Elia, mi secuestrador, era un hablador.
En serio, no dejaba de hablar. Se movía por los rincones de su casa contándome cualquier cosa, desde lo que planeaba cocinarme para cenar, hasta consejos sobre jardinería que había leído en su libro; el que había conseguido mientras yo dormía, inconsciente, en su cama.
No lograba hacer que se callara, incluso cuando no obtenía respuesta de mi parte, nada lo persuadía de guardar silencio. Al principio guardé silencio en protesta, quiero decir sí, no me había hecho daño, aún. Y lo que me había cocinado hasta ahora eran las mejores comidas que había probado nunca; era realmente bueno en la cocina, no es que lo admitiera. Pero nada de eso importaba, no cuando la verdad seguía siendo esta; estaba secuestrada. Me había secuestrado para que no dijera nada del asesinato que había cometido. Al principio me mantuve callada para hacer mi punto, no estaba aquí por voluntad propia, no éramos amigos. Desafortunadamente, con el pasar de las horas noté que escuchaba atentamente cada una de sus palabras, interesadas por escuchar el resto.
Maldita sea, era jodidamente débil.
Como ahora mismo, estaba cocinando algún postre súper elaborado que no sabía que existía hasta el día de hoy; el aroma cítrico y caliente en el aire me tenía comprobando las comisuras de mi boca para asegurarme de no estar babeando.
La vista también era algo por lo que babear.
Elia era un hombre grande. No sólo era alto, sobrepasándome una cabeza o dos; también tenía brazos de troncos y un torso que no tenía idea de cómo lo mantenía con todo lo que cocinaba, y comía.
Sí, lo había visto sin camisa de casualidad. Y sí, era un recuerdo que me acompañaría por mucho, mucho tiempo.
—Me alegra ver que estás más descansada —llamó desde la cocina, revelando que todo el tiempo que estuve espiando como una mirona él estuvo al tanto. Maldición —, cuando te traje, tardaste demasiado en despertar. Estaba preocupado.
Si ya había sido descubierta, bien podía unirme a él en la cocina.
—¿Te refieres a cuando me secuestraste? —pregunté sentándome en la que había sido bautizada como mi banqueta mientras él cocinaba.
Ignoró mi burla, aunque pude ver el borde de su boca inclinarse como si luchara con una sonrisa; por qué eso me llenó de una sensación cálida estaba más allá de mí.
—Entonces, ¿no vas a decirme nunca por qué sigo aquí?
Bien valía la pena intentarlo.
Elia soltó el batidor y enfocó toda su atención en mí, de pronto el interior de su casa era simplemente demasiado pequeño.
—Eso depende —dijo después de un momento de reflexión —¿vas a decirme tu nombre?
Sonreí, sabiendo que el no saber lo estaba matando. Lo había intentado desde que me desperté, hace dos días, y aún no había cedido en concederle ese pedacito de información. La sonrisa se deslizó de mi rostro mientras consideraba si en verdad estaba dispuesto a responder a mis preguntas a cambio de ese dato.
Ahora era él quien sonreía sabiendo que me tenía.
—Dime y te diré.
Su risa terminó de calentar rincones escondidos dentro de mí.
—Perdóname, piccolina, si no me fio en que cumplas con tu parte del trato.
Bufé, él era el único en quien no se podía confiar en esta casa.
—Me siento en desventaja —se encogió de hombros mientras volvía a prestar atención a lo que cocinaba.
—Bien —suspiré —hagamos un pacto de meñiques.
Esto llamó su atención, volvió a abandonar el postre en proceso. Me preguntaba si podía robar un poco de ese chocolate sin que lo notara.
—¿Un pacto de meñiques?
Asentí, totalmente seria en esto.
—Los pactos de meñiques son promesas irrompibles —expliqué —, me tomo muy en serio una promesa de meñiques.
—Eso puedo ver —murmuró incrédulo.
Extendí una mano, cerrando el puño y dejando el meñique en alto.
—¿Acaso estás admitiendo que no puedo confiar en ti?
Sus ojos fueron de mi puño a mi rostro, quizás esperando que estuviera jugando. No lo estaba.
Elia llegó a la misma conclusión.
—Bien —su dedo se cerró alrededor del mío, ignoré las cosquillas que sentí al notar su piel caliente en la mía —, esta es una promesa de meñiques inquebrantable. Te diré lo que quieras y, a cambio, tú responderás lo que yo quiera saber.
Asentí, reforzando mi agarre alrededor de su meñique.
—Es un trato —dije, soltando mi mano y dejando que volviera a terminar el postre, logré robar un trozo de chocolate antes de que me lanzara una mirada desaprobadora —, bien, yo empiezo, ¿por qué me secuestraste?
Puso los ojos en blancos, como si no pudiera creer que esa hubiera sido mi duda más importante; en serio me cuestionaba si Elia se daba cuenta de la gravedad de nuestra situación.
—Ibas a hablar si te dejaba ir —dijo como si fuese obvio —ibas a llamar la atención sobre mí, una atención que no deseo ahora mismo.
—¿Cómo sabes que iba a hablar? Quizás podías soltarme con una amenaza de matarme si iba por ahí contando lo que vi, no iba a decir nada.
Bueno, no estaba segura de eso, pero era un punto válido.
—No, no podía —abrí la boca para protestar, pero se me adelantó —. No estaba dispuesto a amenazarte, lo suficiente como para que me temieras.
Lo miré sin creérmelo. Parecía mortalmente serio en eso.
—¿Pero si estabas dispuesto a secuestrarme? —¿en serio?
—Aquí nadie va a lastimarte —dijo como si eso lo explicara todo.
—No creo que entiendas lo mucho que odio estar secuestrada.
Eligió ignorar eso mientras buscaba los platos para postre y me servía una generosa porción. Si no estuviera saboreando el cielo en mis papilas gustativas lo estaría atacando, en serio.
—¿Ya es mi turno de preguntar?
Le lancé una mirada por encima de mi cuchara a rebosar de delicia azucarada.
—Tomaré eso como un sí —dijo limpiando su propio plato —¿tienes pareja?
Me atraganté con un trocito de melocotón.
Después de unos minutos decisivos, en donde Elia me intentaba ayudar a desahogarme, y yo intentaba con fuerza no morir, pude responder.
—¿Eso es lo que quieres saber? ¿Si estoy disponible?
Se encogió de hombros como si no pudiera pensar en nada que necesitara saber más.
—No, no estoy con nadie.
Asintió como si lo hubiera sospechado, y si no adorara tanto este postre se lo hubiese arrojado a la cara.
—Bien, segunda pregunta —llevó el resto del postre al refrigerador, y ya planeaba regresar después de la cena por más —¿Cómo te llamas?
Me debatí en mentir, pero el pacto de meñiques seguía colgando entre nosotros. Suspiré.
—Miranda.
Sonrió como si lo aprobara y me odié por contentarme por eso.
Maldito.
—Bien, Miranda —saboreó mi nombre —¿dormirías conmigo?
Madre santísima.
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Comments
Patricia Martinez
que aventando es ese hombre
2024-10-10
0
Janet Herrera
por como lo describe debe ser un papi chulo 🤗 si Miranda no quiere dormir yo si acepto 😂😂😂😂 excelente capitulooooo
2024-02-16
1