Javier Müller, heredero de una de las corporaciones más poderosas de Europa, siempre fue educado para ser perfecto: elegante, obediente y fuerte ante el mundo. Pero cuando la estabilidad financiera de su empresa se ve amenazada, su padre toma una decisión cruel: unir su fortuna con el imperio criminal más temido del continente.
Así, Javier es obligado a casarse con Damián Moretti, el mafioso número uno, un hombre sin corazón
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Capitulo 2: Un apellido por una alianza
🌑
Milán no recibía a los visitantes con hospitalidad; los recibía con un juicio silencioso. La ciudad olía a mármol antiguo, a lluvia reciente sobre el pavimento de piedra y a ese aroma metálico de la riqueza que se hereda y se defiende con garras.
La mansión Moretti se alzaba en las afueras como una fortaleza de estilo neoclásico, rodeada de jardines cuyos setos estaban recortados con una precisión quirúrgica, casi violenta. No era solo una residencia; era una declaración de guerra arquitectónica.
Allí no vivían hombres comunes que se regían por las leyes del Estado. Allí se tomaban las decisiones que alteraban los mercados bursátiles, que decidían la caída de gobiernos y que, como en este caso, sellaban destinos humanos con la misma frialdad con la que se firma una hipoteca.
Javier Müller descendió del automóvil blindado sin permitir que el chófer le abriera la puerta. Sus movimientos eran fluidos, pero cargados de una tensión eléctrica. Vestía un traje de tres piezas en gris marengo, cortado con tal perfección que parecía una armadura moderna. Su expresión era una máscara de indiferencia tallada en hielo, la única defensa que un Alfa puro podía permitirse en territorio enemigo.
Por dentro, sin embargo, cada paso que daba sobre la grava del sendero era un recordatorio de su nueva realidad. No había venido como un aliado. No había venido como un invitado de honor. Había venido como una propiedad estratégica, un activo transferido de una multinacional alemana a un sindicato italiano.
Mateo Ríos, su guardaespaldas de confianza y un hombre que había servido a los Müller desde que Javier era un niño, caminaba medio paso detrás de él, con la mano cerca de la solapa de su chaqueta.
—Aún podemos dar la vuelta, señor. El motor sigue encendido —murmuró Mateo, su voz apenas un susurro que el viento de Lombardía casi se lleva.
Javier no se detuvo. No podía permitirse esa debilidad.
—Un Müller no retrocede, Mateo. Y un Alfa no huye de una jaula, aunque sepa que los barrotes son de oro.
Las pesadas puertas de roble y hierro se abrieron de par en par antes de que pudieran siquiera anunciar su llegada. En el vestíbulo, bajo una lámpara de araña que parecía un cúmulo de diamantes congelados, los esperaba Luca Ferretti, el mano derecha de Damián.
—Bienvenido, señor Müller.
La frase fue cortante. No dijo "Javier". No dijo "futuro esposo". Solo el apellido, recordándole que su individualidad había sido borrada en el momento en que la pluma tocó el contrato en Frankfurt. Fue una bienvenida formal, fría y medida, diseñada para establecer quién tenía el control de la casa.
—El señor Moretti lo recibirá en el despacho principal —indicó Ferretti, señalando hacia una escalera de caracol que parecía ascender hacia las sombras.
Javier asintió con una brevedad casi insultante y avanzó. Los pasillos de la mansión estaban adornados con obras de arte renacentista: Madonnas que parecían llorar y retratos de antepasados Moretti con ojos que seguían sus movimientos.
Los suelos de mármol negro reflejaban su figura como un espejo implacable, devolviéndole la imagen de un hombre que se dirigía a su propia ejecución social.
Todo allí gritaba control. Todo, menos el hombre que estaba a punto de encontrar.
La puerta del despacho se abrió sin anuncio previo. La habitación era vasta, con paredes cubiertas de libros antiguos y un aroma predominante a tabaco de alta regalía y cedro.
Damián Moretti estaba de pie frente a una ventana, en una pose que era un espejo exacto de la que Javier había adoptado horas antes en Berlín.
Alto. Imponente. Una silueta oscura recortada contra la luz plateada de la tarde milanesa. No se giró de inmediato, permitiendo que el silencio se prolongara lo suficiente como para resultar incómodo.
—Llegas puntual —dijo Damián finalmente. Su voz era baja, un barítono profundo que vibraba en el aire con la autoridad de un Delta dominante. No era una bienvenida. Era una evaluación de daños.
Javier cerró la puerta a sus espaldas, ignorando la presencia de Mateo, que se quedó fuera.
—No vine desde Alemania para jugar a las formalidades, Moretti. Ahorrémonos el teatro.
Damián finalmente se dio la vuelta. Sus ojos eran casi negros, orbes de obsidiana que parecían capaces de desmantelar la estructura molecular de cualquiera que se atreviera a sostenerle la mirada.
A sus 27 años, Damián poseía una gravedad que no correspondía a su edad; era la carga de un hombre que había visto demasiada sangre y había tomado demasiadas decisiones irreversibles.
Se estudiaron en silencio. Era un duelo de voluntades. Ambos eran dominantes por naturaleza, dos depredadores alfa (y uno delta) encerrados en una habitación donde el aire parecía volverse escaso. Ninguno de los dos estaba acostumbrado a inclinar la cabeza, y esa rigidez compartida era lo que hacía que la atmósfera fuera tan explosiva.
—Supongo que esperabas algo diferente —murmuró Damián, dando un paso lento hacia el centro de la estancia—. Tal vez una disculpa por el contrato, o una mano extendida en señal de falsa amistad.
Javier sostuvo la mirada sin pestañear.
—No esperaba nada de ti, Damián. Los hombres como tú no piden perdón por lo que compran. Solo se aseguran de que la mercancía llegue sin defectos.
Una chispa peligrosa, una mezcla de ira y curiosidad, cruzó los ojos del Moretti. El Delta dio otro paso adelante. No fue invasivo, pero la proximidad permitió que Javier percibiera su aroma: algo oscuro, como tormenta y tierra mojada, una fragancia opresiva que intentaba doblegar su propio instinto de Alfa.
—Este matrimonio —dijo Damián, bajando aún más el tono de su voz— no cambia absolutamente nada de lo que siento por Ángel.
El nombre de Ángel Blanca cayó entre ellos como una piedra lanzada a un estanque de cristal. Fue un golpe directo, una advertencia de que, en esa unión, Javier siempre sería el tercero en discordia, el intruso necesario pero no deseado.
Javier no mostró dolor, aunque el desprecio implícito le escociera en el orgullo.
—No vine a Milán para reemplazar a nadie, y mucho menos para mendigar un afecto que no me interesa. Soy un Müller. Mi valor no depende de tu atención.
—Más te vale recordarlo —sentenció Damián.
Continuará...
Damián Moretti
Edad: 27 años
Posición: Heredero del Imperio Moretti
Subgenero: Delta Puro Dominante
Damián es un hombre que nunca aprendió a perder.
Fue criado bajo la filosofía Moretti:
"El poder no se negocia. Se impone"
Frío en público.
Controlador en privado.
Obsesivo cuando ama.
No grita innecesariamente.
No golpea por impulso.
Su crueldad es estratégica.
Ama a Ángel Blanca con una intensidad enfermiza. No sabe diferenciar entre amor y posesión. Para él, amar es pertenecer.
Cuando pierde algo, no lo procesa.
Lo destruye.
Y Javier se convierte en el símbolo viviente de su pérdida.
El final me encanta, es lo que se necesita para este tipo de historias.
Bueno no se que comentar más, muy buena historia.