Ayla tiene veinticuatro años, un cuerpo lleno de marcas y un secreto que no puede contarle a nadie: el hombre que mató a su madre es el mismo que la tiene prisionera.
Cada noche, Ayla escapa al único bar abierto en el morro, buscando en el fondo de una botella unas horas de paz. Pero alguien la está observando. William —conocido como Sombra, el dueño del morro— no es el tipo de hombre que mira para otro lado cuando algo no le cuadra. Y esa mujer de lentes oscuros y mangas largas en pleno calor de Río de Janeiro le despierta algo que no logra ignorar.
Cuando Ayla aparece una noche al borde del colapso, Sombra toma una decisión que cambiará la vida de ambos: llevarla a su casa, ponerla bajo su protección y jurar que nadie volverá a tocarla.
Lo que ninguno de los dos esperaba era enamorarse.
Pero en el morro, el amor no viene sin guerra. Un enemigo implacable quiere a Ayla de vuelta. Secretos familiares enterrados durante décadas empiezan a salir a la superficie. Y Ayla descubrirá que la mujer rota que llegó pidiendo ayuda tiene dentro de sí una fuerza que nadie —ni ella misma— sabía que existía.
Una historia de amor intenso, lealtad inquebrantable y transformación en el corazón de las favelas de Río de Janeiro. Para lectoras que no le temen a las emociones fuertes.
Contenido para mayores de 18 años.
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Capítulo Tres
*Capítulo Tres*
William (Sombra, Dueño del Morro)
Sombra - Dueño del Morro
Ya hace cuatro años que soy el dueño del morro de la Rocinha. Este cargo me fue pasado tras la muerte de mi padre en una invasión de la policía.
Desde entonces intento hacer la diferencia en el morro y lo estoy logrando. Desde que mi padre murió, traje diversas cosas diferentes para acá, hice aliados nuevos y fuertes. Ya hace casi un año sin invasión y eso es maravilloso.
Hoy tengo 28 años, manejo este morrón con mi hermano Pedro, alias Mamba, de 25 años. Además de él, también tengo a mis dos brazos derechos, BN y Ctreze, que son nuestros amigos desde hace años y confiamos en ellos a ciegas.
Pedro y yo vivimos con nuestra mamá Eloá y nuestra hermana Pamela, que tiene 22 años. Gracias a Dios puedo darles todo lo bueno a las dos.
— Hermano, necesito tu ayuda. — Pedro entra de la nada a la oficina.
— Carajo, ¿ya no tocas la puerta? — Lo miro.
— Perdón, hermano. — Se sienta en la silla frente a mí.
— Ya dime qué pasa, que estoy ocupado. — Digo prestándole atención.
— ¿Te acuerdas de que fui a beber con los muchachos hace dos noches, verdad? — Pregunta y yo levanto la ceja y solo asiento. — Ese día vimos a una mujer en el bar toda rara, vestida con ropa de abrigo y lentes oscuros. Cuando ella se fue, don Roberto vino a hablarme y me pidió que conversara con ella, porque parecía que la mina no estaba bien, y dijo también que le vio un corte en la boca.
— ¿Y yo qué tengo que ver con eso? — Digo apoyando los codos en la mesa y mirándolo.
— Ayer volví con los muchachos y ella estaba ahí. Le hice plática y realmente vi el corte en la boca y también un morado en su muñeca. En cuanto ella se dio cuenta de que lo noté, bajó la mano rápido y la escondió. — Hizo una pausa y sacó un porro que tenía en el bolsillo. — La invité a sentarse conmigo y con los muchachos y fue. En un momento ella le estaba pasando el vaso a Ctreze y otra vez le vi la marca. No sé, pero algo me dice que esa mina está sufriendo algo.
— ¿Por qué no llegaste de una vez y le preguntaste? Ahí estás con rodeos y aquí todos saben que la agresión a una mujer se paga con la muerte. — Digo ya enojado, odio esas cosas.
— Ella va a volver hoy al bar. Quería que fueras conmigo, para que vieras la situación. — Le da una calada al porro.
— No sé, hermano, estoy lleno de cosas por hacer y no tengo tiempo para cuentos. — Digo volviendo la atención a la laptop.
— Solo es ir conmigo y con los muchachos al bar y hablar con ella, simple. Después te regresas a la casa. — Dice.
— Está bien, hermano, voy. Ahora ve a trabajar. Está llegando un cargamento por la entrada sur, ve a recibirlo con BN y manda a Ctreze para acá. — Digo y él simplemente se levanta y sale.
Otro problema más para resolver. Cuando Pedro se mete algo en la cabeza, nadie se lo saca fácil, así que es mejor que vaya de una vez a verificar qué le pasa a esa loca para que él se quede en paz.
Pasaron algunos minutos y enseguida Ctreze invade mi oficina.
— Voy a tener que enseñarles a ustedes tres a tener modales, porque no es posible, no saben tocar la maldita puerta, carajo. — Digo enojado.
— ¿Qué te pasa, jefecito? No te enojes, vine a verte y ¿así me tratas, amor? — Ctreze habla con una vocecita de mujer.
— Vete a la mierda, y llévate tus payasadas de aquí.
— Pedro me dijo que mandaste a llamarme, dime. — Se sienta en el sofá que hay al lado.
— ¿Tienes alguna información del soplón? — Pregunto.
Esa historia del soplón ya me tiene sin paz. Perdí un cargamento hace dos semanas y todo estaba coordinado. Pocas personas sabían que lo iba a recibir, pero alguien filtró la información y el cargamento fue interceptado en el camino.
Quienes conocían el plan éramos solamente yo y mi hermano, los muchachos y unos cuatro soldados. Mandamos investigar a los cuatro, porque los muchachos yo sabía que no habían sido.
— Ya descarté a dos de los soldados que sabían del plan. Ahora estoy detrás de los otros dos, pero la verdad algo me dice que el que está metido es Santos. Ese chavo no me da nada de confianza y de unos días para acá vive saliendo del morro. Ya puse a un soldado tras él y estoy esperando la información. — Ctreze habla.
— Perfecto. Ahora dime, ¿qué onda es esa de mi hermano con la mina loca? — Digo y Ctreze suelta la carcajada.
— La mina realmente está loca, pero es buena onda. Pedro cree que sufre agresiones en su casa, y la verdad nosotros también lo creemos. Le vi unos morados en la muñeca y también en el cuello, pero ella los esconde bien. — Dice y veo que él también se preocupa. — Hoy la vamos a ver de nuevo, deberías ir, es muy buena gente.
— Voy a ir a ver eso. ¿Saben dónde vive? — Pregunto.
— En el callejón de la 12, cerca del bar de don Roberto.
— Pedro y BN fueron a recibir un cargamento. Espera que regresen y distribúyanlo a los puntos del morro. — Digo y él asiente. — Y averíguame quién vive con esa mina y si el tipo es conocido nuestro.
— Pues ella dijo que vive con su padrastro, pero no dijo más nada. Ella como que evita cualquier tema relacionado con ella. Solo sabemos su nombre, que es Ayla. — Se levanta para irse.
— Voy a ir con ustedes hoy a ver qué onda. — Digo y enseguida sale de la oficina.
No sé por qué, pero algo me dice que vaya a ver lo que está pasando. Es mejor resolverlo pronto, antes de que esa mina termine sufriendo algo peor.