Ella es la ley. Él es el pecado. Rose Smith quiere justicia; John Blake quiere poseerla. Un juego macabro de poder, mafia y deseo prohibido donde el odio es el mejor afrodisíaco.
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La Máscara de la Aliada
El efecto del alucinógeno empezó a remitir hacia el mediodía, dejando a Rose con una migraña que sentía como si le clavaran agujas de hielo en el cráneo. Se encontraba encerrada en la biblioteca, el único lugar de la mansión que sentía que podía "defender" con su intelecto. Había pasado las últimas dos horas obligándose a vomitar y bebiendo agua directamente del grifo, tratando de limpiar su sistema. Su mente analítica estaba trabajando a marchas forzadas, reconstruyendo los eventos del desayuno.
"No fue el cansancio", pensó Rose, apretando un pesado tomo de derecho penal contra su pecho. "Fue el té. Edith".
En ese momento, la pesada puerta de roble de la biblioteca se abrió con un gemido suave. Rose se puso de pie de inmediato, adoptando una postura defensiva, dispuesta a usar el libro como un arma si era necesario. No era John. Era Edith von Drake, luciendo una expresión que Rose no había visto antes: una mezcla de urgencia y una compasión tan bien fingida que resultaba aterradora.
—Rose, no digas nada. Solo escúchame —susurró Edith, cerrando la puerta con pestillo y revisando las sombras—. Sé lo que te está pasando. Sé que viste cosas que no estaban ahí.
—Tú me envenenaste —espetó Rose, su voz ruda regresando a pesar del malestar—. Pusiste algo en ese té.
Edith soltó un suspiro dramático y se acercó, manteniendo una distancia prudencial.
—Ojalá fuera tan simple como un veneno mío, querida. Es el aire de esta mansión. John ha activado esporas antiguas en las paredes para "ablandar" tu voluntad. Él no quiere a una abogada ruda que lo desafíe; quiere a una madre sumisa para su heredera. Lo que sentiste hoy es solo el comienzo. John te está volviendo loca a propósito para que el Consejo le otorgue la tutela absoluta y pueda deshacerse de ti legalmente.
Rose entrecerró los ojos. La lógica de Edith tenía sentido dentro de la paranoia en la que Rose estaba sumergida. Sabía que John era un manipulador maestro.
—¿Y por qué me dices esto? Tú quieres mi lugar. Quieres a John.
—Exactamente por eso te ayudo —respondió Edith, sus ojos fijos en los de Rose con una intensidad gélida—. No quiero a John "con un recuerdo". No quiero que él pase los próximos cien años suspirando por una humana encerrada en un sótano. Si tú desapareces con la niña, John sufrirá, sí, pero eventualmente volverá a su legado, a mí. Mi trono está vacío mientras tú estés aquí. Te quiero fuera de esta casa, Rose, por puro egoísmo.
Edith se acercó un paso más, bajando la voz al mínimo.
—Esta noche, John tiene una sesión obligatoria con el Consejo de Ancianos en la cripta subterránea. No subirá en horas. Es tu única oportunidad. He preparado un coche en la salida de servicio de las cocinas. Hay pasaportes nuevos para ti y para Bella bajo nombres que ni siquiera John podrá rastrear. Te ayudaré a huir, Rose. No por piedad, sino para recuperar mi vida.
Rose sintió un nudo en la garganta. La oferta era tentadora. Era la salida que había buscado durante años. Pero algo en la forma en que Edith evitaba mirar directamente a los ojos de la niña que dormía en el sofá de la biblioteca la hacía dudar.
—¿Por qué debería confiar en la mujer que reclama el trono de mi hija? —preguntó Rose.
—Porque soy la única que te ofrece una salida que no termina en un ataúd —sentenció Edith—. Piénsalo, abogada. Tienes hasta la medianoche. Si te quedas, mañana John te administrará una dosis más fuerte, y para el final de la semana, ni siquiera recordarás el nombre de tu hija.
Edith salió de la habitación sin esperar respuesta, dejando a Rose en un mar de dudas. Rose Smith sabía que estaba en medio de un juego de ajedrez donde ella era el peón, pero lo que Edith no sabía es que Rose siempre tenía un as bajo la manga. Miró su laptop y luego la puerta. Tenía que tomar una decisión: confiar en el diablo que conocía, o en la reina que prometía libertad a cambio de su desaparición total.