Renace en la novela que estaba leyendo y en el personaje que más odiaba.. Pero, dispuesta a cambiar su destino.
* Historia parte de un universo mágico.
** Todas novelas independientes.
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Almuerzo
Durante el almuerzo, la mesa larga del comedor estaba colmada de una calidez amable. Las ventanas dejaban entrar la luz suave del mediodía y los criados se movían con silencioso respeto, sirviendo los platos con elegancia. La conversación general fluía ligera.
El duque Evenhart, relajado y de buen humor, relataba anécdotas mientras partía con calma su pan.
—La pastelería Abbey es más famosa de lo que aparenta —comentó, divertido—. En sus inicios perteneció a la esposa del príncipe del Imperio Lennox… y al esposo de la princesa Volt del Reino de Oro. Imaginen ustedes, una nobleza dedicada a vender pasteles.
Ginger levantó la vista de inmediato, los ojos brillándole de puro interés.
—¿De verdad? —preguntó, inclinándose hacia adelante—. Eso no lo sabía. ¿Y siguen siendo dueños? ¿O la vendieron? ¿Y por qué pasteles? —su voz era baja, pero la emoción era evidente. Le encantaba enterarse de cualquier historia que involucrara a figuras importantes.
James le acarició la mano con paciencia, sonriendo como quien conoce bien los gustos de su esposa. El duque continuó explicando, complacido por la atención.
Pero, al otro extremo de la mesa, Florence y Greofrey estaban en otra sintonía.
Tenían frente a ellos un delicado postre de la misma pastelería Abbey.. una tarta suave con aroma a vainilla y un toque apenas perceptible de algo más profundo y dulce. En lugar de prestar atención al linaje de los dueños, ambos se habían inclinado ligeramente uno hacia el otro, hablando en voz muy baja.
—Creo que tiene miel… —susurró Greofrey, mirándola de reojo.
Florence tomó un pequeño bocado, concentrándose como si estuviera evaluando un vino raro.
—No. No es miel. Es… —frunció ligeramente el ceño, divertida— jarabe de flores. ¿Lavanda quizás?
Él volvió a probar, como si necesitara confirmarlo.
—No —replicó con absoluta seriedad fingida—. Si fuera lavanda, ya estaría bostezando.
Florence tuvo que taparse los labios con la servilleta para no reír abiertamente.
—Entonces dime, experto repostero —le dijo en un murmullo—, ¿qué es?
—Caramelo tostado… con un toque de cítricos —respondió al fin, triunfal.
Florence negó con la cabeza, pero sus ojos reían.
—Te equivocas.
—¿Entonces?
—No tengo idea —admitió, bajando la voz aún más, y ambos tuvieron que contener otra risa.
Para cualquiera que los mirara, solo parecían conversar cortesmente. Pero en realidad compartían esos pequeños secretos de sobremesa, como dos viejos amigos jugando a adivinar sabores.
Y mientras el duque seguía contando la historia de la famosa pastelería y Ginger lo escuchaba con genuino interés, Florence se dio cuenta de algo simple… pero poderoso.
Hacía mucho que no disfrutaba un almuerzo así.
Sin tensión. Sin apariencias forzadas. Sin temores.
Solo ella, una mesa llena de gente amable… y alguien a su lado con quien podía reír en voz baja mientras compartían una tarta dulce y ligera como el instante que estaban viviendo.
Minutos después, Florence y Greofrey seguían inclinados hacia sus platos, todavía intentando descifrar el misterioso sabor del postre cuando, de pronto, el silencio a su alrededor se hizo evidente. Ambos levantaron la vista al mismo tiempo y descubrieron varias miradas dirigidas hacia ellos.
Ginger los observaba con una sonrisa peligrosa.
—Veo que la conversación es muy interesante ahí al fondo —comentó con tono juguetón.
Florence parpadeó, desconcertada.
—¿Perdón?
—Justo les estábamos preguntando —intervino el duque, divertido— si querían acompañarnos esta tarde.
—¿A…? —preguntó Greofrey, igual de perdido.
Ginger se llevó la mano al pecho, exagerando.
—¡A la posada Abbey, por supuesto! —dijo entre risas—. Pero como mi querida amiga Florence no respondió nada, voy a asumir que le parece una excelente idea… así que irá con nosotros.
La mesa soltó una breve risa general. Florence giró un poco la cabeza hacia Greofrey, buscando en su mirada una pista. Él también parecía no haber entendido nada de la conversación anterior, lo que la hizo sonreír, casi con vergüenza.
—Lo siento —dijo, sincera—. Me temo que estábamos… ocupados identificando el postre.
Ginger apoyó el codo en la mesa y la miró con picardía.
—Sí. Lo noté. Estaban muy concentrados.
James tosió suavemente para disimular una sonrisa.
El rubor subió apenas a las mejillas de Florence, pero no con incomodidad; más bien con una calidez ligera y nueva. Miró a Greofrey y, con un gesto elegante, inclinó apenas la cabeza.
—Bueno —dijo ella—. Si la anfitriona insiste, será un honor acompañarlos.
—Y yo también —añadió Greofrey con calma—. No todos los días se tiene la oportunidad de visitar un lugar del que hablan tanto.
Ginger aplaudió, feliz.
—Perfecto. Entonces queda decidido. Esta tarde, paseo a la posada Abbey. Y nada de esconderse a conversar mientras alguien les hace preguntas importantes.
Florence soltó una pequeña risa, relajada.
En otro tiempo, aquel tipo de bromas la habría puesto rígida, la habría hecho recordar su papel, la máscara, la imagen que debía proyectar. Pero aquí… aquí era distinto. Podía reír, equivocarse, perderse en una conversación amable sin que nadie lo usara en su contra.
Y mientras retomaban el almuerzo, con la decisión ya tomada, notó que el día se sentía un poco más liviano. Como si, lentamente, la vida empezara a abrirle pequeñas ventanas de respiro que jamás pensó volver a tener.