Sebastián, un huérfano de 16 años rechazado por su heterocromía, solo encontraba consuelo en las novelas BL… especialmente en el villano, a quien siempre admiró.
Tras morir de hambre en un orfanato, despierta en un mundo imposible:
ha reencarnado como el hijo del villano.
Ahora llamado Sirio, con recuerdos intactos y una mente adulta atrapada en un cuerpo de bebé, decide cambiar el destino después del final de la historia.
Su objetivo es claro: hacer feliz a su papá villano.
¿El candidato perfecto para ser su mamá?
El asistente omega serio, elegante y demasiado ignorado por el destino original.
Entre escenas tiernas, momentos ridículamente graciosos y un bebé que claramente sabe demasiado, comienza una comedia BL de reencarnación donde el más pequeño… es quien manda.
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Capítulo 1 — La estrella que nadie quiso
Sebastián tenía dieciséis años cuando entendió que no todos los niños eran esperados en el mundo.
Vivía en un orfanato a las afueras del pueblo, un edificio de muros húmedos donde el frío se quedaba incluso en verano, como si las paredes recordaran inviernos antiguos y se negaran a soltarlos. No era un lugar de golpes ni gritos constantes. No era un infierno abierto. Era algo peor: un sitio de silencios largos, de miradas que esquivaban las suyas, de pasos que pasaban de largo cuando él se quedaba quieto esperando que alguien lo llamara por su nombre.
Nadie lo adoptó jamás.
No porque fuera problemático.
No porque rompiera cosas o peleara con otros niños.
Sino porque sus ojos eran distintos.
Uno verde.
El otro azul.
En el pueblo decían que eso era un mal augurio. Que los niños así traían mala suerte, que estaban marcados por algo que nadie quería nombrar en voz alta. Sebastián creció escuchando esos susurros, aprendiendo a bajar la mirada, a hacerse pequeño, a no pedir más de lo que le daban… que casi nunca era suficiente.
Había días en que la comida no alcanzaba.
Días en que el estómago dolía tanto que el dolor se volvía costumbre.
Días en que el hambre se convertía en una presencia constante, como un animal silencioso durmiendo dentro de él.
Lo único que lo hacía olvidar ese vacío eran los libros.
Las novelas BL eran su refugio. Mundos donde la gente no era juzgada por nacer diferente, donde incluso los personajes más temidos podían tener un lugar al que llamar hogar. Sebastián se perdía en esas historias por horas, leyendo hasta que la luz se apagaba y tenía que seguir a escondidas, memorizando frases, imaginando escenas.
Había una historia en particular que releía una y otra vez, hasta que las páginas comenzaron a romperse en los bordes.
Pero él no admiraba al protagonista.
Ni al omega destinado por el argumento.
Admiraba al villano.
Un delta frío, poderoso, incomprendido. Alguien que había tomado decisiones duras y que, al final de la historia, no era castigado ni redimido. Simplemente quedaba solo. Olvidado por el mundo que había ayudado a sostener desde las sombras.
Sebastián no quería ser como él.
Quería que no estuviera solo.
—Si tú fueras mi papá… —susurró una noche, con el libro apoyado contra su pecho— yo no te dejaría atrás.
No era amor romántico lo que sentía.
Era admiración.
Era el deseo infantil de tener a alguien fuerte de tu lado.
De pertenecer.
Esa noche, el hambre fue más fuerte que de costumbre. El frío se le metió en los huesos. Cerró los ojos pensando que tal vez dormir lo haría olvidar un poco el vacío en el estómago.
No volvió a abrirlos.
El mundo no se apagó.
Se volvió borroso.
Sebastián sintió calor, algo suave rodeándolo. Intentó moverse y no pudo. Intentó hablar y solo salió un pequeño sonido ahogado, ridículo, que no parecía suyo.
Abrió los ojos.
No estaba en el orfanato.
El techo era alto. Las cortinas pesadas. La luz cálida, filtrándose por telas caras. Había un aroma a madera pulida, a algo limpio, a algo que no pertenecía a la pobreza.
Su cuerpo… era pequeño. Demasiado pequeño.
Miró sus manos.
Eran diminutas.
La comprensión llegó lenta, pero firme.
Reencarné.
Y no en cualquier lugar.
Reconoció la escena incluso antes de escuchar los pasos en el pasillo. La puerta se abrió y la figura que entró era exactamente igual a como la había visto cientos de veces en las ilustraciones de la novela.
El villano.
Lucien.
Alto. Cabello rojo oscuro. Rasgos duros. Ojos afilados de alguien que nunca había tenido el lujo de dudar demasiado en su vida. Un hombre hecho para la guerra, no para la ternura.
Se detuvo al ver la canasta frente a la puerta de la habitación.
Dentro, el bebé —Sebastián en su nueva vida— lo miraba con un ojo verde y otro azul.
Había una tarjeta.
“Es tu hijo.”
Lucien no necesitó leerla dos veces.
El vínculo lo golpeó en el pecho. No fue una emoción dulce. Fue una certeza pesada, directa, imposible de negar. Algo antiguo despertó en su sangre.
Se acercó lentamente. Extendió un dedo.
El bebé lo tomó con fuerza… y sonrió.
No era un reflejo.
No era un gesto vacío.
Era una sonrisa tranquila.
☁️ Te encontré.
☁️ No estás solo.
—Este niño… —murmuró Lucien, con la voz más baja de lo que él mismo esperaba— es mío.
—¿Desea darle un nombre, mi lord? —preguntó una voz suave a su espalda.
El asistente personal había entrado sin hacer ruido.
Noctis. Omega. Delgado, elegante, de rasgos andróginos. Cabello rubio largo atado en una coleta baja. Mirada serena, casi demasiado contenida para alguien tan joven.
Lucien observó de nuevo los ojos distintos del bebé.
—Sirio —dijo finalmente—.
—Como la estrella que aparece cuando el cielo está más oscuro.
Y así, Sebastián dejó de ser Sebastián.
Ahora era Sirio.
La habitación del heredero era amplia, silenciosa, demasiado grande para alguien tan pequeño. Lo dejaron en la cuna, arropado con cuidado.
Lucien se quedó observándolo unos segundos más de lo necesario.
—Que nadie entre sin permiso —ordenó antes de irse.
Cuando la puerta se cerró, el silencio regresó.
Minutos después, pasos suaves se acercaron.
Noctis volvió a entrar, esta vez solo. Se acercó a la cuna con cuidado, como si incluso respirar muy fuerte pudiera molestar al bebé.
Sirio abrió los ojos.
Verde y azul.
Noctis se quedó quieto por un segundo. No por miedo, sino por sorpresa.
—Así que tú eres el heredero… —susurró.
Sirio estiró los brazos, torpe, pidiendo contacto.
☁️ Plan de supervivencia nivel bebé: ser adorable.
Noctis dudó. Miró la puerta. Luego volvió a mirar al pequeño que lo observaba con demasiada atención para alguien que acababa de llegar al mundo.
—No debería…
Pero lo tomó igual.
Sirio se acurrucó contra su pecho, apoyando la mejilla donde escuchaba el latido tranquilo.
☁️ Confirmado: este es cálido. Este huele a hogar.
Desde la puerta entreabierta, Lucien había regresado sin hacer ruido. Se detuvo al ver la escena.
Su hijo, tranquilo.
El omega serio, inmóvil, sosteniéndolo con una delicadeza que no parecía propia de alguien tan distante.
Algo en el pecho de Lucien se movió.
No fue el vínculo.
Fue otra cosa.
Sirio abrió un ojo y, al notar la presencia de su padre, sonrió.
☁️ Papá, fíjate bien. No es el destino original.
☁️ Es él.
Lucien apartó la mirada, incómodo, sin saber por qué.
Sirio cerró los ojos, satisfecho.
☁️ Misión: Encontrar mamá.
☁️ Fase uno… iniciada.