Esa fue la última vez que Yara vió a sus amigos, y a su padre. Sus aliados pondrían en marcha el plan para asesinar el rey de Sorin, así que solo quedaban esperar noticias. Las sirvientas y los soldados que quedaron al cuidado del príncipe escuchaban atentamente la radio o la llegada de alguna paloma mensajera. La espera los ponía ansiosos.
A Yara no le importaba mucho, los siguientes días pasaron normales, tranquilos y aburridos. Sus clases y entrenamientos de artes marciales continuaron como si nada. En realidad, el que su padre estuviera o no le daba completamente igual, incluso prefería su ausencia, ya que se sentía menos presionada hasta para respirar.
—Terminamos por hoy mi príncipe, descanse. —Le dijo su profesor de artes marciales.
Ambos se despidieron con una reverencia, aunque más que un maestro era su compañero, ya que de seguro si se enfrentaban en un combate sería Yara quien le ganaría. Tranquilamente, fue hacía un toldo con una silla que se encontraba en el jardín, llena de cómodos cojines que la ayudarían a descansar.
—Mi príncipe. —A Yara se le acercó una muchacha joven de la servidumbre, le hizo una reverencia y se mantuvo con la mirada gacha. —¿Se le ofrece algo para tomar?
Yara la miró con atención, no recordaba haber visto a la chica anteriormente. Era muy joven comparada a las otras sirvientas que casi tenían arrugas, además de que ellas acostumbraban a vestir colores opacos como negro, marrón o gris para no resaltar. Pero esa muchacha traía un bonito vestido color lila y oscuro cabello negro sin algún rastro de canas.
—Nunca te había visto por aquí, ¿Acaso eres nueva? —Preguntó Yara frunciendo el ceño.
—E-Eh... S-Si, mi príncipe. —Dijo la sirvienta nerviosa. —Espero no le moleste mi presencia.
—No, no, para nada. Solo decía... —Aclaró la rubia. —¿Puedes traerme un poco de té verde, por favor?
—Como usted ordene. —La chica hizo una reverencia antes de marcharse a buscar el pedido.
Yara se quedó a esperar el té, observando las montañas de si isla llegar hacía el cielo azul. Ahora que lo pensaba nunca había salido de los muros del palacio, envidiaba a sus amigos porque ellos al menos veían un paisaje diferente cuando venían a visitarlo. ¿Algún día sería digna para que su padre le diera el permiso de salir?
—¡Lo logró! ¡No puede ser, lo logró! —Comenzó a gritar una mujer de la tercera edad en dirección a los soldados que vigilaban el jardín. —¡El rey logró matar a Morgan Soltani! ¡El rey de Sorin está muerto!
Yara y los soldados que la custodiaban quedaron estupefactos al escuchar la noticia, pero no parecía ser ninguna broma debido a que todos en el Palacio celebraban la noticia extasiados.
—¡Lo acaban de anunciar por la radio, el mundo está vuelto loco! —Gritó la misma mujer.
—¡Esto hay que celebrarlo! ¡Al fin sus islas y playas serán nuestras! —Declaró uno de los soldados, animando a los otros a bailar de alegría y a difundir la noticia por todo el reino.
Yara no supo si estar feliz, debería estarlo, pero si lo hacía sería como forzar algo que no sentía. No es que sintiera pena o tristeza por el rey de Sorin, ni siquiera lo conocía y lo poco que sabía de él es que era un desgraciado. Simplemente, presentía una mala espina, un mal augurio de algo que estaba por venir.
—Sírvase mi príncipe. —"Kao" despertó de su trance cuando llegó la sirvienta sonriente a servirle el té. De seguro escuchó la noticia también. —A su salud.
—Gracias... ¿Tú nombre es?
—Corina, mi príncipe. A su servicio. —La sirvienta colocó la taza sobre una mesa de vidrio frente al sillón y con la típica reverencia desapareció de su vista.
Yara tomó su taza de té caliente y se puso a observar como todas las personas del palacio, incluyendo soldados y sirvientas, bailaban y festejaban la victoria de su padre. Acercó el té verde a su boca para soplarlo y de inmediato percibió un aroma extraño y desagradable. Ella miró confundida la bebida, decidió ignorar el olor y tomar un sorbo, el cual fue mucho peor.
Aquel té sabía horrible, era imposible que se lo pudiese beber. Yara estuvo a punto de llamar a alguna de las sirvientas para quejarse cuando de repente sintió por la espalda un filo cortante que se aferró a su garganta.
—Te crees muy listo, eh niño... —Escuchó la voz de Corina en su oído. Al parecer ella era la atacante y quien había puesto un veneno en su té. —¡Pero hoy te vas a morir! ¡De una manera u otra, maldito bastardo!
—¡Él príncipe! ¡Están atacando al príncipe!
Una de las sirvientas se dio cuenta y comenzó a gritar por la vida de su príncipe. La celebración se detuvo de un momento a otro, los soldados sacaron sus armas con la intención de lastimar a la atacante.
—¡No se acerquen! —Amenazó Corina, haciendo más presión en el cuello de Yara. —¡O lo mato!
Yara permaneció serena con ese cuchillo en la garganta a comparación de los soldados desesperados que no sabían qué hacer, y las sirvientas que veían la muerte de su príncipe como un final bastante asegurado.
—Tu padre me lo quito todo. —Le susurró la atacante con rabia y rencor en sus palabras. —Mi hogar, mi familia... ¡Me lo quito todo! ¡Ahora yo también le quitaré lo más importante para él!
Las amenazas de Corina hacían estremecer a los espectadores, y Yara solo podía pensar en lo inútiles que eran. Por lo tanto, ella decidió acabar con ese circo demostrando su fuerza y habilidades, agarró desprevenida a su atacante y la hizo girar sobre su espalda. Corina cayó sobre la mesa de vidrio que terminó hecha añicos, con la atacante en el suelo y los papeles invertidos, ahora era Yara la que estaba encima de ella amenazándola con la misma daga.
Los soldados se sorprendieron por el acto defensivo de su príncipe, pero no sé quedaron a mirar, de inmediato corrieron a arrestar a la atacante.
—¡Insolente cucaracha! ¡¿Quién te mando a matar a nuestro príncipe?! —Exclamó uno de los soldados dándole una cachetada a la chica, quien se encontraba herida por los cortes de la mesa.
—Fu-Fue su rey... él mismo me motivó a venir para vengarme. —Corina lo encaró mientras luchaba contra el dolor. Pero ese soldado no le importaba, observó a Yara con esos ojos llenos de ira. —¿Acaso sabes quién es tu padre, niño? Es un hombre malo que ha matado a muchas personas, ¡Un genocida!
—¡Cállate mujer! —El soldado le dio otra cachetada.
—¡No lo haré! ¡Ese pedazo de tierra firme que dicen que es suyo, eso es mentira, es mío! ¡Del reino de Khall!
—¿Reino de Khall? —Dudó Yara frunciendo el ceño.
—Si... ese reino que tu padre se encargó de borrar de los mapas colocando el maldito nombre de Platina. —Decía Corina al mismo tiempo que forcejeaba contra los soldados. —¡Ese es el reino de Khall!
—No la escuche mi príncipe, solo dice tonterías. —Le dijo el soldado. —¡Llevénsela!
—¡Son unos bastardos! ¡Juro que la maldita dinastía de Kao Altaluna acaba contigo niño! —Gritó la mujer fuera de quicio, forcejeando y peleando con sus pies siguió gritando hasta que su voz se deshizo en la lejanía. —¡Tengan miedo de mi, voy a volver! ¡Lo juro como que me llamo Corina Lotoblanco!
—No se preocupe mi príncipe. —Aseguró el soldado, al ver el rostro desconcertado de Yara. —Mataremos a esa mujer y a todos los que quieran lastimarlo.
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