La aurora no promete perdón: sólo la prueba de quien se atreve a reclamar el cielo.
NovelToon tiene autorización de Leydis Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 06
El rastro de la pólvora y la sangre todavía impregnaba los pulmones de Helios cuando llegó a las puertas de la Villa de las Sombras, una residencia oculta en el Distrito de las Sedas. A diferencia de la opulencia ruidosa del palacio, este lugar respiraba un silencio caro, un refinamiento que se filtraba a través de los muros cubiertos de hiedra oscura.
Caius se quedó fuera, vigilando los alrededores. Helios no necesitaba que su guardia personal viera lo que estaba a punto de suceder. Esta no era una batalla de espadas, sino de lenguas y secretos, un terreno donde él se sentía mucho menos seguro que en un campo de batalla.
Al entrar, el aire cambió. Ya no olía a Solis, a esa mezcla de mar y mercado; olía a jazmín nocturno, sándalo y algo más metálico, algo que Helios reconoció como el aroma de la magia latente. En el salón principal, sentada frente a un huso de marfil y oro, se encontraba ella.
Lady Mirea no levantó la vista de su labor. Sus dedos, largos y adornados con anillos de ópalo, movían el hilo de seda roja con una destreza hipnótica. Vestía una túnica traslúcida de color negro que dejaba ver más de lo que la decencia permitiría a una noble, pero Mirea no era una noble común. Era la "Dama del Huso", la cortesana más poderosa de Solis y, según los rumores, la mujer que sostenía los hilos invisibles de la política del Consejo.
—Has manchado mi alfombra de mármol, príncipe —dijo ella. Su voz era una caricia de terciopelo, pero con el filo de una navaja escondida—. Una entrada algo menos... sangrienta habría sido preferible para una primera cita.
Helios dio un paso hacia la luz de las lámparas de aceite. Su rostro estaba surcado por una mancha de hollín y una pequeña herida en el pómulo que se negaba a cerrar. El calor que emanaba de su cuerpo hacía que las cortinas de seda se agitaran levemente.
—En la plaza no había tiempo para modales, Mirea. Y dudo que hayas enviado a tus mensajeros buscándome para hablar de alfombras.
Mirea detuvo el huso. Levantó la vista y Helios sintió un impacto físico. Sus ojos eran de un verde acuoso, profundos y cargados de una inteligencia depredadora. Lo recorrió de arriba abajo, sin disimular su curiosidad, deteniéndose en la anchura de sus hombros y en la forma en que su mano descansaba, por puro instinto, sobre el pomo de su mandoble.
—El exilio te ha sentado bien —comentó ella, levantándose con una gracia felina. Era más alta de lo que parecía sentada—. Te ha quitado la suavidad de la juventud y te ha dado el acero de un hombre que ha comido arena y ha bebido sangre. ¿Te gusta lo que ves, Helios? ¿O esperabas a la misma niña que jugaba en los jardines del palacio antes de que todo ardiera?
Helios sintió una punzada de reconocimiento. Recordaba vagamente a una hija de un diplomático menor, una niña de ojos grandes que siempre lo observaba desde las sombras. Pero la mujer frente a él era una criatura nacida de las intrigas, forjada en la cama de los poderosos y en los oídos de los traidores.
—He venido por la información —dijo Helios, endureciendo la voz para ignorar la forma en que el perfume de ella empezaba a nublar su juicio—. Dijiste que sabías quién financió el golpe contra mi padre.
Mirea se acercó a él, caminando con una lentitud calculada. Se detuvo a escasos centímetros de su pecho. Helios podía sentir el calor de su aliento y el brillo de su piel bajo la luz mortecina. Ella levantó una mano y, antes de que él pudiera reaccionar, rozó con las yemas de sus dedos la herida de su mejilla.
Helios se tensó. Una chispa de fuego solar brilló en sus ojos, pero Mirea no se inmutó.
—Eres puro fuego, ¿verdad? —susurró ella, casi para sí misma—. Quemas a cualquiera que se acerque demasiado. Es una lástima. A veces, la única forma de apagar un incendio es con un poco de humedad.
—No juegues conmigo, Mirea —advirtió Helios, agarrándola de la muñeca. Su agarre era firme, peligroso—. No soy uno de tus clientes que se conforma con susurros y caricias. He vuelto para quemar este nido de ratas, y si tú eres una de ellas, arderás también.
Mirea soltó una risa suave, una vibración que Helios sintió en la palma de su mano. No intentó zafarse; al contrario, se inclinó más hacia él, obligándolo a notar la suavidad de su cuerpo contra la dureza de su armadura.
—Las ratas son las que se esconden en el palacio, Helios. Yo soy la que observa cómo se devoran entre ellas. Si quieres nombres, los tengo. Si quieres saber qué barcos llegarán mañana con el oro que el Canciller necesita para pagar a sus mercenarios, lo sé. Pero todo tiene un precio en Solis. Especialmente con alguien como yo.
—¿Oro? ¿Poder? —preguntó él, soltándola con desdén.
—El oro es aburrido. El poder lo obtendré de todas formas —Mirea caminó alrededor de él, como un depredador rodeando a su presa—. Quiero tu lealtad, príncipe. Quiero saber que, cuando te sientes en ese trono frío, yo seré la primera persona a la que escuches. Quiero ser tu sombra.
—Ya tengo una sombra. Se llama venganza.
—La venganza es un amante muy exigente y muy corto de miras —replicó ella, deteniéndose frente a una mesa con dos copas de cristal y una jarra de vino oscuro—. Necesitas aliados, Helios. Los comerciantes de los muelles altos no te seguirán porque seas un Voran; te seguirán si les aseguras que sus rutas estarán protegidas. Los capitanes de la guardia no cambiarán de bando por honor; lo harán por miedo y por oro. Yo puedo darte todo eso. Puedo forjarte las alianzas que tu espada no puede alcanzar.