Hizo una mañana brumosa en el Reino de Sorin, el sol apenas comenzaba a asomarse en el horizonte. Las olas rompían contra los pilares del muelle y el aroma a sal se impregnaba el aire. Em ese lugar los pescadores estaban ocupados descargando sus redes, llenas de peces que brillaban y saltaban al primer contacto con la superficie.
—Las cartas y la comida tienen un precio. —Habló Uriel seriamente apenas llegó acompañado de su protegido al muelle. —Será mejor que lo pagues.
Yara no le respondió. Ambos estaban vestidos de manera sencilla para no llamar la atención, aunque la presencia de los guardias de Uriel arruinaban esa ilusión de anonimato.
Ella había vuelto a sujetarse sus pechos con vendajes y la vistieron con ropa de lino al borde del desgaste, y a pesar de su insistencia Uriel no le permitió cortarse el cabello por lo que lo tenía atado en una cola de caballo para no estorbar.
Su herida se había curado completamente, y tal como lo prometió su primer trabajo comunitario seria en el muelle de pesca. Yara no pudo evitar sentirse en su hogar, aunque estaba lejos de sentirse tranquila.
Uriel también aprovechó ese trabajo comunitario para recibir a Wilson Napoleón, quien de seguro venía a monitorear como se encontraban las cosas entre ambos.
—Muévete, esos peces no se descargarán solos. —Convidó el rey con un tono de burla.
Uriel presumía que Yara no sabía nada del trabajo manual en el mar, y estaba en lo cierto. Ella se acercó cautelosa al muelle, donde capturó las miradas curiosas de los marineros, pero pronto unas sonrisas burlonas se dibujaron en sus rostros.
—Es una niñita ¡Jaja!
—No podrá ni con la red vacía. —Murmuraban los marineros.
—Esas manos nunca han destripado un pez...
—¿Ahora son viejas chismosas? ¡Muévanse, holgazanes! —Apareció el capitán, un hombre robusto y de aspecto rudo. —Así que tú eres el joven que va a trabajar hoy con nosotros. Muévete niño, debes esforzarte si quieres seguirnos el ritmo.
El capitán le golpeó el hombro con "amabilidad" mientras lo dirigía a uno de los barcos anclados. Su tarea parecía simple, pero desconocida: descargar las redes repletas de peces y llevarlos en cajas a las mesas de limpieza.
Eran más pesadas de lo que pensaba, y los peces eran bastante escurridizos. Sus manos y su espalda comenzaron a reaccionar negativamente al peso excesivo, sus manos rojas e irritadas pronto tendrían callos. Su rostro empezó a enrojecer bajo el sol y el sudor le bañaba la frente empapando su camisa.
A su alrededor, marineros robustos y curtidos descargaban cajas y redes, moviéndose con una eficiencia que Yara no podía alcanzar. Una caja que ella llevaba equivalían a diez de los marineros. Debido a eso uno de ellos quiso hacerse el chistoso, y cuando Yara venía cargando una caja atravesó su pie para hacerla tropezar.
Gracias al pie y lo resbaloso del suelo Yara cayó junto a los peces de la caja. Si antes estaba adolorida, ahora más por la caída.
—¡No estorbes, coño! —Gritó el marino, en lo que se retiraba junto a sus compañeros.
Yara maldijo en voz alta, quería darle un puñetazo. Pero no pensaba rendirse. Tratando de ocultar su agotamiento, levantaba caja tras caja con determinación, observaba los movimientos veloces de los pescadores y con el pasar de las horas comprendío el ritmo y la coordinación que el trabajo en el muelle requería. Aunque claro, el trabajo era duro y físico para un hombre de verdad, también era meticuloso.
A lo largo de la mañana, Yara también asumió otras tareas: apilar cajas de pescado, remendar redes rotas y empujar los carritos a los mercados locales ignorando sus músculos adoloridos y ampollas en las palmas.
Con cada acción, Yara iba ganándose el respeto y el asombro de los marineros. A la vez, Uriel observaba toda la travesía de la joven mientras fingía escuchar al viejo de Napoleón.
—¿Cómo lo ves? —Preguntó el viejo rey, tomando una taza de té.
—Es una ternurita. —Comentó el pelinegro con gracia. —Me ofreció hasta su vida a cambio del bienestar de sus amigos.
—¿No será pura habladuría? El viejo Kao Altaluna nunca habría dicho eso por Thomas o por Fabio...
—Él no es su padre. —Impuso Uriel. —Y si yo lo termino de criar, Platina tendrá un rey nuevo y prospero.
Wilson miró sorprendido al rey de Sorin por sus palabras, parecía como que en verdad quería lo mejor para la joven heredera y no un cochino interés comercial.
—Por cierto, tienes un asunto pendiente. —Aclaró el rey de Onora. —Bueno, en realidad es asunto del joven Kao, pero como tú eres su tutor legal te corresponde a ti. Sir Reggie, Sir Philip, traigan a la jovencita.
—E-Eh... si, la-la jovencita... —Tartamudeaba el caballero nervioso. —Pues ella...
—Se escapó.
—¿Cómo que escapó? —Exclamó Wilson enojado. —¿Cómo dejaron que escapara?
—¿De quién hablan? —Cuestionó Uriel preocupado.
Los guardias enloquecieron en busca de la fugitiva, mientras que por otro lado, Yara seguía en su trabajo de cargas peces hasta que se le acercó una mujer joven que mantenía su rostro cubierto.
—Buenas tardes joven, ¿Me da un pescado?
Yara se quedó inmóvil por un momento, pues se le hacía raro que alguien comprara pescado en el muelle y no en el mercado.
—Lo siento, yo no vendo señorita... —Dijo la rubia, pero la mujer insistió.
—Me lo da sin cabeza, por favor.
De repente la mujer sacó una navaja y Yara se sobresaltó aterrada, fue ahí que vió a la mujer al rostro y se le hizo familiar esa expresión de ira mezclado con venganza.
Se dio cuenta de que ella era el pescado al que le querían arrancar la cabeza.
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Comments
Taylor Suárez
Porque no?, el cabello no es suyo 😠
2024-10-15
2
GMJ
me gusta la trama
2024-06-11
2