Dos polos opuestos
Al sonar el timbre saqué los auriculares y me puse a escuchar el segundo concierto de Vivaldi porque debía tocarlo en la clase de violín con los otros músicos. Mis compañeros me saludaron y salieron primero. Guarde todo y cuando llegue a la puerta de entrada vi que estaba el hermano de Benjamín apoyado en la pared. Al verme sonrió y me saludó. Yo me quité los auriculares y le devolví el saludo.
—Hola. Te estaba esperando. Vi que los demás salían y pensé que ya te habías ido —me dijo con una sonrisa en sus labios.
Maldito chico sexi que me pone nerviosa con solo sonreír. Parecía que iba a tener que acostumbrarme a verlo así. Aunque cada vez que lo hacía seguía sintiéndome como una tonta y hacía que me estremeciera. Le pregunté por qué me estaba esperando y me dijo que era para que nos tomáramos juntos el colectivo.
—Sé que vivís cerca de mi casa —dijo y empezamos a caminar a la parada.
—¿Cómo sabes eso? ¿No me digas que eres un acosador? —le pregunté y él empezó a reírse.
—Por ahora no necesito acosar a nadie. Es solo que una vez te vi salir de tu casa cuando el colectivo pasaba por ahí. Yo vivo a diez cuadras de ahí.
—Ah. Entonces me quedo más tranquila —dije y él me volvió a sonreír. Este chico iba a matarme si seguía siendo tan simpático.
—¿En qué estás pensando? —me preguntó y me tomó por sorpresa.
No podía decirle que me estaba haciendo la cabeza con él, así que le dije, estaba pensando en su hermano Benjamín. Él dejó de sonreír y me preguntó por qué. Le dije que teníamos tarea y no sabía si él tenía a quién pedírsela.
Entonces tomó mi mano lo que hizo que me sonrojara. No me di cuenta de lo que hacíamos hasta que llegamos a la puerta de un local. Me había llevado a una fotocopiadora para que copiara mis hojas para Benjamín. Traté de calmarme, si seguía así iba a tener un síncope. Al salir de la fotocopiadora vimos que venía el colectivo así que corrimos. Al subir estábamos agitados y nos reíamos como dos tontos.
—Estoy fuera de forma —dijo abrumado.
Parecíamos conocernos de toda la vida. Era muy fácil hablar con él. Y siempre se veía de buen humor. Mientras hablábamos me di cuenta de que yo aún no sabía su nombre.
—Tengo que hacerte una pregunta, pero me da vergüenza —dije y él pareció atrapado por la curiosidad.
—Prometo responder con la verdad —dijo haciéndose una cruz en el pecho.
—En realidad es un reclamo, ya que al final no me dijiste tu nombre —dije y los dos volvimos a reír.
—En mi defensa tampoco me dijiste el tuyo. Soy Máximo Salvatore, un gusto —dijo y me dio la mano.
También se la di y volví a tocar su piel. Miles de pensamientos pasaron por mi mente. Deseaba aferrarme a esa mano y no soltarlo nunca más. Quería que el tiempo se detuviera y ambos quedáramos tomados de la mano.
—Yo me llamo Ana, Ana Martínez —dije mientras sentía cómo apretaba mi mano con delicadeza y el calor de la suya se transfería a la mía causando que me pusiera muy nerviosa.
Él me explicó que sabía mi nombre por Benjamín y por mi libreta. Solamente que yo no me había presentado formalmente. Hablamos todo el camino y antes de que me bajara del colectivo me pidió mi número de celular, pero le dije que no tenía. Mis abuelos no me dejaban tener teléfono todavía. Maldije, mi miserable vida falta de tecnología. Mi alma lloraba al entender que estuvimos a punto de tener el teléfono del chico más lindo y simpático del mundo entero, pero no lo conseguimos por no tener celular.
Nos despedimos con un beso en la mejilla y toque el timbre para bajar. Hubiera sedeado que el viaje fuera mucho más largo. Mi pecho dolía como si me faltara el aire. Algo que me gustaba terriblemente ¿Acaso me había vuelto masoquista? Cuando estaba con él parecía que el mundo no importaba y el tiempo se detenía. Era una sensación maravillosa que hacía que olvidara lo malo de mi vida.
Esa noche en la ducha me puse a practicar en cómo besar a un chico. Mía me había explicado cómo se hacía, pero yo aún no había tenido la oportunidad de hacerlo con alguien. Deseaba que fuera con alguien especial para mí.
La semana pasó volando y el sábado a la tarde fui al grupo al que mi abuela me había obligado a anotarme. Ahí conocí a María, una chica que había perdido a sus padres en un accidente de tránsito hacía unos años y a Daniel que había perdido a su mamá de la misma manera que yo. Había historias muy trágicas como la de uno de los chicos que había visto a su papá colgado después de haberse suicidado. Fue un fin de semana fuerte, pero me ayudó a saber que no era la única que vivía con ese peso encima.
El coordinador era Ezequiel, él y yo nos conocíamos porque sus padres eran amigos de mis abuelos. Su ayudante era un tal Matías. Un morocho alto de ojos color miel que siempre estaba serio y casi nunca hablaba. Parecía bastante apático, aunque cuando sonreía se veían sus dientes blancos y perfectos. Si lo mirabas de cerca su tez oscura brillaba como si su piel fuera de porcelana, pero de color chocolate intenso. No es que yo me la pasara viéndolo, pero era muy lindo para no notarlo. Tampoco es que estaba ciega como para no poder admirar una belleza como la de ese chico.
Una de las tardes estábamos con las chicas del grupo preparando las cosas para una reunión que Ezequiel había organizado. Se suponía que todos invitaríamos a un familiar, así que trabajamos duro. Matías vino y de mala manera dijo que habíamos acomodado mal las mesas.
—Yo seguí la indicación —le dije mostrándole la hoja que me habían dado y él pareció enojarse más al ver que no le daba la razón.
—¿No entiendes?, ¡Así está mal! —me dijo intentando intimidarme, pero no lo iba a lograr.
Me acerqué a él y le dije que si él hacía mal las indicaciones no era culpa nuestra. Que explicara que era lo que quería, y así nosotras enseguida lo arreglaríamos. María le hizo una seña que no entendí y él se calmó y nos explicó lo que se supone que debíamos hacer. Después de eso se fue y nosotras rápidamente arreglamos todo.
—¿Qué le pasa a ese tipo? —pregunté enojada.
Matías me sacaba de quicio pese a ser tan lindo, era un soberbio y un mandón. María me miró y me pidió que le tuviera paciencia.
—Hoy es el aniversario de la muerte de su madre —me dijo y yo me sentí terrible.
Autora: Osaku
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Updated 269 Episodes
Comments
Estrella Guadalupe Martinez Vera
okey se entiende pero pues no es uno adivino caray
2024-09-10
1
Anonymous
Pobres chicos todos los de ese grupo con tanta tragedia en sus vidas
2023-10-09
4
Patty
Que bien que tenga personas que han pasado por lo mismo y así apoyarse
2023-09-13
1