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Dos Lobos, Una Luna

Dos Lobos, Una Luna

Status: Terminada
Genre:Hombre lobo / Mujer poderosa / Amor eterno / Completas
Popularitas:3.3k
Nilai: 5
nombre de autor: clau21

Elena una chica humana, se ve atrapada entre dos alfas: Kael, Príncipe de los lobos de Luna Plateada, y Roran, Alfa Supremo de la manada de Ceniza que todos daban por muerta/extinta. Ambos la reclaman, se enfrentan por ella, pero Elena se niega a elegir.

NovelToon tiene autorización de clau21 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 3

...El Secreto de Ceniza...

...****************...

Elena no durmió.

No porque tuviera miedo. Bueno, un poco sí. Pero más que nada porque su cerebro no dejaba de reproducir la escena del callejón como si fuera una película mala en bucle. Dos tipos de ojos imposibles, hablando de manadas, de sangre, de vínculos. Y ella en medio, sintiendo un tirón en el pecho que no tenía explicación lógica.

A las 6:43 a.m. se rindió. Se levantó, se duchó con agua casi hirviendo, y se vistió con la primera ropa que encontró: jeans, suéter gris, botas. Nada de maquillaje. Si iba a enfrentarse a dos alfas posesivos, al menos lo haría sin verse como si hubiera intentado impresionarlos.

La biblioteca abría a las 8. A las 7:55 ya estaban ahí.

Kael llegó primero. No por la puerta principal. Estaba apoyado contra la pared lateral del edificio, con los brazos cruzados, como si llevara ahí horas. Y probablemente era cierto. Tenía ojeras, la camisa rasgada de anoche seguía igual, y el corte del hombro ahora estaba cerrado, como si nunca hubiera existido.

Elena se detuvo a tres metros de él.

“¿Dormiste algo?”, preguntó.

“No”, respondió. Simple. Directo. “¿Tú?”

“Tampoco”.

Un silencio incómodo. No hostil. Incómodo, como cuando dos personas saben que hay algo enorme entre ellas pero no saben por dónde empezar.

“Gracias por venir”, dijo Kael al final.

“No vine por ti”, respondió Elena, sacando las llaves. “Vine a abrir la biblioteca. Si quieres hablar, habla mientras trabajo. Tengo turno de mañana”.

Kael asintió. No discutió.

Entraron juntos. El edificio estaba vacío, frío, oliendo a polvo viejo y café de la cafetera que nadie lavaba. Elena encendió las luces, desactivó la alarma, y se fue directo al mostrador. Rutina. Normalidad. Algo a lo que aferrarse.

“¿Y el otro?”, preguntó mientras encendía la computadora. “¿Roran?”

“Viene”, dijo Kael. “No confía en mí lo suficiente para dejarte sola conmigo”.

“Bueno, yo tampoco confío en ninguno de los dos. Así que estamos a mano”.

Kael esbozó media sonrisa. Era la primera vez que veía algo parecido a humor en él.

A las 8:02 llegó Roran.

No entró. Se materializó en la puerta como si la oscuridad misma lo hubiera escupido ahí. Vestía diferente a anoche. Camisa negra limpia, pantalones oscuros, botas. Sin rasgaduras. Sin sangre. Pero el aire a su alrededor seguía siendo el mismo: frío, antiguo, pesado.

Elena se obligó a no dar un paso atrás.

“Puntual”, dijo.

Roran asintió. Sus ojos plateados recorrieron la biblioteca como si la estuviera evaluando. Como si buscara salidas, amenazas, ventajas.

“No hay cámaras aquí”, dijo. “Bien”.

“¿En serio? ¿Eso te preocupa?”

“Me preocupa que tu gente te vea con nosotros y empiece a hacer preguntas que no puedo responder sin matar a alguien”.

Elena se quedó quieta.

“¿Me estás amenazando?”

“No. Te estoy diciendo la verdad. Si quieres respuestas, tienes que decidir cuánto estás dispuesta a escuchar”.

Kael dio un paso adelante.

“Empieza por el principio, Roran. Díselo. Todo. Desde la masacre de Ceniza”.

Roran lo miró con odio puro por un segundo. Luego suspiró. Se dejó caer en una de las sillas de lectura, como si el peso de lo que iba a decir le doliera físicamente.

“Veinte años atrás”, empezó, “la manada de Ceniza era la más grande del norte. Más de 200 lobos. Líderes justos. Fuertes. Mi padre era el Alfa Supremo”.

Elena se sentó también. No quería, pero las piernas no le respondían bien.

“Luna Plateada siempre fue nuestra rival”, continuó Roran. “No enemiga. Rival. Competíamos por territorio, por recursos, por influencia. Era sano. Hasta que tu padre, Kael, se volvió paranoico”.

Kael apretó la mandíbula. No interrumpió.

“El Alfa de Luna Plateada creyó un rumor. Que Ceniza estaba creando un arma. Una Luna que podía controlar a dos alfas al mismo tiempo. Que si eso pasaba, Ceniza sería imparable”.

Elena sintió un escalofrío.

“¿Y era cierto?”

Roran la miró. Largo. Intenso.

“Sí”.

El aire se fue de los pulmones de Elena.

“¿Qué?”

“Tu madre”, dijo Roran. “Era la última de la línea de Ceniza. La única mujer nacida en 50 años con la marca triple. La marca que permite vincularse a dos alfas sin romperse”.

Elena se rio. Una risa corta, sin humor.

“Mi madre era contadora. Murió en un accidente de coche cuando yo tenía 8 años. No era una loba. No tenía marcas. No tenía nada”.

“Se escondió”, dijo Roran. “Después de la masacre, huyó. Cambió su nombre. Se hizo humana. Vivió como humana para protegerte”.

Kael cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había dolor ahí.

“Mi padre ordenó el ataque”, dijo. “Creyó que si mataba a Ceniza, protegía a Luna Plateada. Mató a hombres, mujeres, cachorros. Quemó el territorio. Dijo que era para prevenir una guerra”.

“Fue una masacre”, escupió Roran. “Y casi lo logra. Murieron todos. Todos excepto mi padre, mi madre, y yo. Tenía 12 años. Nos escondimos en las montañas de ceniza del volcán muerto. Por eso nos llamamos así. Porque vivimos entre las cenizas de nuestra gente”.

Elena no sabía qué decir. Su estómago se había hecho un nudo.

“¿Y mi madre?” preguntó. “¿Qué pasó con ella?”

“M murió hace 10 años”, dijo Roran. “Pero antes de morir, me contactó. Me dijo que había tenido una hija. Que la hija llevaba la marca. Que cuando la marca despertara, yo debía encontrarla”.

“¿Y cómo supiste que era yo?”

“Porque anoche, cuando te vi, olí a tu madre en ti. Y vi la marca”.

Elena se levantó de golpe.

“¿Qué marca? No tengo ninguna marca”.

Roran se levantó también. Lento. Sin amenazar.

“Está en tu muñeca izquierda. Aparece solo cuando el vínculo está cerca. Mírala”.

Elena se subió la manga. Nada. Piel limpia. Normal.

“Ves, no hay nada”.

“Porque no ha despertado”, dijo Kael. “Pero pasará. Cuando estés cerca de los dos al mismo tiempo, cuando el vínculo se active, aparecerá. Tres lunas entrelazadas. La marca de Ceniza”.

Elena se sentó de nuevo. Tenía la cabeza dando vueltas.

“Esto es una locura”, murmuró. “Yo soy humana. Trabajo en una biblioteca. Mis problemas son las multas atrasadas y el wifi lento. No soy una… una Luna de leyenda”.

“Nadie elige esto”, dijo Roran. “Pero está en tu sangre. Y si no lo aceptas, otros lo harán por ti”.

“¿Como tu padre?” preguntó Elena, mirando a Kael.

Kael no apartó la mirada.

“Sí. Como mi padre. Y por eso te lo digo ahora: no dejaré que pase otra vez. Si quieres estar con Roran, está bien. Si quieres estar sola, también. Pero nadie te va a forzar. No mientras yo respire”.

Roran se burló.

“Qué noble. Lástima que tu consejo no piense lo mismo. Ya vienen, Kael. Puedo sentirlos. Van a intentar llevársela para el ritual de vinculación forzada”.

“¿Ritual de vinculación forzada?” repitió Elena, sintiendo náuseas.

“Es ilegal”, dijo Kael rápido. “Desde hace 15 años. Pero los viejos del consejo creen que la ley no aplica si la Luna es de Ceniza. Dicen que es una amenaza”.

“Así que van a secuestrarme, obligarme a vincularme con algún viejo que elijan, y listo. Problema resuelto”.

“Sí”, dijo Roran. “A menos que te vengas conmigo ahora”.

“¿Y si me voy contigo, qué? ¿Me convierto en tu Luna? ¿Y Kael qué?”

Roran se quedó callado.

Kael respondió por él.

“No tiene que elegir”, dijo. “Nunca tuvo que elegir. La ley antigua de Ceniza permitía el vínculo triple. Un alfa, un alfa, una Luna. Los tres iguales”.

Elena lo miró.

“¿Estás diciendo que podría… estar con los dos?”

“Sí”, dijo Roran. “Si tú quieres. Si tu cuerpo lo acepta. Si tu alma lo acepta”.

Elena se pasó una mano por la cara.

“Yo no sé ni qué cenar mañana y ustedes me están hablando de vínculos triples y masacres de hace 20 años”.

“Lo sé”, dijo Kael. “Lo siento”.

“Pues no lo sientas tanto. Porque si es verdad que vienen por mí, más les vale tener un plan”.

Roran se puso de pie.

“Lo tengo. Pero necesitamos salir de aquí. Ahora”.

Las puertas de la biblioteca temblaron. Un golpe fuerte. Luego otro.

“¡Policía! ¡Abran la puerta!”

No era la policía.

Elena lo supo por el olor.

Pino mojado. Sangre vieja.

Luna Plateada había llegado.

Kael se puso delante de ella instintivamente.

“Vete por la puerta trasera”, dijo. “Yo los detengo”.

“No”, dijo Elena. “No vas a pelear solo. Si esto es mi vida, yo decido”.

Roran sonrió. Esa sonrisa que no era sonrisa.

“Bienvenida a Ceniza, Luna”.

La puerta cedió con un crujido.

Y el caos entró con ella.

1
Rosa Pandui
Que suerte tiene
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