Yara recordaría ese día.
El día en que las cosas comenzaron a ir mal.
Luego de que estalló la guerra los herederos de dos naciones tuvieron que mudarse de refugio como tres veces para protegerlos de algún enemigo. Cada día los sirvientes que los atendían eran escasos, conservando los que se creían de mayor confianza.
Un día, en medio de tantos días tensos, sus padres llegaron discutiendo al refugio. A Yara le causó cierto confort ver a su padre con vida, pero él desprendía un aura oscura y despiadada que lo mejor para ella era permanecer lejos.
—¿¡Qué mierda hiciste Kao!? —Thomas Loretti entró gritando de la desesperación. —¡Demasiado peso tuve que lidiar con la traición de Fabio Girardot, para que vengas tú también a cometer una locura!
—Eres una maldita gallina, sabes que a Rysto le importaba un carajo salvar a su hijo. —Argumentó el padre de Yara.
—¡Pero no se suponía que debías matarlo! —El rey de Arcelia tiraba todo lo que se atravesaba en su camino. —¡Mierda, mierda!
El Rey de Platina gruñó de malhumor, en eso miró a Alexander y a Yara observarlos desde la escalera.
—Vámonos Kao. —Ordenó su padre. —¡Muévete, ya!
Yara no lo hizo esperar, rápidamente subió a recoger sus cosas y después bajó con sus maletas solo. Alexander lo miró con tristeza, no quería que su mejor amigo se fuera en medio de una situación tan peligrosa, pero no podían contradecir a sus padres.
—¿Te vas así cobarde? ¡Ja! —Exclamaba Thomas mientras veía a su ex aliado partir con su heredero. —¡Ojalá y te maten en el camino! ¡Miserable!
Yara y su padre se fueron del reino de Arcelia acompañados de una fuerte tormenta nocturna, Kao rezaba para que el auto en el que iban no se quedará atascado en el barro. Padre e hija estuvieron varias horas en silencio, la última conservaba muchas dudas sobre lo que había pasado.
—¿Por qué lo mataste? —Preguntó Yara en un momento de valor.
—Era un maldito niño mimado que me sacó de quicio. —Respondió el rey chasqueando la lengua. —Por mi la sangre de Rysto Terranova se puede morir hoy.
—Pensé que Rysto era tu aliado.
—Thomas también era mi aliado, y viste como se echó para atrás. —Cada palabra de su padre era como una daga que amenazaba la vida de Yara. —En la vida de un rey no hay amigos, ni aliados, solo el bien de uno mismo. Grábate eso, Kao.
Esa fue la última conversación entre ambos, el miedo hacia su progenitor la hizo callar. Estuvieron toda la noche en la carretera, no fue hasta que amaneció cuando la tormenta se desvaneció y llegaron a la costa, donde tomarían un barco hacia su palacio.
Yara no durmió en todo el viaje. No obstante, tampoco tenía ánimos de pegar un ojo, el ambiente era tan desesperante y agobiador que no podías estar en paz. Temía por su vida, por la de sus amigos, e incluso por la de su padre. Apenas tenía 15 años, todavía debía aprender mucho y no era la ocasión adecuada para perderlo.
Sin embargo, al parecer sus pensamientos intrusivos predecían un mal augurio a punto de venir.
—¡Barcos de Sorin!
Los gritos y la angustia despertaron en el barco al escuchar aquel aviso, Yara se asomó por la cubierta y pudo ver una flota con banderas del sol dorado perteneciente a Sorin. El rey ordenó que fueran más rápido, después de todo las costas de Platina y el palacio alcanzaban a verse, pero esto no tuvo demasiado efecto. A medida que los barcos del enemigo se acercaban no tuvieron más opción que ir tomando armas.
Esa fue la primera vez que a Yara se le permitió pelear.
La decisión por parte de su padre no la desalentó ni la intimidó, pero si la hizo darse cuenta de que estaban en una posición de desventaja, es decir, que si salían con vida de ahí, sería por puro milagro.
—¡Rey Kao! —A través de un megafono se oyó la voz de un hombre proveniente de los barcos de Sorin. —¿Recuerdas todo lo que nos quitaste? ¡Ahora te devolveremos el golpe multiplicado!
Esa amenaza puso a todos alerta, sus armas estaban listas para disparar a los barcos de Sorin, esperando que ellos dieran el primer disparo para enfrentarse a la batalla de quien vive y quien muere. No obstante, no había rastros de ningún enemigo sobre los barcos.
—¡Miren el cielo! —Gritó el capitán del barco.
La mayoría no quiso apartar la vista de sus enemigos, pero los que se atrevieron quedaron perplejos al observar millones de aviones sobrevolando el cielo. Algunos pasaron de largo, otros se quedaron sobrevolando la región de Platina, hasta que de repente dejaron caer un objeto extraño del avión.
—¡Es una bomba! —Exclamó el rey. —¡Cubranse!
Yara no supo que hacer, su mirada quedó fija en aquel punto negro que caía del cielo hacía su isla. Fue su padre quien la agarró bruscamente del brazo y la cubrió con su cuerpo cuando se escuchó la horrible explosión.
El barco se estremeció por el violento movimiento del mar, y los pocos valientes que se atrevieron a mirar se encontraron con la inmensa nube en forma de hongo que dejó la bomba mortífera.
Yara solo pudo ver como su hogar fue destruido junto a las personas inocentes que vivían en él, y como si no fuera poco los barcos de Sorin abrieron fuego contra ellos. A pesar de su shock decidieron luchar para vengar a sus familias.
Los aviones siguieron soltando bombas más pequeñas sobre las islas alrededor, otras en el agua para dificultar la estabilidad en el barco y algunas muy cerca para provocar quemaduras. Gritos de angustia junto a la sangre de los heridos inundaban el ambiente, mientras más soldados del lado de Platina caían los barcos de Sorin se acercaban.
Yara hacía lo posible por vencer a la mayor cantidad de enemigos que tuviese en sus manos, pero su sed de venganza se detuvo cuando vió a su padre recibir uno, dos, tres, cuatro disparos frente suyo...
No pudo dejar a su padre herido en medio del campo de batalla, de inmediato lo sacó de la balacera y los bombardeos llevándolo al interior de una cabina para tratar de detener la hemorragia. El rey gritaba y se retorcía del dolor, complicando el trabajo para su hijo.
—¡Padre! —Yara lo regañó, exigiendo que se quedara quieto. —¡Por favor padre, resiste! ¡Aguanta un poco!
Yara rompió un trozo de la ropa de su padre y con ella ejerció presión sobre la herida. Apenas con el primer roce su padre comenzó a toser sangre, y aunque el "príncipe" trató de no desesperarse sabía que no podía hacer nada si no le sacaban las balas que quedaron en el cuerpo de su padre.
—¿S-Se ve muy mal? —Preguntó el Rey con dificultad, Yara lo ayudó a sentarse para que no se ahogara con su propia sangre. —Escúchame... Po-Por favor, sé un buen gobernante, n-no permitas que tu familia y tu país sean olvidados...
—¡No digas tonterías padre! —Recriminó Yara al fruncir el ceño, su padre no podía morir. —Encontraré una forma de llevarte al palacio, te salvarás...
—¿Cuál palacio? —Soltó su padre, ocasionando un nudo en su garganta. —Me duele como el infierno, me estoy muriendo...
—¡No!
—¡Solo prometelo! Y prométeme que obedecerás al rey de Sorin...
—¿¡Qué!? —Exclamó Yara ofendida. —¿Cómo me pides tal cosa, padre?
—Él ya ganó, y por ley él será tu tutor hasta que cumplas la mayoría de edad... si es que no te mata antes... —El rey volvió a toser sangre con más agresividad, sumando sus quejidos por el dolor. —P-Prométeme que harás lo posible por vivir...así sea obedeciendo a ese cerdo...
—¡No me digas eso! ¡Él es el enemigo papá!
Yara le rogaba a su padre con lágrimas en sus ojos que se quedara, escucharon como los disparos y los gritos de sus hombres se hicieron más audibles cuando abrieron la puerta de la cabina, pero a Yara no le importó saber quien había entrado, simplemente se aferró al cuerpo de su padre.
—Po-Por favor, perdóname... —Murmuró el rey Kao con su último suspiro. —Perdóname, hija mía...
El llanto desolado de Yara se detuvo repentinamente al escuchar la última palabra de su padre. Perturbada, la confusión y el desconcierto la consumieron. Su padre no podía dejarla así, con esa duda marcada.
—Quieto ahí, hijo de perra. —Un arma sobre su cabeza la sacaron de su trance. —Si haces algo, te mató.
Yara no tuvo el coraje de enfrentar al rey de Sorin...
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