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Ángel De La Muerte

Ángel De La Muerte

Status: Terminada
Genre:Casos sin resolver / Mafia / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:3.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Jisieli

Una exsoldado llamada Jessica Greys, es contratada para proteger a un genio informático que acaba de hackear al gobierno de Estados Unidos.

¿Qué sucederá en este trayecto tan peligroso?



Hola, espero que disfruten mi nueva novela🤗

NovelToon tiene autorización de Jisieli para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 19: El Refugio del Lobo Solitario

La cabaña de Tomás olía a madera ahumada, a hierbas secas y a ese indefinible aroma de los lugares habitados por hombres solitarios. Estaba construida con troncos envejecidos, tenía un tejado de chapa reparado con parches de diferentes épocas, y se asentaba junto a un arroyo de aguas cristalinas que bajaba cantarín desde la montaña.

Kaeil despertó con el sonido del agua y el olor a café recién hecho. Durante un instante, no supo dónde estaba. Luego sintió el peso de Jessica dormida contra su hombro, y todo volvió a su lugar.

No se movió. No quería. La noche anterior había sido larga, con Jessica despertándose varias veces a causa del dolor, y él velando su sueño, aplicándole paños fríos cuando la fiebre amenazaba con subir. Ahora, por fin, descansaba tranquila, su respiración acompasada, el color volviendo lentamente a sus mejillas.

La puerta de la habitación se abrió con un leve chirrido. La cabeza de Daniel asomó por la rendija, sus ojos grandes fijos en Jessica.

—¿Tía dormida? —susurró.

—Sí —respondió Kaeil en voz baja—. Tía necesita descansar.

Daniel asintió con solemnidad y desapareció tan silenciosamente como había llegado. Kaeil sonrió. El niño se había encariñado con Jessica de una forma que enternecía. Quizás, pensó, era porque intuía que ella también era una superviviente. Los niños siempre saben esas cosas.

Jessica se movió ligeramente, un murmullo escapando de sus labios.

—¿Kaeil?

—Estoy aquí.

—¿Qué hora es?

—Temprano. Sigue durmiendo.

—No puedo. Duele.

Kaeil se incorporó con cuidado y examinó su vendaje. No había sangre fresca, buena señal. Le ofreció agua y las pastillas que Tomás había dejado.

—Tómalo. Te ayudará con el dolor.

Ella obedeció y volvió a recostarse, pero sus ojos permanecieron abiertos, mirando el techo de madera.

—¿Cuánto tiempo llevamos aquí?

—Una noche. Llegamos ayer al atardecer.

—¿Y los mercenarios?

—Tomás dice que no han llegado hasta aquí. Parece que perdieron nuestro rastro en el bosque.

—No por mucho tiempo. Gente como esa no se rinde fácilmente.

—Lo sé. Pero por ahora, estamos seguros.

Jessica giró la cabeza para mirarlo. A pesar del dolor y la fatiga, sus ojos verdes brillaban con esa intensidad que Kaeil había aprendido a amar.

—Gracias —dijo.

—¿Por qué?

—Por no dejarme morir. Por traerme aquí. Por todo.

Kaeil se inclinó y la besó en la frente.

—Siempre.

---

En la cocina, Tomás preparaba un desayuno abundante: huevos revueltos con trozos de tocino, tortillas de harina recién hechas, frijoles refritos y café negro y espeso como sólo los hombres de montaña saben hacerlo.

Mateo y Elena ya estaban sentados a la mesa, con Daniel en una silla alta improvisada con un cajón y unas tablas. El niño devoraba un trozo de tortilla con una concentración que hacía sonreír.

—Buenos días —dijo Kaeil al entrar, ayudando a Jessica a sentarse en una silla.

—Siéntate, siéntate —dijo Tomás sin dejar de mover las sartenes—. Hay para todos. Y tú —señaló a Jessica con un cucharón—, necesitas comer. Para recuperar fuerzas.

—No tengo mucha hambre —protestó ella.

—Da igual. Vas a comer.

Hubo algo en su tono que no admitía réplica. Jessica, la soldado letal, la máquina de matar, obedeció sin discutir.

Desayunaron en un silencio cómodo, roto solo por los ruidos de la comida y el parloteo infantil de Daniel. Afuera, el arroyo seguía cantando, y un pájaro desconocido repetía su melodía una y otra vez.

—¿Cuánto tiempo podemos quedarnos aquí? —preguntó Mateo al fin.

—Todo el que necesitéis —respondió Tomás—. Nadie viene por aquí. Estoy a dos horas del pueblo más cercano, y el camino no es fácil. Además, tengo suficientes provisiones para meses.

—¿Y si vienen los mercenarios?

—Entonces les recibiremos como se merecen. —Tomás sonrió, mostrando unos dientes amarillentos por el tabaco—. No soy tan inofensivo como parezco.

Jessica lo miró con una nueva expresión.

—Sigo sin entender por qué nos ayudas.

—Ya te lo dije ayer. Me salvaste la vida.

—Eso fue hace años. En otro país. No tienes por qué arriesgarte ahora.

Tomás dejó la sartén y se sentó frente a ella.

—Mira, niña. Yo he visto muchas cosas en esta vida. He hecho muchas cosas de las que no me siento orgulloso. Pero una cosa aprendí: cuando alguien te salva la vida, le debes algo. Y yo siempre pago mis deudas. —Hizo una pausa—. Además, he seguido las noticias. Ese hijo de puta de Crawford merece lo que le está pasando. Y si puedo ayudar a los que lo hicieron posible, pues mejor.

Jessica sostuvo su mirada un largo momento. Luego asintió lentamente.

—Gracias.

—No hay de qué. Ahora, acabad de desayunar. Luego tengo que revisar esa herida.

---

La mañana transcurrió con una calma inusual. Tomás cambió el vendaje de Jessica con una pericia que delataba años de experiencia —Kaeil no preguntó dónde la había adquirido— y declaró que la herida evolucionaba bien, aunque aún quedaba mucho para la recuperación total.

Mateo salió a explorar los alrededores con Daniel, enseñándole nombres de árboles y pájaros. Elena ayudó a Tomás con las tareas de la casa, lavando ropa, ordenando la cocina, preparando conservas con las verduras del huerto.

Kaeil se sentó junto al arroyo con Jessica, que descansaba apoyada en su hombro. El sol calentaba suavemente, y el rumor del agua era como una canción de cuna.

—¿En qué piensas? —preguntó él.

—En nada. Por primera vez en mucho tiempo, en nada.

—¿Se siente bien?

—Extraño. Pero bueno.

Kaeil sonrió y besó su pelo.

—Me alegro.

—¿Y tú?

—Yo pienso en el futuro. En lo que haremos cuando todo esto termine.

—¿Y qué piensas?

—Que quiero una casa. Pequeña, pero con jardín. Y un perro. Y despertarme cada mañana a tu lado.

Jessica se rió, una risa baja y ronca.

—¿Un perro? ¿En serio?

—Sí. Siempre quise un perro. De niño no podía tenerlo. Mi padre decía que los perros ensucian.

—Pues tendremos un perro. Y un jardín. Y nos despertaremos juntos.

—¿Lo dices en serio?

Ella levantó la cabeza y lo miró. En sus ojos, Kaeil vio algo que no había visto antes: paz.

—Lo digo en serio. Cuando esto termine, quiero intentarlo. Ser normal. Tener una vida normal.

—¿Podrás? Quiero decir, después de todo lo que has hecho...

—No lo sé. Pero quiero intentarlo. Contigo.

Kaeil la abrazó con cuidado, evitando su hombro herido, y sintió que el corazón se le llenaba de algo que no sabía nombrar. Felicidad, quizás. Esperanza.

—Lo conseguiremos —dijo—. Juntos.

—Juntos.

---

Al atardecer, Tomás encendió una hoguera en el exterior y todos se sentaron alrededor, envueltos en mantas. El cielo se llenaba de estrellas, y el frío de la montaña comenzaba a hacerse sentir.

—¿Qué pasará ahora con Crawford? —preguntó Mateo.

—Será juzgado —respondió Tomás—. Con las pruebas que habéis filtrado, no tiene escapatoria. Pasará el resto de su vida en la cárcel, si es que no le espera algo peor.

—¿Peor?

—La gente como él tiene muchos enemigos. Gente a la que traicionó, gente a la que usó. En la cárcel, esos enemigos suelen encontrarse.

Mateo asintió lentamente.

—Mi madre, mi padre, mi hermana... no volverán. Pero al menos, habrá justicia.

—La justicia no trae de vuelta a los muertos —dijo Jessica en voz baja—. Pero ayuda a vivir con ellos.

Hubo un silencio respetuoso. Luego Daniel, que había estado jugando con unas piedras, levantó la cabeza y dijo:

—Mamá, tengo sueño.

Elena lo tomó en brazos y se levantó.

—Vamos a dormir. Buenas noches.

—Buenas noches —respondieron todos.

Poco a poco, se fueron retirando. Kaeil ayudó a Jessica a levantarse y la acompañó a la habitación. Antes de entrar, ella se volvió hacia el cielo estrellado.

—Mira —dijo—. Las estrellas. Aquí se ven mucho más que en la ciudad.

—Sí. Es hermoso.

—Nunca me había parado a mirarlas. Siempre demasiado ocupada sobreviviendo.

—Ahora tienes tiempo.

Ella sonrió y apoyó la cabeza en su hombro.

—Sí. Ahora tengo tiempo.

Entraron en la cabaña, dejando atrás la noche estrellada. Pero las estrellas siguieron brillando, testigos silenciosos de dos almas que, después de tanto dolor, por fin habían encontrado un lugar donde descansar.

1
Maria Laura Perez
Excelente
magali cangana
Hermosa historia que nace de la Vida, te muestra como un encuentro se transforma en un amor fuerte capaz de superar las adversidades con las que se encuentran en el camino, amistades que se prolongan en el tiempo capaces de transformarse en una gran familia amorosa, fuerte y leal. Felicitaciones autora sigue escribiendo más historias tan atractivas como esta.
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