*Ella solo quería pagar sus cuentas. Él solo quería mantener su imperio.*
Sofía no buscaba problemas, solo un buen turno de noche. Pero cuando sus ojos se cruzan con los de Alessandro, el hombre que controla la noche y el peligro, su vida sencilla se hace añicos. Ella es testigo de algo que no debió ver, y ahora, en lugar de ser eliminada, se convierte en su posesión más preciada y peligrosa.
Alessandro es un depredador, un jefe de la mafia cuya palabra es ley y cuyo corazón se creía muerto. Pero Sofía, con su inocencia indomable y su inesperada resistencia, desentierra una vulnerabilidad que él juró enterrar bajo capas de poder.
Atrapados en una mansión dorada que es también su jaula, la tensión entre ellos se vuelve insoportable. ¿Podrá Sofía amar a un hombre cuyo mundo se construye sobre secretos y violencia? y estará Alejandro dispuesto a quemar su imperio hasta los cimientos para mantenerla a salvo?
prepárate para una historia donde la obsesión es la única regla.
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capitulo 1
El aire en *El Círculo* siempre olía a una mezcla embriagadora de perfume caro, sudor nervioso y la promesa silenciosa de negocios cerrados. Para Sofía, era simplemente el olor a propinas decentes y a la necesidad constante de sonreír. Eran las diez y media de la noche, y el bar estaba en su punto álgido, un torbellino de trajes oscuros y risas forzadas.
Sofía se movía entre las mesas con la gracia aprendida de quien sabe que un paso en falso significa un derrame, una queja y, peor aún, una reducción en sus ingresos. Sus pies, bajo el uniforme negro impecable, ya protestaban, pero su mente estaba enfocada en la pila de libros de contabilidad que le esperaban en casa. Sí, Sofía era camarera para sobrevivir, pero su verdadera pasión, su escape, residía en los números, en la lógica fría y ordenada del *Debe* y el *Haber*. Algo que la vida que estaba a punto de presenciar definitivamente no poseía.
"Mesa siete, Sofía. Y cuidado con el Señor Bianchi, dice que su whisky está tibio," siseó Elena, la jefa de sala, sin siquiera mirarla.
Sofía asintió, tomando la bandeja. El Señor Bianchi era un cliente habitual, un hombre con manos grandes y ojos pequeños que siempre la miraba como si estuviera evaluando el precio de algo. Ella odiaba esa mesa.
Mientras se acercaba a la siete, una presencia diferente, más pesada, eclipsó la luz tenue del local. Era la mesa reservada de siempre, la que nadie se atrevía a mirar directamente: la Mesa Uno.
Alessandro.
No era solo su ropa, aunque su traje de lana fría cortado a medida parecía absorber la luz. Era la quietud que lo rodeaba. Donde otros mafiosos o empresarios ruidosos ocupaban sus mesas con fanfarronería, Alessandro se sentaba como una estatua de mármol en medio del caos.
Era el silencio lo que imponía respeto. Llevaba semanas frecuentando *El Círculo*, siempre solo o con un único lugarteniente, y Sofía había aprendido a mantener su campo de visión desviado de él.
Esa noche, sin embargo, Alessandro no estaba solo. Había dos hombres más, más jóvenes y visiblemente tensos, y frente a él, un hombre corpulento, sudoroso, que parecía un pez fuera del agua en ese ambiente pulido.
Sofía se detuvo brevemente junto a la mesa siete para dejar el whisky de Bianchi. Su bandeja estaba cargada con una botella de vino tinto caro y tres copas vacías que debía retirar.
"Disculpen," murmuró, intentando deslizarse hacia la Mesa Uno para recoger las copas vacías.
Fue entonces cuando sucedió.
El hombre corpulento, visiblemente nervioso, intentó justificarse ante Alessandro, gesticulando con demasiada brusquedad.
"¡Le juro que el cargamento estaba listo, *Signore*! ¡Solo hubo un retraso en el muelle, nada más!"
Alessandro no se movió. Su rostro era una máscara de serenidad letal. Solo sus ojos, de un color oscuro e imposible de descifrar, se fijaron en el hombre.
"Los retrasos," dijo Alessandro, su voz apenas un susurro audible sobre el murmullo del bar, "son fallos de carácter, no de logística. Y los fallos de carácter son contagiosos."
Sofía, con la bandeja en mano, estaba demasiado cerca. Su corazón dio un vuelco. El aire se había vuelto denso, como si la presión atmosférica hubiera caído de golpe.
El hombre corpulento tragó saliva ruidosamente. "Lo solucionaré, Signore. Se lo prometo."
Alessandro sonrió, pero no fue una sonrisa de bienvenida. Fue el movimiento de un músculo que anuncia el golpe. Levantó lentamente una mano y señaló la copa de vino tinto que Sofía sostenía.
"Sofía," dijo. Su voz era grave, controlada. Ella no sabía cómo él sabía su nombre. "Trajiste vino. Excelente. Sírvelo."
Sofía sintió que sus rodillas flaqueaban. Servir a esa mesa era el último lugar donde quería estar. Pero la orden había sido dada por la autoridad suprema del lugar. Con manos temblorosas, llenó la copa del hombre corpulento. El líquido escarlata se reflejó en la luz tenue, pareciendo sangre fresca.
Mientras colocaba la copa, el hombre, en un intento desesperado por demostrar su valía o quizás por aliviar la tensión, intentó hablar de nuevo.
"Mire, Signore, sé que he fallado, pero..."
Fue un movimiento estúpido, una ruptura del silencio sagrado.
Alessandro no gritó. No se levantó. Simplemente movió su mano, un gesto casi imperceptible, hacia el hombre que estaba a su derecha, el lugarteniente silencioso.
Lo que ocurrió después fue una coreografía de violencia tan rápida y precisa que Sofía tardó un segundo completo en procesarlo. El lugarteniente sacó un objeto pequeño y oscuro de su chaqueta. No hubo ruido de lucha, solo un sonido sordo, húmedo, como un golpe seco contra carne blanda. El hombre corpulento se tambaleó, un agujero perfecto y pequeño apareció en su frente, y el vino tinto que Sofía acababa de servir se mezcló con la sangre que brotó de su cráneo, manchando el mantel blanco de lino.
El olor a pólvora quemada, metálico y acre, cortó instantáneamente el aroma a perfume y licor.
Sofía sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. La bandeja resbaló de sus dedos. El vino, la copa, todo cayó al suelo con un estrépito ensordecedor en ese silencio repentino. Ella no gritó. Estaba paralizada, mirando el cuerpo que se desplomaba, la sangre que se extendía sobre el costoso mantel.
Alessandro no apartó la mirada de ella.
En ese instante, mientras el caos regresaba al bar y la gente comenzaba a murmurar y a mirar hacia otro lado, Sofía comprendió dos cosas con una claridad aterradora:
Había visto algo que la condenaba.
El hombre que acababa de ordenar un asesinato no parecía arrepentido en absoluto... excepto cuando sus ojos se encontraron con los de ella. Había una chispa diferente en su mirada, una que no era de ira, sino de algo mucho más peligroso y perturbador: interés.
Alessandro se levantó lentamente, ignorando el cuerpo a sus pies. Caminó hacia Sofía, sus pasos firmes y sin vacilación. Ella retrocedió instintivamente, chocando contra una columna.
_Parece que has derramado mi bebida, chica_ dijo Alessandro, inclinándose ligeramente para que sus rostros estuvieran peligrosamente cerca, El aliento de él olía a menta y a poder.
_No te preocupes por la limpieza. Te quedarás a ayudarme a arreglar este pequeño inconveniente."
Su mano se extendió, no para tocarla, sino para señalar el desastre. Pero en el gesto, Sofía sintió una promesa, o quizás una amenaza, mucho más profunda que la muerte instantánea que acababa de presenciar.
escrituras , al parecer 2 versiones de una misma historia
🤔
qué se cree ????/Smug/