Capítulo Nueve.
Noches sin sueño.
Logan.
Aquellos ojos azulados quedaron grabados en mí esa noche, y ni siquiera supe el nombre de aquella cautivadora mujer. Unos hoyuelos preciosos, y ese cabello largo y lacio color miel dorado. Después de ese día la busqué, pero no la encontré. Ni siquiera sé por qué lo hice, después de todo una mujer así no es mi tipo, pero sin darme cuenta así fue la situación.
Los días pasaron, y esa mirada de llanto que recuerdo, se ha quedado grabada en mi sien. Hoy sé que será un día insoportable, me bajo del coche, y Leo mi asistente, me espera con una pila de carpetas en mano. Miro hacia el recibidor de entrada y no quiero ni pasar por ahí, Alexandra y su carisma falso tienen el poder de fastidiar en tiempo récord todo mi pensamiento, no tengo ganas de soportarlo hoy, no quiero saber de esa voz chillona y nasal que defenestra la "lindura" que las operaciones han hecho en su cuerpo
Leo me observa, comenzando a hablar, en voz baja y calmada.—Señor Walton, buenos días, el señor Black pidió hablar sobre la reapertura del centro comercial de...—Miro una vez más en dirección al recibidor y allí una pequeña mujer intenta hablar a Alexandra, la veo girarse algo...¿Decepcionada quizá?, con unos ojos oprimidos, y las pequeñas manos nerviosas en su pecho, siento mi respiración irse, junto a la voz de Leo a mi lado y freno en seco, me doy cuenta, unos deslumbrantes y azules orbes se dejan ver claramente para mí.
Los nervios se clavan en mi pecho, mientras sopeso la idea siquiera de poder moverme del lugar en el que estoy. ¿Yo, nervioso?, el mejor empresario de la ciudad, no es que sea fanfarrón, pero el más apuesto seguro. ¡Vamos, quien podría tener el porte y el carisma que yo me cargo.... nadie!
Mis ojos siguen sus pequeños pies, que van tan rápido como pueden, los azules ahora miran fervientemente el suelo del edificio, tanto así que ni percibe a nadie en el lugar.
Una sensación me sube desde los pies hasta mi estómago, haciendo revoluciones increíblemente dolorosas, ante aquella pequeña presencia.
¿Nervioso yo?, ¿Por una mujercita?...Bah...
Intento, sin éxito, seguir mi camino al ascensor, trato de no voltear para ver a la mujer, que ya casi sale del edificio por la puerta de cristal.
—¿Era ella?—me cuestiono en voz alta y Leo me mira. —¿Quién señor?—, me giro nuevamente y ella ya no está, instintivamente mis ojos se pasan en Alexandra y ella está arrojando la carpeta blanca que esa mujer le entregó al cesto de basura... ¿Qué demonios hace?
Después de dudarlo bastante, me acerqué al recibidor, más por la intriga instaurada, que por otra cosa, listo para escuchar toda clase de halagos, que no necesito, justo de esa boca chillante,—¡Señor Walton, buenos días!—la rubia contenta sus pechos sobre el recibidor, que hasta hace dos meses no existían en ese calamitoso cuerpecito.—¡Buenos días!, dame lo que arrojáste al cesto de basura, por favor.—le digo en seco y ella me ve algo rara.—Señor, eso no era de importancia. — dice dándome una sonrisa. Arrugo la frente instintivamente, y ella hace una mueca con su cara como de miedo.
—¡Alexandra, yo decido qué es importante y qué no aquí! soy el dueño de esto... que no se te olvide!— mi voz sin querer ha salido un poco tosca, y más alta de lo habitual, es que no estoy para soportar a nadie, después de haber pasado la quinta noche soñando con esos ojos y sin dormir.
Sin dormir por una mujer de tamañas y apetecibles proporciones que a la vez... no son mi tipo... sólo porque la salvé de un tremendo imbécil. Ella podrá no ser mi tipo, pero es una mujer. Ese día simplemente cuando vi la situación, la rabia me comió el alma; y hubiese dado una buena lección a ese tipo, si no hubiese sido por ella.
La rubia de raíces negras como mi alma, que está frente a mí, se da la vuelta para recoger de la basura una carpeta color blanco, me la entrega de mala gana, y se la arrebato impaciente de las manos. Unos dedos largos y finos, algo huesudos y de uñas rojas se resisten un poco apretando y lanzo un gruñido bajo. La paciencia no es una característica que resalte en mí de todas formas, después de todo mi presencia y mi figura son lo que mejor me favorece—¿ Acaso creés que tengo todo el tiempo del mundo?— Suspiro, con el revuelto de emociones instauradas en mi estómago, y ella baja su mirada. Abro la carpeta, se encuentra llena de documentación, busco entre los papeles... recorriendo rápido con mis ojos cada renglón ahí escrito...rebuscando con animosidad, siento ansiedad..."Secretariado en administración de empresas... jurídica y contabilidad....especializada en marketing".
Bastante interesante, levanto una ceja, sin más voy a la foto adjunta, sin dudas es la dueña de los dichosos ojos, miro el nombre allí plasmado.
“Génesis Hoffman"... tú y yo tenemos que conocernos.
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Comments
Delia Alonso
Me gusta la historia...es diferente
2024-04-21
0
mi chang😋
ohooo ya me atrapó!!
2023-02-01
0
Martha Padilla
Sabía que se tenían que encontrar 🤭🤭🤭
2022-11-18
1