. Una línea roja. El dolor fue limpio. Frío.
Apretó el puño y dejó caer una gota.
_Ploc._
La sangre tocó la piedra negra.
El mundo se calló.
Luego gritó.
Las grietas del portal escupieron luz morada. La tierra tembló. El aire se volvió vidrio. Un zumbido grave salió de la piedra, tan fuerte que los pájaros salieron volando de los árboles.
El portal se abrió.
No era una puerta. Era una herida en el aire, desgarrada, palpitando. Adentro no había nada. Solo morado oscuro y algo que se movía lento, como agua espesa.
Los tres se quedaron sin aire.
“¿Ves?” La voz de Kasumi temblaba. “Funciona. Puedo entrar. Puedo buscarlo.”
Aoi reaccionó primero. Se le fue encima y la agarró de los brazos. “¡No! ¡Si tú vas, yo voy también! ¡No me dejes aquí!”
Kasumi negó con la cabeza. Le dolía el corazón. “No, Aoi. Esto es mi problema. Mi papá. Mi llamado. No voy a meterlas en peligro.”
“¡No me importa el peligro!” Aoi lloraba ya. “¡Eres mi mejor amiga! ¡No—!”
El zumbido del portal se hizo más agudo. Las ventanas de la ciudad, a lo lejos, empezaron a prenderse. Los perros se volvieron locos. Ladridos. Gritos. “¿Qué fue eso?”
Kasumi metió la mano al bolsillo de su sudadera.
Sacó una jeringa. Chiquita. De plástico. La que le robó a su mamá de sus medicamentos hace una semana. _Por si acaso_, pensó entonces.
“Lo siento”, susurró.
Antes de que Aoi reaccionara, Kasumi se la clavó en el brazo.
Aoi abrió los ojos, confundida. “¿Kasumi? ¿Qué…?”
El sedante era rápido.
Las piernas de Aoi fallaron. Aiko la agarró antes de que tocara el suelo.
“Aoi…” Aiko la cargó en brazos. La miró. Dormida. Respirando. A salvo.
Luego miró a Kasumi. Con rabia. Con dolor. Con amor.
Kasumi le sostuvo la mirada. Apretó la jeringa que aún tenía en la mano. “Tú… si lo haces. Si tú quieres venir conmigo también…” Levantó la jeringa poquito. “También te dormiré.”
Aiko se tensó. Abrazó más fuerte a Aoi. Negó con la cabeza. “No. Yo soy miedoso pa eso, Kasumi. Yo no.” Su voz se quebró. “Yo no puedo. tú entra. Ya.”
Los gritos de la ciudad estaban más cerca. Linternas. Voces de hombres. “¡Vino del bosque! ¡Por allá!”
Aiko miró hacia el ruido. “¡Rápido, Kasumi! ¡Ya se vienen acercando por el ruido que se escuchó! ¡Entra al portal! Yo me llevo a Aoi para que no le pase nada, te lo juro.”
Kasumi tenía las lágrimas cayéndole, mezclándose con la sangre de su mano. “Porque no puedo perderlas. Y porque si no voy ahora, no voy nunca.”
Aiko apretó a Aoi contra su pecho. “Si no vuelves… si no vuelves, Kasumi…”
“Griten mi nombre”, dijo ella. “Tres veces. Con el corazón. Como dice el libro.”
Dio un paso atrás.
El portal latía. La llamaba.
“Cuídala”, susurró Kasumi.
Aiko asintió, con la mandíbula apretada. “Siempre.”
Kasumi se dio la vuelta.
Y saltó.
El morado se la tragó entera.
El portal se cerró de golpe con un chasquido, como una boca.
El silencio cayó en el bosque.
Solo quedaron Aiko, con Aoi dormida en brazos, la navaja tirada en el suelo, y el sonido de la gente acercándose con antorchas.
La piedra negra estaba quieta otra vez.
Rota.
Cerrada.
Y Kasumi ya no estaba.
El portal se cerró con un chasquido.
Y Aiko se quedó ahí. Parado Con Aoi dormida en sus brazos.
El silencio no duró nada.
Ramas rotas. Linternas. Gritos.
“¡Ahí! ¡Ahí están!”
Los hombres del pueblo entraron al claro. Seis, siete. Con palos. Con antorchas. El señor Tanaka venía con ellos, la mano aún vendada.
“¡Aiko! ¿Qué pasó? ¿Qué fue ese ruido?” El panadero lo agarró del hombro. “¿Y la hija de Yuna? ¿Dónde está Kasumi?”
Aiko no respondió.
No podía.
Solo apretó más a Aoi contra su pecho. La cabeza de Aoi le colgaba en el hombro, la boca entreabierta. Respirando. Viva.
“¡Contesta, muchacho!” Otro lo sacudió. “¡¿Están bien?!”
Aiko bajó la vista. Miró la piedra negra. Cerrada. Muerta otra vez.
No iba a decir la verdad. No podía. _Portal. Princesa. Sangre._ Lo encerrarían. O peor.
Los padres de Aoi llegaron corriendo, abriéndose paso. Su mamá con la cara blanca. Su papá con el celular en la mano, ya marcando.
“¡Aoi!” Su mamá se la quitó a Aiko de los brazos. “¡Hija! ¡Despierta! ¿Qué le hicieron?”
Aiko abrió la boca. No salió nada.
“¡¿Qué pasó?!” El papá de Aoi lo agarró de la camisa. “¡Habla!”
Aiko solo negó con la cabeza. Las lágrimas se le estaban juntando.
“No… no respira bien”, dijo la mamá de Aoi, tocándole la cara. “¡Al hospital! ¡Ahora!”
Se la llevaron. Cargando. Corriendo. El papá de Aoi se quedó un segundo más, mirando a Aiko con algo entre furia y miedo. Luego se fue tras ellas.
Aiko se quedó solo. De rodillas. Con las linternas apuntándole.
Entonces llegó ella.
Yuna. La mamá de Kasumi.
Venía corriendo, en pijama, con el cabello suelto. Empujó a dos hombres.
Miró el claro. Miró la piedra. Miró a Aiko.
No vio a Kasumi.
El aire se le fue.
Corrió hacia Aiko y lo agarró de los hombros. Lo sacudió. “¿Dónde está? ¿Dónde está mi hija, Aiko? ¡¿Dónde quedó Kasumi?!”
Aiko levantó la vista. Tenía los ojos rojos. Abrió la boca.
Y la volvió a cerrar.
No pudo.
Agachó la cabeza.
Yuna lo entendió.
Lo soltó como si quemara. Dio dos pasos atrás. Miró la piedra negra. Miró el lugar vacío donde Kasumi estaba hace un minuto.
Y cayó de rodillas.
No gritó.
Aulló.
Un sonido que partió la noche en dos. Que hizo que los hombres bajaran las antorchas. Que hizo que el señor Tanaka se tapara la boca.
Su hija no estaba.
Los padres de Aoi, que habían regresado por Aiko, lo agarraron de los brazos. “Vámonos. Ya. Antes de que digan algo.”
Se lo llevaron casi arrastrando.
Yuna se quedó ahí. Sola. En el claro. Llorando sobre la tierra negra.
*1:30 AM. Casa de Kasumi.*
Yuna llegó derrotada. Arrastrando los pies. Abrió la puerta y se dejó caer en la entrada.
Su mamá, la abuela de Kasumi, salió de su cuarto asustada. “¿Yuna? ¿Qué pasó? ¿Dónde está Kasumi?”
Yuna no pudo hablar. Solo negó con la cabeza.
Su mamá se hincó a su lado. La abrazó fuerte. Le acarició el cabello como cuando era niña. “Shhh. Tranquila. Kasumi es valiente. Es fuerte. Como su padre. Va a estar bien. Vas a ver que—”
“Se fue, mamá”, logró decir Yuna, quebrada. “Se fue y no va a volver.”
La abuela la apretó más. “No digas eso. No…”
Pero Yuna lo sabía.
Lo sintió en el pecho. En ese mismo tirón que Kasumi tenía. Solo que el de ella no jalaba hacia adelante.
Jalaba hacia un vacío.
Su hija ya no la vería como siempre.
No en la mañana con el desayuno. No en la tarde con la tarea. No en la noche, peleando por la sudadera.
Se quedó ahí, en el suelo, abrazada a su mamá.
Llorando por una hija que cruzó una herida en el mundo para buscar a un hombre que tampoco volvió.