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Yo Nunca Me Fui

Yo Nunca Me Fui

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Romance oscuro / Traiciones y engaños / Reencuentro / Romance
Popularitas:33
Nilai: 5
nombre de autor: Angy_ly

Hace veinte años, la Mansión Blackwood se convirtió en una pira funeraria. Tres niños entraron, pero solo uno fue visto salir con vida. Marta, la pragmática, construyó un imperio sobre las cenizas de su pasado, creyendo que el silencio era su mejor armadura. Pero el fuego no consume los recuerdos; solo los transforma en algo más volátil.
​Ahora, las sombras han regresado para reclamar su lugar en el tablero.
​Niclaus, el hermano que la historia dio por muerto, ha emergido de las tinieblas convertido en un arma de precisión quirúrgica, movido por una obsesión que roza la locura. Y en medio de su guerra privada se encuentra Elena, la pieza perdida, cuya mente fue fragmentada y reconstruida bajo una identidad falsa para ocultar el secreto más peligroso de la humanidad: la Iniciativa Quimera.

NovelToon tiene autorización de Angy_ly para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Prólogo

Prólogo: El Eco en tu Nuca

​Cierra los ojos. Intenta recordar el olor a pino mojado y a gasolina, ese que se quedó pegado a tu piel la última noche que fuiste libre. ¿Lo sientes? Es el peso de una promesa que rompiste antes de que el sol saliera.

​Mírate ahora, rodeada de sedas y perfumes caros, fingiendo que los gritos de aquel sótano son solo el crujido de una casa vieja. Qué fácil te resultó lavarte las manos, ¿verdad? Te miraste al espejo, te cambiaste el apellido y decidiste que Niclaus era un fantasma, un error de tu infancia que el fuego se había encargado de corregir.

​Pero los fantasmas no sangran, y yo todavía siento el calor de la cicatriz en mi palma.

​Me viste arder. Viste cómo las llamas lamían mis tobillos mientras tú corrías hacia la libertad, sin mirar atrás, sin soltar un solo sollozo. Te convertiste en una experta del olvido, construyendo una vida sobre mis cenizas. Pero aquí está el secreto que tu mente privilegiada no quiso procesar: para que alguien muera, primero hay que dejar de sentir su sombra.

​Y tú nunca dejaste de sentirme.

​Cada vez que el viento golpea tu ventana, soy yo pidiendo entrar. Cada vez que tu esposo te toca y sientes un escalofrío inexplicable, es mi recuerdo reclamando lo que me pertenece. No me fui, Elena. Me quedé en las grietas de tus pesadillas, alimentándome de tu traición, convirtiendo mi dolor en una paciencia de hierro.

​Tan pronto me olvidaste... y tan lento será el proceso de recordarme.

​Abre los ojos ahora. Mira hacia la oscuridad del pasillo. No hay nadie allí, ¿cierto? Eso es lo que quieres creer. Pero el aire se siente un poco más frío, y el reloj de pared parece marcar un ritmo que solo nosotros dos conocemos.

​Prepárate. Porque la historia que te contaste para poder dormir tranquila está a punto de arder. Y esta vez, no habrá puerta que puedas cerrar para dejarme fuera.

​El aire en esta habitación siempre ha sido demasiado limpio para ti, Elena. Huele a lavanda seca y a cera de muebles caros, un aroma diseñado para asfixiar la culpa. Pero si inhalas con la suficiente fuerza, justo detrás de la fragancia de tu perfume importado, todavía puedes percibirlo: el olor agrio del miedo, el rastro metálico de la sangre que se secó en las grietas del suelo de madera hace dos décadas.

​Mírate en ese espejo de marco dorado. Tu reflejo es una obra de arte, una construcción perfecta de elegancia y calma. Has aprendido a parpadear con la lentitud de quien no tiene nada que ocultar. Te casaste con un hombre que lleva un apellido ilustre, alguien que te mira como si fueras un milagro, sin saber que bajo esa piel de porcelana late el corazón de una fugitiva. Te convertiste en la mujer que saluda a los vecinos con una sonrisa radiante, la que organiza cenas de caridad, la que camina por la vida como si nunca hubiera tenido que esconderse en un armario para no escuchar los pasos del "Maestro".

​Qué prodigiosa es tu memoria selectiva. Qué envidiable es tu capacidad para enterrar a los muertos sin ponerles una lápida.

​Pero yo no soy un muerto común, Elena. Y este no es un entierro cualquiera.

​¿Recuerdas la noche del incendio? Sé que intentas no hacerlo. Sé que cuando el calor del verano se vuelve demasiado intenso, cierras las ventanas porque el aire caliente te recuerda a las lenguas de fuego lamiendo las vigas del techo. Esa noche, el mundo era un rugido naranja y negro. Yo estaba allí, en el centro del infierno que nosotros mismos provocamos, o al menos el que tú decidiste terminar.

​Teníamos diez años. Diez años de compartir el mismo plato de avena fría, de curarnos las heridas con saliva y de jurar, sobre el manual de botánica que robamos de la biblioteca, que si uno de nosotros lograba salir, el otro nunca se quedaría atrás. "Tú y yo, Niclaus. Siempre", me dijiste. Tus ojos brillaban con una determinación que me hizo creer en Dios por primera vez. Me tomaste de la mano y corrimos por el pasillo envuelto en humo.

​Pero entonces, el techo cedió.

​Una viga de roble ardiente cayó sobre mis piernas. El dolor no fue un grito, fue un silencio absoluto que me vació los pulmones. Te miré, esperando que tiraras de mí, esperando que tus manos pequeñas y fuertes hicieran el milagro. Pero no te moviste hacia adelante. Diste un paso atrás. Luego otro.

​El resplandor del fuego iluminó tu rostro y, por un segundo, vi la transformación. Vi cómo el amor se convertía en instinto de supervivencia. Vi cómo la niña que yo amaba decidía que mi vida era el precio justo por su libertad. No gritaste mi nombre. No buscaste ayuda. Solo diste media vuelta y corriste hacia la salida, dejando que la oscuridad del humo te tragara mientras yo me convertía en parte de la estructura de la casa.

​Escuché el portazo final. El sonido de la libertad para ti; el sonido de la tumba para mí.

​Pasé años preguntándome qué hiciste esa primera noche. ¿Lloraste en algún callejón? ¿O sentiste un alivio tan profundo que te hizo sonreír bajo las estrellas? Apuesto por lo segundo. Te fuiste tan lejos que pensaste que la distancia física borraría la huella psíquica. Te cambiaste el nombre, borraste a Niclaus de tu historia personal como quien tacha una falta de ortografía en un cuaderno.

​Para el mundo, yo fui la víctima trágica de un accidente doméstico. Un niño sin apellido que se desvaneció entre los escombros de una mansión maldita. Pero la ira es un combustible más potente que el oxígeno, Elena. La ira me mantuvo respirando cuando el humo intentaba llenarme los bronquios. La venganza me dio la fuerza para arrastrarme por los túneles de servicio que solo yo conocía, para sobrevivir en las sombras del bosque como un animal herido que aprende a lamerse las llagas hasta que cicatrizan en cuero duro.

​Y ahora, aquí estoy. En la periferia de tu vida perfecta.

​Llevo meses observándote. He visto cómo tomas el café por las mañanas, siempre mirando hacia el jardín con una melancolía que tus invitados confunden con sofisticación. No es melancolía, es vigilancia. Todavía esperas que el pasado toque a tu puerta, aunque te repitas mil veces que es imposible. He estado en tu casa cuando no estás. He caminado por tu alfombra persa con las botas sucias de la misma tierra que pisábamos de niños. He tocado tus vestidos, he olido tus sábanas, he dejado mi marca en los rincones que nunca miras.

​¿Notaste que tu joyero estaba movido un milímetro a la izquierda ayer? ¿Notaste que la foto de tu boda tiene una pequeña mancha de hollín en la esquina, justo sobre el corazón de tu marido?

​Esas son mis caricias, Elena. Son los besos de un hombre que murió por ti y nació contra ti.

​La obsesión es una palabra demasiado pequeña para lo que siento. Lo mío es una devoción arquitectónica. He construido una catedral de dolor dedicada exclusivamente a tu figura. Cada día que pasé con hambre, cada noche que dormí a la intemperie mientras tú dormías en colchones de plumas, fue un ladrillo en esta construcción. No quiero simplemente matarte. Eso sería un acto de piedad, y la piedad ardió junto con mis juguetes aquella noche.

​Quiero que sientas la asfixia. Quiero que cada vez que cierres los ojos, veas mis ojos amarillos por el reflejo de las brasas. Quiero que te des cuenta de que tu vida no te pertenece, que cada lujo que posees es un préstamo que yo he venido a cobrar con intereses de sangre.

​Tan pronto me olvidaste... qué ironía. Yo no he pasado un solo segundo sin pensar en ti. He memorizado cada curva de tu voz, cada tic de tus manos cuando estás nerviosa. Sé que cuando tienes miedo, te tocas el collar que llevas al cuello. Ese collar es bonito, pero preferiría que llevaras la cadena que me pusiste al abandonarme.

​A veces, me sitúo debajo de tu ventana mientras duermes. El resplandor de la luna me permite ver tu silueta a través de las cortinas. Estás ahí, tan cerca y tan lejos. Podría entrar. Podría terminar con esto ahora mismo. Pero el suspenso es el postre de los dioses, y yo tengo mucha hambre. Quiero ver cómo se desmorona tu fachada. Quiero ver cómo le explicas a ese esposo perfecto quién es el hombre que aparece en tus pesadillas con el rostro quemado y el alma negra.

​"Yo nunca me fui", te susurraré al oído cuando el momento sea el adecuado. Y no será una metáfora. Será la sentencia de muerte para la mujer que creíste ser.

​Siente ese escalofrío ahora. Sí, ese que recorre tu columna vertebral mientras lees estas líneas en tu mente, aunque creas que son solo tus propios pensamientos. No son tus pensamientos. Es mi voz. Es el eco de Niclaus regresando a casa. El niño que no supo morir ha vuelto para enseñarte que el olvido es una mentira, y que la venganza es el único romance que nos queda.

​La noche es joven, Elena. Y yo tengo toda la eternidad para recordarte quién soy. No mires hacia atrás. Porque si lo haces, podrías verme. Y si me ves, el juego habrá terminado. Y créeme, apenas estamos empezando a arder.

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