Forzada a un matrimonio por conveniencia, Keyla encuentra en un amor prohibido y con el, la fuerza para romper las cadenas de una vida de mentira.
NovelToon tiene autorización de Gabriela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Una decisión difícil.
Keyla, una chica de 25 años que aprendió a sonreír incluso cuando el mundo le pedía sacrificios. De piel clara, cabello castaño y ojos grises que escondían más tristeza que sueños, Keyla siempre fue demasiado buena para un entorno que jamás fue justo con ella.
Era delgada, de figura muy linda, pero su verdadera belleza no estaba en lo que se veía, sino en su forma de cuidar a todos, incluso cuando nadie cuidaba de ella. Creció rodeada de lujos que no eran suyos y de padres más interesados en fiestas y apariencias que en su propia hija. Fueron las empleadas quienes la vieron llorar, crecer y aprender a ser fuerte en silencio.
Como hija mayor, la responsabilidad cayó sobre sus hombros desde muy temprano. Mientras ella estudiaba, soñaba y se esforzaba, su hermano menor vivía sin preocupaciones, ajeno al peso de una familia que se desmoronaba lentamente.
Keyla acababa de terminar sus estudios superiores como ingeniera en marketing y estaba lista para trabajar en la empresa de su padre, convencida de que su talento podría salvar lo que quedaba del negocio familiar. Lo que no sabía era que esa empresa ya estaba perdida… y que el precio para rescatarla no sería su trabajo, sino su libertad.
—Ahora sí —se dijo frente al espejo esa mañana—. Ahora me toca a mí.
Su madre ya estaba lista para salir, vestida de gala, aunque no había ningún evento importante. Su hermano menor, Sebastián, de apenas 17 años, dormía plácidamente, ajeno al caos que los rodeaba. No estudiaba, pues lo habían expulsado de la escuela por pelearse a golpes con un compañero, no trabajaba, no hacía nada… excepto gastar dinero que ya no tenían.
En la empresa su padre hablaba por teléfono, con el ceño fruncido, caminando de un lado a otro como si el suelo pudiera romperse bajo sus pies.
Keyla fue directamente a la empresa ese mismo día, llena de ilusión, tenía planes, ideas, propuestas para relanzar la marca, campañas que podrían devolverle la vida al negocio familiar. Pero la ilusión duró poco.
Demasiado poco, ya que apenas entró a la oficina de su padre, escuchó lo que él contador de la empresa decía.
Los números no mentían.
La empresa estaba en quiebra.
Documentos atrasados, deudas impagables, préstamos mal manejados… todo se derrumbó frente a sus ojos como un castillo de naipes.
—¿Desde cuándo estamos así? —preguntó con la voz temblorosa.
Su padre evitó mirarla.
—Desde hace más de un año.
Keyla sintió un nudo en el pecho.
Un año… y nadie le había dicho nada.
No pudo soportar la noticia y salió corriendo, necesitaba tomar un poco de aire, aclarar sus pensamientos, pensar como ayudar a salvar la empresa.
Esa misma noche, cuando llegó a casa, la sentaron en la sala como si fuera una niña a la que debían dar una mala noticia. Su madre hablaba demasiado, su padre demasiado poco.
—Hay una solución —dijo su padre finalmente—.
Keyla levantó la mirada.
—¿Cuál?
—Andrés.
El nombre cayó como un golpe seco.
Andrés Montenegro.
Hijo único de una de las familias más poderosas del país. Millonarios, influyentes, respetados… temidos. Su padre estaba dispuesto a invertir en la empresa familiar de Keyla, a saldar deudas, a salvarlos de la ruina.
Pero nada era gratis en ese mundo.
—Quiere que te cases con él —dijo su madre, como si hablara del clima.
El silencio fue ensordecedor.
—¿Qué? —susurró Keyla—. ¿Casarme… con un completo desconocido?
—No es un desconocido — se han visto algunas veces, en eventos — respondió su padre—. Es la única forma de salvarlo todo.
Keyla entendió entonces.
No estaban pidiéndole ayuda.
Estaban pidiéndole sacrificarse.
Pensó en su hermano, en sus padres, en la empresa que llevaba el apellido familiar. Pensó en todo… todo estaba en sus manos, debía sacrificarse o su familia lo perdería todo, y a más de eso la culparían de todo, no tenía opción, aunque el sacrificio era demasiado.
Mientras tanto, en otra mansión, en otro mundo, Andrés golpeaba la mesa con furia.
—¡No pienso hacerlo!
Tenía 28 años, era apuesto, alto, rubio, elegante… el tipo de hombre que todos admiraban y pocos conocían realmente.
Frente a él, sus padres lo observaban con una calma fría.
—No es una opción —dijo su padre—. Es una decisión.
Andrés apretó los puños.
Ellos lo sabían.
Siempre lo habían sabido.
Andrés era gay.
Tenía una relación estable, real, intensa… pero secreta.
—El mundo empresarial no está listo para aceptar eso —continuó su madre—. Puedes seguir con tu novio, nadie te lo prohíbe… pero en privado, nadie puede saber nada de ti vida con ese hombre.
—¿Y usar a una mujer como fachada? —escupió él—. ¿Eso quieren?
—Queremos protegerte —respondieron.
Proteger el apellido.
La imagen.
El poder.
Andrés se levantó, caminó hasta la ventana y miró la ciudad iluminada. Tenía dinero, privilegios, oportunidades… pero no libertad.
—No la amaré —dijo finalmente, sin voltearse—. No le prometeré nada.
—No es necesario —respondió su padre—.
Solo apariencia.
En dos casas distintas, dos personas tomaban decisiones que cambiarían sus vidas para siempre.
Keyla al final aceptó con lágrimas en los ojos.
Andrés aceptó con rabia y dolor.
Ninguno de los dos imaginaba que ese matrimonio sin amor sería el inicio de su mayor dolor…
y del amor que jamás estuvo permitido.