CAPÍTULO 4

Tenía miedo.

Lo saboreaba en cada hueso, con cada posible mirada sobre mí. No se habían acercado ninguna otra noche, ninguno de los hombres del tatuaje; pero no me sentía segura ni siquiera entonces. No estaba dispuesta a bajar la guardia.

Pero, ¿qué querían? No lo terminaba de comprender. Sólo sabía que eran peligrosos, más de lo que sus insinuantes miradas atisbaban; podía ver detrás de las máscaras de personas así, atractivas en superficie, una invitación seductora; sin embargo, lo que esperaba detrás de esa máscara, era el infierno.

Había estado allí, había hecho eso.

Las miradas preocupadas de mis compañeros no ayudaban a relajarme tampoco. No me atrevía a contarles lo que sucedía, ¿qué les diría? ¿dos hombres se acercaron a comprar unas bebidas y me llamaron por un mote que me pone la piel de gallina? Sabía que podría parecer paranoica; lastimosamente mi pasado siempre parecía estar susurrándome en el oído.

 Moví una mano sobre el espejo, despejando la condensación. Mi rostro me saludó, ojeras de cansancio bajo mis ojos, pozos oscuros que rivalizaban con el verdor apagado de mis iris; no estaba durmiendo lo suficiente. Tampoco estaba comiendo bien, noté al ver los huecos en mis mejillas; el cabello negro cuervo, apenas del largo suficiente como para enmarcar mi rostro, lucía apagado y débil.

Me estaba desmoronando.

Con un gruñido frustrado abrí el neceser donde escondía mis limitados suministros de maquillaje; iba a necesitar todo un arsenal para lograr borrar esa tez cadavérica. Apliqué una generosa cantidad de corrector y esperé que mis pobres habilidades fueran suficiente para lograr algo decente para trabajar esta noche.

Tenía tres noches libres a partir de mañana, decidí que podía perderme las dos clases de los días siguientes y descansar. Me hundiría en mi cama y sólo abriría los ojos el tiempo suficiente para llenarme de grasienta comida, entonces regresaría a mi merecido sueño reparador.

Me eché una larga miraba evaluativa cuando terminé, asintiendo satisfecha. Una noche más, sólo esta noche y entonces tendría tres días de absoluta paz.

No podía esperar.

Como si el universo me odiara, el club estaba a reventar.

El sudor cosquilleaba en mi nuca, podía imaginar que para este momento el maquillaje no era barrera para los rastros del cansancio que sentía. Las personas iban y venían, sin dejar respiro entre órdenes. Por suerte, Patrick se había apiadado de mí y se había encargado de hacer los numerosos viajes al depósito; en un momento de la noche Jocelyn se nos había unido, aunque no fuese su noche. Hannah había llamado reportándose enferma, y casi la envidiaba; me sentía bastante enferma ahora mismo.

—Chicas, necesitamos despejar la basura —dijo Patrick, dos cajas de botellas abultando sus brazos.

Miré hacia Jocelyn, quien se encontraba tomando dos órdenes a la vez, el sudor pegando el cabello a su frente, el cansancio en las comisuras de su boca.

Terminé mi orden, lanzando prácticamente el vaso a través de la barra; hoy no había tiempo para palabrería coqueta. Me acerqué a Patrick para quitarle las cajas vacías.

—Iré yo, ayuda a Jocelyn con los pedidos.

Asintió, pegando una sonrisa practicada en su rostro. No creía que alguien en la clientela notara la diferencia, pero nosotras lo notábamos. No había diversión traviesa ahí, sólo el cansino deber.

Me arrastré hasta el depósito y terminé de recoger la basura que impedía el paso en la pequeña habitación. Con los brazos quejándose me dirigí a la puerta escondida fuera del depósito, una salida directa al callejón detrás del club, donde escondían los contenedores de basura.

Suspiré cuando al fin liberé mis brazos, sabía que tenía que volver adentro, pero no pude obligar a mis pies a que dieran la vuelta y regresaran. Podía tomarme un minuto, decidí.

O dos.

No es que esta callejuela fuera el mejor lugar para descansar, pero al menos no había nadie gritándome que quería un Gin tonic. Tendría que agradecer las pequeñas victorias. El aire estaba unos grados por debajo del saturado en el interior, la fría brisa alivió el calor asfixiante que sentía. Casi deseé tener un cigarrillo ahora mismo, aunque ni siquiera fumaba. Tal vez debería comenzar, medité mientras echaba una mirada por el lugar. La lámpara parpadeante sobre mi cabeza parecía ser la única funcionando; los tonos del ladrillo oscureciéndose hasta mitigarse en la oscuridad. Maldita sea, este lugar era aterrador, casi salido de una película.

Iba a regresar adentro cuando un sonido me detuvo; miré alrededor intentando descubrir de dónde provenía, ¿quizás era una rata? Me estremecí. El sonido se repitió, era difícil identificarlo, parecía un ¿chirrido? O algo más, los bordes sonando casi acuosos.

Date la vuelta y regresa, me susurró la noche.

Y por supuesto, no le hice caso.

A la tercera repetición pude descubrir la dirección, miré en las penumbras más allá del débil halo de luz proveniente de la única lámpara, no identificando mucho más allá de siluetas más oscuras en la misma oscuridad. Tendría que acercarme más si quería revelar el misterio.

Maldita curiosidad.

Di pasos lentos, usando una cautela digna de un ninja que no sabía que poseía; aguantando la respiración mientras me adentraba unos centímetros en esa oscuridad. Mis ojos se acostumbraron a las sombras, mejorando un poco y nada la imagen que tenía frente a mí. Más contenedores estaban alineados aquí, a ambos lados del extenso pasillo, y por encima de mi cabeza colgaban algunas escaleras de incendio. Esperé un momento más pero el sonido no se reprodujo nuevamente, suspiré frustrada y me propuse regresar. No había ningún misterio que resolver después de todo.

—Arghhd —casi grité asustada con el nuevo sonido, esta vez no fui tan ilusa como para no reconocer lo que era; un grito ahogado.

Me eché a correr.

Casi estaba allí, casi en la puerta y fuera de este callejón salido de mis peores pesadillas cuando algo cayó frente a mí, en mi camino, directo de los jodidos cielos.

Esta vez no contuve el grito de horror.

Mi cerebro tardó unos segundos en registrar lo que veía, el bulto desparramado a mis pies, el líquido oscuro escapando de los bordes, inundando el sucio suelo debajo.

Un cuerpo. Un jodido, jodido cuerpo.

Iba a vomitar, pero no tuve tiempo de moverme cuando una mano se posó en mi boca deteniendo cualquier sonido o arcada. Mi primer instinto, y error, fue quedarme absolutamente quieta; por lo que lo siguiente que sentí fue un cuerpo pegándose a mi espalda. El calor me envolvió mientras la pared de músculos mucho más rígidos que mi suavidad me engullía. Oh, Dios. Oh, Dios. Oh, Dios.

Iba a morirme. Iban a matarme en el maldito callejón, entre contenedores de mierda.

—No se suponía que vieras eso.

El susurro hizo cosquillas en mi oído, la voz casi íntima mientras quien sea se inclinaba para más confidencialidad. Hice un murmullo insistente contra su palma gigantesca, prácticamente podía cubrirme todo el rostro con esas manos. No le tomaría mucho trabajo usarlas para, bueno, terminarme.

Lloré un poco mientras insistía en mis murmullos incomprensibles.

—¿Quieres decirme algo?

Asentí apresuradamente.

—Así que, si te suelto, ¿debo confiar en que no gritaras por ayuda?

Negué, entonces asentí, ¿cuál era su pregunta? No lo sabía, sólo necesitaba que me liberara el tiempo suficiente para correr por mi vida. Podía adivinar por toda la piel tocándose ahora mismo que la persona detrás de mí me sacaba al menos dos cabezas. Alguien así de grande debía ser torpe en una carrera, ¿verdad?

Si iba a morir, al menos iba a morirme intentándolo.

—¿Por qué siento que me estás mintiendo, piccolina? —la voz parecía… divertida.

Lo que me faltaba.

Gruñí un poco más en su mano, su risa recorrió mi espalda, casi deseaba que me matara rápido y acabara con este espectáculo.

—Sé que no debería, pero me siento… intrigado. Recuerda que confío en ti, piccolina.

Pues que mal por él. Tan pronto me liberara estaría cruzando el país, correría tan rápido que me perdería de vista, lo sabía. Iba a…

La mano desapareció mientras me giraba bruscamente para enfrentarlo, casi tropezando con mis propios pies hasta que sus manos se aferraron a mis brazos para sostenerme erguida.

Carajo.

El psicópata era jodidamente sexy.

Por supuesto que lo sería, Dios los hace y el diablo los recluta. Casi parecía un mal chiste, lo atractivo que era. Las largas y oscuras pestañas bajaron, ocultando los ojos dorados casi felinos más impresionantes que había visto jamás. La piel olivácea sólo acentuaba todas sus líneas doradas, sus ojos, su cabello, esas espesas cejas. La esquina de su boca se alzó, y caí en la cuenta de que llevaba un buen tiempo mirándolo boquiabierta.

Mató a un hombre, Miranda. Concéntrate en eso.

—Vaya —murmuró —, realmente desearía que no hubieras visto nada.

Ay, no. Era ahora, iba a matarme para eliminar testigos. Tenía que pensar en algo rápido.

—¿Ver qué? Yo no vi nada.

Lo cual era estúpido teniendo en cuenta que un cadáver cayó de los cielos directamente a mis pies, pero no iba a darme por vencida.

El asesino/psicópata ardiente simplemente alzó una ceja. ¿En serio?, decía su expresión. Tenía que esforzarme más.

—¡Lo juro por mis hijos! ¡No vi nada!

Me estremecí mientras esos ojos leonados me recorrieron de pies a cabezas en una lenta caricia.

—Tú no tienes hijos —apostó. Y estaba en lo cierto, pero estaba usando todas las cartas que pudiera.

—Pero podría tenerlos—casi sentía mi lado maternal que no sabía que existía resurgiendo como un ave fénix —si no me matas.

Lo más absurdo de toda esta situación era que había un cuerpo desangrándose a unos pasos de nuestra discusión.

—¿Si no te mato? Pensé que juraste no haber visto nada —se burló —, lo juraste por tus hijos, incluso.

Semántica.

No dije nada, no había forma de salir de esto. Casi le recé que lo hiciera rápido y acabáramos ya, ¿no tenía otro lugar donde estar? ¿otras personas que limpiar de la faz de la tierra?

—Te diré que haré —dijo decidido.

Ay, por Dios, ¿acaso iba a describirme mi propia muerte?

Quizás leyó la incredulidad en mi expresión, porque añadió.

—No voy a matarte —suspiró, hasta que añadió —. Voy a llevarte conmigo.

Espera, ¿qué?

Abrí la boca para negarme rotundamente a esa opción, no gracias; pero se me adelantó.

—Ya está decido, piccolina.

¿Decidido? Iba a dejarle una o dos cosas bien claras…

No pude terminar el pensamiento, antes de que una de sus manos tocara un punto interesante en mi cuello y todo se pusiera negro.

Esos ojos de oro me sostuvieron, hasta que ya no hubo nada.

Más populares

Comments

Diva Perez

Diva Perez

Si jura por sus hijos pero no hay hijos jajaja

2024-10-17

1

Patricia Martinez

Patricia Martinez

pon fotos de los protagonistas autora porfis

2024-10-10

1

Janet Herrera

Janet Herrera

woooooow parece real 😊 oooh esto se está poniendo bueno autora es mucho pedir fotos de los protagonistas?

2024-02-16

3

Total

descargar

¿Te gustó esta historia? Descarga la APP para mantener tu historial de lectura
descargar

Beneficios

Nuevos usuarios que descargaron la APP, pueden leer hasta 10 capítulos gratis

Recibir
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play