Briana llega como niñera de intercambio a un hogar donde el pasado todavía duele. Maicol, padre viudo, intenta equilibrar su trabajo con la crianza de Pía y Teo, quienes a veces sienten que no reciben toda la atención que necesitan. Poco a poco, Briana descubre secretos y emociones contenidas que acercan sus corazones, mientras la cercanía entre ellos despierta sentimientos inesperados. Entre risas, tensiones y pequeños gestos, tendrán que aprender si el amor puede sanar heridas y florecer incluso en los lugares más inesperados.
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Capítulo 4 – Un día que empieza diferente
Briana
El despertador sonó más temprano de lo habitual, pero no me molestó. Abrí los ojos con una energía distinta, como si algo dentro de mí me dijera que debía comenzar el día con otra actitud. Tal vez era porque al fin tendría mi primera clase en la universidad, o porque ya me sentía un poquito más instalada en esta nueva rutina con Maicol, Pía y Teo.
Me levanté en silencio, cuidando no hacer ruido para no despertar a los niños antes de tiempo. La cocina estaba fría, pero también tranquila, como si me estuviera esperando. Miré la alacena y pensé que era momento de hacer algo mejor que las tostadas rápidas del día anterior. Recordé que había visto una mezcla para waffles y decidí usarla.
Encendí la wafflera, mezclé harina, leche y huevo, y poco a poco la cocina se llenó con ese olor dulce y cálido que me hizo sentir como en casa. También corté un poco de fruta y preparé jugo. Me gustaba la idea de que, aunque no era mi familia, pudiera darles un desayuno que los hiciera sonreír.
Pía apareció primero, todavía con el cabello despeinado y los ojos medio cerrados. Cuando vio la mesa, sus mejillas se iluminaron.
—¿Waffles? —dijo con una mezcla de sorpresa y alegría.
—Sí, señorita —respondí sonriendo—. Tenía ganas de darles un desayuno especial.
—¡Qué rico! —corrió a sentarse.
Poco después llegó Teo, más callado, con ese aire tímido que lo caracterizaba, pero al ver el plato frente a él se le escapó una sonrisa chiquita. Maicol apareció detrás de ellos, vestido ya para el trabajo, y se detuvo un segundo al ver la mesa.
—Veo que alguien madrugó con ganas —comentó, con una expresión entre agradecimiento y ligera sorpresa.
—Quería empezar el día con buena energía —le respondí—. Hoy tengo mi primera clase en la universidad.
Él asintió y se sentó también, sirviéndose café. El ambiente se sintió más cálido, como si esos pequeños detalles ayudaran a que todo fluyera mejor.
Después del desayuno, los llevé al colegio. Pía no paraba de hablarme de lo que iba a hacer en clase y Teo caminaba más tranquilo, pero de vez en cuando me miraba con cierta complicidad, como si poco a poco fuera aceptando mi presencia.
Cuando los dejé, sentí un pequeño orgullo: había logrado una mañana sin contratiempos, incluso alegre.
Respiré hondo, miré mi reloj y me dirigí a la universidad.
El campus era enorme, más de lo que había imaginado. Edificios modernos, estudiantes caminando de un lado a otro, voces en distintos idiomas. Por un instante me sentí diminuta, como si fuera una pieza muy pequeña dentro de un rompecabezas gigantesco.
Me senté en la primera clase y traté de concentrarme, aunque mi cabeza estaba dividida: una parte pendiente de las palabras del profesor, otra pensando si los niños estarían bien, y otra más preguntándose si lograría adaptarme a este ritmo.
Un par de estudiantes se me acercaron en el descanso. Una chica rubia, de sonrisa amplia, me preguntó de dónde era. Conversamos un poco y me di cuenta de que no era la única extranjera; había varios en el programa de intercambio. Esa sensación de no estar sola me dio cBriana.
Al salir de la universidad, mientras caminaba hacia la parada del autobús, noté que tenía la misma energía positiva con la que había despertado. Tal vez no todo sería fácil, pero ese día me demostró que con pequeños gestos —un desayuno, una sonrisa, un intento de acercamiento— las cosas podían sentirse más ligeras.
Cuando recogí a los niños más tarde, Pía me contó todo lo que había hecho con entusiasmo. Teo, fiel a su estilo, habló menos, pero me mostró un dibujo que había hecho en clase. Lo guardé en mi bolso con cuidado, como si fuese un regalo precioso.
Esa noche, mientras me acomodaba en la habitación, pensé que había sido un buen día. No perfecto, pero sí el inicio de algo nuevo. Y por primera vez desde que llegué, me sentí menos como una invitada y un poquito más como alguien que pertenecía allí.
yo soy una flaquita con bonito cuerpo no me quejó, pero me encantan las las gorditas (no soy lesbiana sin ofender a nadie) en la manera de como sus curvas resaltan y tienen todo grande, lo digo porque una de mis mejores amigas es una chica curvy, hay veces que las envidio pero de la buena 🥰☺️.
y compartiendo tus libros deseo muchos éxitos más para ti bendiciones