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Ecos Del Destino

Ecos Del Destino

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor eterno / Reencarnación
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Thanan

Monserrat Bellini vive una vida perfecta en Italia: riqueza, prestigio y un futuro asegurado. Pero dentro de ella existe un vacío imposible de llenar… y sueños que la hacen despertar llorando por un amor que no recuerda haber vivido.

Todo cambia cuando conoce a Dorian D’Angelo, el hombre que todos le dicen debería odiar.

Entre ellos nace una conexión inexplicable, intensa y peligrosa, como si sus almas se reconocieran desde siempre.

Sin embargo, cada vez que intentan acercarse, algo —o alguien— parece empeñado en separarlos.

Mientras fragmentos de un pasado olvidado emergen, Monserrat descubrirá que algunas historias no terminan con la muerte… y que el amor verdadero puede desafiar incluso al destino.

Porque hay amores que regresan.

Y destinos que nunca dejan de perseguirnos.

NovelToon tiene autorización de Thanan para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17: Lo que el cuerpo recuerda

El día después del sueño amaneció igual que todos los demás.

La misma luz entrando por la ventana. Las mismas grietas en el techo. El mismo silencio de la villa despertándose.

Pero algo en Monserrat era diferente.

Lo sintió cuando apoyó los pies en el suelo. El mármol, frío como siempre. Sin embargo, sus plantas, al tocarlo, esperaban otra cosa. Piedra más antigua. Más húmeda. Más viva. Permaneció un instante inmóvil, con los dedos encogidos contra la frialdad, esperando que la sensación pasara. Pasó, pero dejó un residuo. Como si la piel recordara un contacto que la mente no podía nombrar.

Se vistió.

Bajó a desayunar.

Valentina estaba en su sitio, con el teléfono en una mano y una tostada en la otra. Hablaron de cosas sin importancia. El café estaba en la temperatura exacta. Todo normal.

Pero cuando llevó la taza a los labios, sus labios recordaron otro calor.

Dejó la taza sobre la mesa. El café se enfrió sin que volviera a tocarlo.

—¿Monse?

—Sí. Perdón. Me distraje.

Valentina la observó un instante, ese instante suyo que veía sin preguntar. Luego volvió al teléfono. Monserrat no apartó los ojos de la taza. En el borde, donde habían estado sus labios, creyó ver por un momento el reflejo de una vela. Parpadeó. No había nada. Solo porcelana blanca.

Salió del comedor sin despedirse.

En la galería, el día transcurrió con la precisión de siempre.

Correos. Llamadas. Una reunión con Francesca sobre los últimos detalles de la exposición. Todo en orden. Todo bajo control. Pero entre una tarea y otra, en los huecos, su mente se iba.

No a imágenes. A sensaciones. El peso de un vestido que no llevaba puesto. El roce de una tela áspera contra la piel. El frío de una piedra que no estaba en ninguna pared de la galería. Una mano en su mejilla. Un beso que no había ocurrido.

Sacudía la cabeza. Volvía al trabajo. Los papeles, la pantalla, las palabras que debía leer y responder. Pero al rato, sin saber cómo, estaba otra vez allí. En esa habitación. En ese campo. Corriendo. El nombre de ella resonando en la oscuridad.

Francesca, al despedirse, le dijo algo sobre los textos de sala. Monserrat asintió. No recordaba nada de lo que había oído.

A media tarde, necesitó salir.

No sabía por qué. No había una razón concreta. Pero el cuerpo le pedía algo que no podía nombrar. Aire. Luz. Movimiento. Algo que la anclara a este mundo, a esta ciudad, a este día.

Salió de la galería y caminó sin dirección. Las calles de Florencia, las mismas de siempre, las que conocía de memoria. Pero ese día, al recorrerlas, había algo distinto. Una capa más. Una textura que antes no estaba. Como si la ciudad real y la del sueño respiraran al mismo tiempo y ella pudiera sentir el latido de ambas.

Pasó frente a una iglesia que había visto cientos de veces. La fachada de piedra. Las marcas de los siglos. Se detuvo sin saber por qué. Pasó la mano sobre la superficie. La piedra era más clara que la del sueño. Menos húmeda. Pero había algo en ella, en la manera en que el tiempo la había herido, que le recordó otra piedra. Otra pared. Otra vida.

Retiró la mano. Siguió caminando.

Llegó al río sin haberlo planeado.

El Arno, quieto, color cobre bajo el sol de la tarde. Se apoyó en la balaustrada del puente y se quedó mirando el agua. El sonido, abajo, era distinto al del sueño. Más lento. Más manso. No era un río que corría entre piedras invisibles en la noche. Era un río de ciudad, domesticado, con puentes, luces y gente paseando.

Pero el agua era agua. Y el sonido del agua, de algún modo, era el mismo.

Cerró los ojos.

Oyó el río del sueño. El que corría sin que pudiera verlo. El que sonaba constante, indiferente, mientras él le decía que tenía que irse antes del amanecer. Oyó también su voz, pronunciando su nombre con una entonación que no pertenecía a este mundo.

—Monserrat.

Abrió los ojos.

Dorian estaba a unos metros, apoyado contra la balaustrada, mirándola.

No sonrió. No dijo nada más. Solo estaba ahí, como si hubiera aparecido sin querer, como si el puente fuera un lugar donde cualquiera podía estar a esa hora. El sol le caía de lado, iluminando la mitad de su rostro y dejando la otra en sombra. La misma luz del sueño. La misma sombra.

Ella tardó un segundo en responder. Un segundo en el que su cuerpo hizo algo que su mente no controló: un reconocimiento. No de quién era —eso ya lo sabía—, sino uno más antiguo, más hondo. Como si lo hubiera estado esperando sin saberlo.

—Dorian —dijo.

Solo su nombre.

Él asintió despacio. Como si eso fuera suficiente.

—¿Paseando? —preguntó.

—Sí. Necesitaba aire.

—Yo también.

Una pausa. El río abajo. Los coches detrás. La gente pasando sin mirarlos. En el silencio, ella oyó de nuevo el río del sueño. Por un instante, el agua del Arno sonó igual.

—¿Puedo acompañarla un rato? —preguntó él.

Ella no respondió. Pero cuando él comenzó a caminar, ella lo hizo a su lado.

Fueron por la orilla, hacia el Ponte Vecchio. Sin prisa. Sin dirección. Como si el paseo fuera lo único importante.

Hablaron de cosas sin peso. Del tiempo. De la luz. De cómo Florencia, a esa hora, tenía un color que no existía en ningún otro lugar. Conversaciones fáciles, las que no comprometen, las que podrían sostener dos desconocidos.

Pero entre una frase y otra había silencios. Y en esos silencios ocurrían otras cosas.

En uno de ellos, él se detuvo a mirar el agua. Ella lo miró a él. El perfil, la luz del atardecer en su rostro, la expresión que le resultaba inquietantemente familiar. La misma del sueño. La de todas las veces.

Y entonces ocurrió.

La luz cambió. No la del sol, que seguía cayendo igual. Otra luz. Más tenue. Más vacilante. La luz de una vela.

Parpadeó.

La habitación de piedra. El vestido. El aire a tierra y a noche. Él, a su lado, mirando el mismo paisaje oscuro.

Extendió la mano.

Y entonces—

El puente. El sol. El río.

Dorian la miraba desde unos pasos más allá, con una expresión que ella no supo leer.

Ella bajó la mano.

—¿Monserrat? —dijo él.

Su voz. La misma. La del sueño y la del puente. La misma.

Ella no respondió. No porque no quisiera, sino porque las palabras no llegaban. Porque su cuerpo temblaba ligeramente y no sabía si era por el frío del atardecer o por otra cosa.

Él dio un paso hacia ella. Solo uno. Lo justo para estar más cerca, para que ella sintiera su presencia del mismo modo que en el sueño: sin tocarla, sin necesidad.

—¿Estás bien? —preguntó.

Era la primera vez que la tuteaba.

Ella lo notó. En el cambio mínimo. En la intimidad inesperada de esa palabra. En la naturalidad con la que él la dijo, como si siempre hubiera sido así.

—Sí —respondió. Y su voz sonó extraña, lejana, como si viniera de otra persona.

Él asintió despacio. Sostuvo su mirada un momento más. Luego volvió los ojos al río, al sol poniéndose, a las luces que empezaban a encenderse en los puentes.

—Debería volver —dijo.

—Sí.

Él no se movió.

Ella tampoco.

Pasaron unos segundos. El tiempo suficiente para que el silencio dijera más que cualquier palabra.

—Buenas noches, Monserrat —dijo él al final.

—Buenas noches.

Él giró y caminó hacia el otro lado del puente. Su figura se fue perdiendo entre la gente. Ella no apartó la mirada hasta que desapareció.

Entonces se quedó sola, con las manos apoyadas en la balaustrada, sintiendo la piedra fría bajo las palmas.

La piedra.

Fría.

Como la del sueño.

El río siguió su curso. Constante. Indiferente.

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Graciela Valenzuela
está muy bonita 😍😍😍 pero yo pienso que ya deben avanzar los personajes principales ya va por el 22 y nada . si son de vidas pasadas por lo menos ella debería ya sentir amor quizás de querer buscarlo.
bueno esa es mi opinión igual está muy hermosa la novela 🥰
Xoo Moon
no se.por que pero la.trama esta muy lenta y no atrapa
GALATEA CORAZÓN ❤️🇨🇴🇨🇴❤️
Ellos son novios, creo que no viven juntos, pero si duermen juntos algunas veces, o sea tienen intimidad. Entonces
por qué siempre la besa en la mejilla? 🤔🇨🇴🇨🇴🇨🇴
annix
muy lenta repite casi lo mismo en cada capítulo.
Lorena del pilar Fritz Torres
lenta lenta la historia, nada memorable hasta el capítulo 15
annix
cada cuando salen los capítulos me.enganche
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