Sin spoiled
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Capitulo 19
Narrador: Vanessa Ubicación: Almacén de barcos abandonado / Recepción de la Clínica Reposo de los Ángeles
El almacén olía a pescado podrido y a la humedad de mil años, pero lo que más me molestaba era el sonido del portátil de Clara. Tap, tap, tap. Era como un pájaro carpintero perforándome el cráneo.
—¿Lo habéis visto? —gritó Leo, pegado a la ventana rota que daba a la colina—. ¡Lo ha hecho! ¡Ha sido él!
—Sí, Leo, lo hemos visto —dije, sentada sobre un bidón de aceite, tratando de limpiarme el barro de las uñas—. El cartel de la clínica parecía una valla publicitaria de Las Vegas. Muy sutil.
—Es un código —dijo Leo, girándose con los ojos encendidos. Parecía un loco, con la cara manchada y la ropa hecha jirones—. Es nuestra canción. Me está diciendo que está ahí. Que me espera.
—También le está diciendo a la seguridad que algo va mal —intervino Clara sin levantar la vista de la pantalla—. Leo, acaban de activar un protocolo de "incidente interno". Han cortado las luces de nuevo y han reforzado las patrullas perimetrales. Si intentamos saltar la valla ahora, nos fríen a tiros antes de que toques el césped.
Leo golpeó la pared de madera.
—¡No podemos quedarnos aquí mirando! ¡García lo va a trasladar! Si lo mueven ahora que saben que puede comunicarse, lo perderemos para siempre.
Me levanté. El vestido de seda que llevaba estaba hecho un desastre, pero aún conservaba ese corte que decía: "Mi cuenta bancaria tiene más ceros que tu código postal".
—Tengo una idea —dije.
Leo y Clara me miraron. Sus expresiones eran de una mezcla de cansancio y escepticismo.
—Oh, no me miréis así —les espeté—. Vuestra brillante estrategia de "vamos a saltar muros como ninjas" nos va a llevar a la morgue. Necesitamos a alguien dentro. Alguien que no levante sospechas.
—Vanessa, eres tendencia en Twitter junto con nosotros —dijo Clara—. Si asomas la nariz por esa clínica, te arrestan.
—No si entro como paciente —sonreí, y sentí ese escalofrío familiar de cuando estoy a punto de ganar una apuesta—. Mi historial médico es un desastre, chicos. He tenido "ataques de ansiedad" desde los doce años cada vez que mi madre me compraba el bolso equivocado. Mi psiquiatra personal es el mejor amigo del doctor Cabral.
—¿Estás sugiriendo que te internes voluntariamente? —Leo dio un paso hacia mí—. ¿Estás loca?
—Exactamente. Ese es el plan. Un brote psicótico provocado por la presión mediática y el "secuestro" por parte de un artista peligroso. —Señalé a Leo—. Diré que he escapado de vosotros. Que estoy aterrada. Que necesito protección.
—No te creerán —dijo Clara—. Saben que estabas en el coche.
—Diré que me obligasteis. Que Leo me amenazó con un cuchillo o con pintarme la cara, lo que suene más traumático. —Me acerqué a Clara—. Tú puedes hackear el sistema de admisiones, ¿verdad? Haz que aparezca una solicitud de ingreso urgente firmada por mi padre.
Clara dudó, sus dedos revoloteando sobre el teclado.
—Puedo falsificar la firma digital de tu padre... pero Vanessa, si entras ahí, estarás sola. Si te descubren, no habrá "papi" que te saque.
—Mi padre ya me ha echado a los lobos, Clara. Prefiero ser yo quien elija al lobo. —Miré a Leo—. Tú y tu ejército de sombras estaréis fuera. Yo abriré la puerta trasera de la cocina a las tres de la mañana. Es el único punto donde los sensores se desactivan para la descarga de suministros.
Leo me miró a los ojos. Por primera vez en semanas, no vi desprecio en su mirada. Vi respeto.
—¿Por qué haces esto, Vanessa? —preguntó—. No es por Mateo. Tú y él ni siquiera os caéis bien.
—Lo hago porque García cree que puede comprarlo todo —dije, ajustándome la chaqueta—. Y porque quiero ver su cara cuando se dé cuenta de que la niña rica que él desprecia es la que le ha hundido el negocio. Y bueno... —Hice una pausa, mirando hacia la clínica—. Mateo no se merece morir en un sitio que huele tanto a desinfectante.
—Vale —dijo Leo—. ¿Qué necesitas?
—Necesito que me des un golpe —dije, señalando mi pómulo izquierdo.
—¿Qué? ¡No! —Leo retrocedió.
—¡Hazlo! —le grité—. Tengo que parecer una víctima. Un ojo morado venderá la historia de que he escapado de un psicópata. ¡Pégame, Candelario! Demuestra que tienes algo de esa rabia que pintas en las paredes.
Leo apretó los puños. Se acercó a mí, temblando.
—No puedo.
—¡Hazlo por él! —le provoqué—. ¡Si no lo haces, Mateo se quedará ahí hasta que le frían el cerebro!
Leo cerró los ojos y lanzó un puñetazo corto. Me dio en el pómulo. Me dolió como el demonio. Caí al suelo, gimiendo, mientras el sabor metálico de la sangre inundaba mi boca.
—Mierda... Vanessa, lo siento —dijo Leo, arrodillándose a mi lado.
—Perfecto —dije, escupiendo un poco de sangre y sonriendo—. Ha sido un golpe de artista. Ahora, Clara... llama a la clínica. Diles que la pobre Vanessa Rivera está en una cabina telefónica a dos kilómetros, histérica y herida.
Treinta minutos después, estaba en la parte trasera de una ambulancia privada. El enfermero me miraba con una mezcla de lástima y morbo.
—Tranquila, señorita Rivera —decía—. Ya está a salvo. Nadie le hará daño aquí.
—Él... él decía que iba a pintarme los ojos... —sollocé, ocultando mi cara entre las manos—. Decía que yo era su obra maestra... está loco... está loco de verdad...
—Ya pasó. El doctor Cabral la está esperando.
Cuando la ambulancia cruzó la verja de hierro de la clínica, sentí un nudo en el estómago. "Reposo de los Ángeles". El nombre era un chiste de mal gusto. Parecía más una prisión de máxima seguridad que un hospital.
Me bajaron en una camilla. Me llevaron a una sala de evaluación. Todo era blanco, frío y silencioso.
—Vanessa, querida —dijo una voz melosa.
Era el doctor Cabral. Lo reconocí de las fiestas de mi padre. Un hombre con una barba demasiado perfecta y un traje que costaba más que mi coche.
—Doctor... —me abalancé sobre él, abrazándole y llorando en su hombro—. Mi padre... ¿está mi padre aquí?
—Tu padre está muy afectado, Vanessa. Me ha pedido que te cuide. Dice que has pasado por un trauma terrible con ese delincuente de Candelario.
—Me obligó a llevarle... me usó... —me aparté, mostrándole mi pómulo hinchado—. Mire lo que me hizo cuando intenté llamar a la policía.
Cabral examinó mi herida con una linterna pequeña.
—Un comportamiento errático y violento. Típico de esos entornos. No te preocupes. Aquí estarás protegida. Nadie puede entrar sin mi permiso.
—¿Y Mateo? —pregunté, fingiendo una preocupación repentina—. Escuché en las noticias que Mateo también está aquí. ¿Él también está a salvo?
La expresión de Cabral se volvió cautelosa.
—El señor Velázquez está bajo tratamiento intensivo. Ha tenido un episodio muy desafortunado esta noche con las luces del centro. Está en aislamiento.
—¿Aislamiento? —mis ojos se abrieron, esta vez con miedo real—. Pobre Mateo... yo quiero verle. Él es mi amigo. Es el único que entiende lo que es pasar por esto.
—No es conveniente, Vanessa. Mateo está... inestable.
—¡Por favor! —supliqué, volviendo a sollozar—. Si no le veo, sentiré que sigo sola. Necesito saber que él está bien. Solo cinco minutos. Se lo ruego.
Cabral suspiró. Miró su reloj.
—Está bien. Pero solo un momento. Y bajo supervisión. Berta, acompaña a la señorita Rivera al ala de seguridad del sótano después de que la registren.
—Gracias, doctor. Es usted un ángel.
"Un ángel podrido", pensé mientras me llevaban a una habitación pequeña para cambiarme de ropa.
Me quitaron mi vestido de seda y me dieron una bata gris espantosa. Me quitaron las joyas, el móvil y hasta las horquillas del pelo. Me sentí desnuda. Vulnerable. Pero en el dobladillo de la bata, Clara había cosido un pequeño dispositivo: un emisor de señal de corto alcance que se activaría cuando yo pulsara un botón oculto.
Berta, una enfermera que parecía un bloque de hormigón con uniforme, me escoltó por los pasillos. Bajamos en un ascensor que requería una tarjeta magnética.
—No hable con él si no le responde —advirtió Berta—. Está muy sedado.
Llegamos a una puerta blindada. Berta la abrió.
La habitación era pequeña, sin ventanas. Mateo estaba atado a la cama por las muñecas y los tobillos. Tenía los ojos entreabiertos, pero su mirada estaba perdida en el techo.
—¿Mateo? —susurré, acercándome a la cama.
Berta se quedó en la puerta, observando.
Me incliné sobre él. El olor a químicos y a sudor frío me dio náuseas.
—Mateo, soy Vanessa —dije en voz alta para que Berta me oyera—. Todo va a estar bien. El doctor Cabral nos va a curar a los dos.
Me acerqué a su oído. Mi pelo cubrió mi boca para que la enfermera no pudiera leerme los labios.
—Escúchame, imbécil —susurré con una urgencia feroz—. Leo está fuera. Clara está fuera. Estamos aquí. A las tres de la mañana vamos a sacarte. No te duermas. ¿Me oyes? No te dejes tragar por las pastillas. Muerde tu lengua si es necesario para mantenerte despierto.
Mateo movió ligeramente la cabeza. Sus ojos se enfocaron en los míos por un segundo. Un brillo de reconocimiento cruzó su rostro.
—L-Leo... —balbuceó.
—Sí, Leo —dije, volviendo a mi tono de víctima—. Leo ya no te hará daño. Estamos a salvo.
Le apreté la mano. Noté que intentaba cerrar los dedos sobre los míos. Estaba ahí. Luchando contra la droga.
—Se acabó el tiempo, señorita —dijo Berta—. El paciente necesita descansar.
—Adiós, Mateo —dije, levantándome.
Me llevaron a mi propia habitación en el segundo piso. Era una celda de lujo, pero una celda al fin y al cabo. Berta cerró la puerta por fuera con un estrépito metálico.
Me senté en la cama. Miré el reloj de pared.
Diez de la noche.
Cinco horas. Tenía que esperar cinco horas sin volverme loca de verdad.
El tiempo en la clínica se estiraba como el chicle. Cada crujido del edificio me hacía saltar. Oía gritos lejanos, golpes en las paredes, el sonido de los carritos de medicación.
A las doce, Berta entró para darme "mi dosis".
—No tengo sueño —dije, tratando de sonar tranquila.
—Son órdenes del doctor. Para que no tengas pesadillas.
Me dio un vaso de agua y una pastilla roja. La puse bajo mi lengua, simulando que tragaba. En cuanto Berta salió y cerró la puerta, corrí al baño y la escupí.
—Uno a cero, Berta —murmuré.
Me pasé las siguientes tres horas caminando de un lado a otro de la habitación. Miraba por la pequeña rendija de la puerta. Los guardias hacían rondas cada treinta minutos. El pasillo estaba bañado en una luz roja de emergencia que lo hacía parecer el escenario de una película de terror.
Dos y cuarenta y cinco.
Me acerqué al dobladillo de mi bata. Busqué el pequeño bulto del emisor. Lo pulsé tres veces.
Click. Click. Click.
Era la señal para Clara. Significaba: "Estoy lista. Empezad la distracción".
Me pegué a la puerta, escuchando.
De repente, la alarma de incendios empezó a sonar. No era un pitido normal; era un estruendo ensordecedor que parecía sacudir los cimientos del edificio.
—¡Fuego en el ala oeste! —escuché gritar a alguien en el pasillo—. ¡Evacuad a los pacientes de la zona 3!
Pude oír el caos. Corridas, gritos de pánico de los internos, órdenes contradictorias por los walkie-talkies.
Era Clara. Sabía que no había fuego real, pero ella había hackeado el sistema de sensores de humo para que detectaran un incendio masivo en el ala opuesta a donde estábamos Mateo y yo.
La puerta de mi habitación se abrió de golpe. Era un enfermero joven, sudando.
—¡Señorita Rivera, rápido! Tenemos que bajar al patio.
—¿Qué pasa? ¿Nos vamos a quemar? —grité, fingiendo terror.
—¡Solo muévase!
Me sacó al pasillo. El humo (probablemente botes de humo que Leo había lanzado cerca de las entradas de ventilación externas) empezaba a filtrarse por los conductos. La visibilidad era escasa.
—¡Me he dejado mis joyas! —grité, soltándome de su brazo.
—¡Olvídese de las joyas! —me gritó él, pero una explosión sónica (un transformador que Clara acababa de freír a distancia) hizo que las luces de todo el edificio parpadearan y se apagaran.
Oscuridad total.
—¡Mierda! —gritó el enfermero.
Aproveché el momento. Me agaché y corrí en dirección contraria, hacia el ascensor de servicio. Sabía que con el corte de luz, los frenos magnéticos se desbloquearían y las puertas podrían abrirse manualmente si sabías dónde presionar. Clara me había dado las instrucciones.
Llegué al ascensor. Usé una cuchara de plástico que había robado de la cena para hacer palanca en el sensor de la puerta. Se abrió.
Bajé por las escaleras de emergencia hacia el sótano. Mis pies descalzos golpeaban el cemento frío.
—¡Mateo! —grité en un susurro cuando llegué a su celda.
La puerta estaba bloqueada electrónicamente.
—Clara, ahora —dije al aire, esperando que su escáner de red captara mi posición.
Un segundo después, el cierre de la puerta hizo un clack seco y la puerta se abrió unos centímetros.
Entré. Mateo estaba intentando incorporarse, forcejeando con las correas.
—Vanessa... —su voz era un hilo.
—Cállate y ayúdame —dije, buscando el mecanismo de liberación de las correas.
Eran cierres de seguridad de alta resistencia. Necesitaba una llave.
—¡Maldita sea! —golpeé la cama—. ¡Clara, no puedo abrir las correas!
—Usa el extintor —escuché una voz que venía del altavoz de la pared. Era Clara, que había hackeado el sistema de megafonía interna—. * Vanessa, rompe el cabezal de la cama. El soporte es de aluminio hueco. Puedes usarlo como palanca.*
Hice lo que me dijo. Con una fuerza que no sabía que tenía, arranqué una pieza de metal del cabezal. La metí en el cierre de la muñeca de Mateo y tiré con todas mis fuerzas.
El metal crujió. La correa saltó.
—¡Una menos! —jadeé.
Repetí el proceso con las otras tres. Mateo se desplomó sobre mí, incapaz de mantenerse en pie.
—Pesa más que un muerto —gruñí, pasándome su brazo por el cuello—. Vamos, Mateo. Leo nos espera en la cocina.
Salimos al pasillo del sótano. El humo era más denso aquí. Oíamos a los guardias corriendo por el piso de arriba.
—¡Por aquí! —señalé un pasillo lateral que llevaba a la zona de servicios.
Llegamos a las cocinas industriales. El olor a comida rancia y desinfectante era abrumador. Al fondo, vi la gran puerta de acero de la zona de carga.
—Está cerrada —dijo Mateo, recuperando un poco de lucidez—. Vanessa, no vamos a poder...
—¡Cállate y mira!
La puerta empezó a subir lentamente. El mecanismo hidráulico gemía bajo el hackeo de Clara.
Detrás de la puerta, bajo la luz de la luna y rodeado de nubes de humo blanco, estaba él.
Leo.
Llevaba una sudadera negra con capucha y un pañuelo cubriéndole la cara, pero sus ojos eran inconfundibles. Detrás de él, vi a una docena de chicos con patinetes y botes de spray. El "ejército de los invisibles" que Clara había mencionado.
—¡Leo! —gritó Mateo, soltándose de mi hombro y tropezando hacia él.
Leo corrió hacia el interior y atrapó a Mateo antes de que cayera al suelo. Se abrazaron con tal fuerza que pareció que el mundo se detenía. El humo giraba alrededor de ellos, creando una escena que parecía sacada de uno de los cuadros de Leo.
—Te tengo, socio —susurró Leo—. Te tengo. No te voy a soltar nunca más.
—Sabía que vendrías... —balbuceó Mateo, llorando abiertamente—. El cartel... las luces...
—Me ha encantado el baile, Mateo —Leo sonrió tras el pañuelo—. Pero tenemos que irnos. Ahora.
—¿Y Vanessa? —preguntó Mateo, girándose hacia mí.
Me quedé en la puerta de la cocina, mirando cómo los guardias de seguridad aparecían al final del pasillo con linternas y porras.
—¡Ahí están! —gritó uno—. ¡Fuego a discreción!
—¡Vanessa, ven! —gritó Leo, extendiendo la mano hacia mí.
Miré a los guardias. Miré a mi padre en mi mente. Miré la vida de porcelana que acababa de romper en mil pedazos.
—¡Idos! —les grité—. ¡Yo les retendré!
—¡No seas estúpida! —Leo intentó acercarse, pero los guardias empezaron a disparar pelotas de goma y botes de gas lacrimógeno.
—¡Soy una Rivera! —grité, agarrando un carro de bandejas metálicas y empujándolo hacia el pasillo para bloquear el paso de los guardias—. ¡No me harán nada! ¡Si me tocan, mi padre hundirá esta clínica! ¡Idos, salvad a Mateo!
Leo dudó un segundo. Miró a Mateo, que apenas podía mantenerse en pie. Miró el caos detrás de mí.
—Vanessa... gracias —dijo Leo.
—¡Lárgate de una vez, Candelario! ¡Y asegúrate de pintar algo bonito sobre esto!
Leo asintió, cargó a Mateo sobre su hombro y corrió hacia la oscuridad del patio, escoltado por los chicos de los patinetes que lanzaban botes de pintura y petardos para cubrir la retirada.
La puerta de carga bajó de golpe, cerrándose por un fallo del sistema (o quizás porque Clara quería protegerme).
Me quedé sola en la cocina.
Los guardias llegaron hasta mí. Me rodearon. El doctor Cabral apareció detrás de ellos, con el pelo revuelto y la cara desencajada por el miedo.
—¿Qué has hecho, Vanessa? —preguntó, con voz temblorosa—. ¿Tienes idea de lo que has hecho? Has ayudado a escapar a un paciente federal. Tu padre...
—Mi padre puede irse al infierno, doctor —dije, levantando la barbilla y limpiándome un mechón de pelo de la cara—. Y usted también.
Me agarraron de los brazos. Me pusieron las esposas. Me llevaron hacia las celdas de aislamiento del piso superior.
Mientras caminaba, escuché un ruido afuera. Un estruendo de voces, motores de motos y gritos de "¡Libertad para el Cuervo!". El ejército de Leo no se había ido; estaban rodeando la clínica, haciendo ruido, asegurándose de que toda la ciudad supiera lo que estaba pasando.
Me metieron en una celda pequeña. Cerraron la puerta.
Me senté en el suelo frío. Me dolía el pómulo. Tenía frío. Pero por primera vez en mi vida, no sentía que fuera una muñeca decorativa.
—Lo hemos logrado, chicos —susurré a la oscuridad.
Cerré los ojos y, en el silencio de mi celda, pude oír el eco de la risa de Mateo y el sonido del spray de Leo marcando el mundo. Había valido la pena cada céntimo que ya no tenía.