Capítulo 20: Un Brindis por el Amor
La noche se desplomaba suavemente sobre la ciudad, tiñendo el horizonte con tonos naranjas y violetas mientras Isabela se preparaba para la celebración de su cumpleaños número 23. Frente al espejo de su habitación, terminaba de arreglarse, ajustando el último detalle de su vestido que abrazaba sus curvas con elegancia. Se veía perfecta, pero había algo más allá de su apariencia que la hacía sentir radiante: la expectativa de la velada que Sebastián había planeado.
Cuando el sonido del timbre interrumpió su reflexión, su corazón dio un vuelco. Al abrir la puerta, Sebastián estaba allí, luciendo un traje que parecía hecho a medida para destacar su imponente figura. Pero lo que más la cautivaba no era su apariencia, sino la sonrisa suave y sincera que le dedicaba.
—Feliz cumpleaños, Isa —dijo en un tono bajo y seductor, entregándole un ramo de rosas rojas. —Estas son solo el comienzo.
Isabela sonrió, aceptando las flores mientras sentía una calidez recorrer su cuerpo. No era una sorpresa que él supiera exactamente qué decir para desarmarla. —Gracias, Sebastián —susurró, mirando el ramo y luego a él—. Estoy segura de que esta noche será inolvidable.
Sebastián le ofreció su brazo, y juntos salieron hacia el coche que los esperaba. Conducía con la seguridad de alguien que tenía el control de todo lo que lo rodeaba, pero de vez en cuando, miraba a Isabela con una ternura que solo reservaba para ella. Finalmente, llegaron a un restaurante exclusivo, ubicado en un rincón apartado de la ciudad. Al entrar, Isabela quedó sin palabras: el lugar estaba decorado con una delicadeza y romanticismo inigualables, cada detalle cuidadosamente pensado. Velas titilantes iluminaban las mesas, y una suave música de piano llenaba el aire.
—Reservé todo el lugar solo para nosotros —dijo Sebastián, como si no fuera algo fuera de lo común.
Isabela lo miró, sorprendida. —No tenías que hacer todo esto...
—Para ti, haría lo que fuera —respondió él con una sonrisa, llevándola hacia una mesa junto a una ventana que ofrecía una vista panorámica de la ciudad iluminada.
Mientras cenaban, la conversación fluyó con una facilidad que solo compartían entre ellos. Hablaron de recuerdos, de planes futuros, pero sobre todo, compartieron miradas que decían más que cualquier palabra. Sebastián se aseguraba de que Isabela se sintiera como la reina de la noche, brindándole pequeños detalles que la hacían sonreír: una caricia en la mano, un sorbo de vino compartido, una broma susurrada al oído que la hacía reír.
—¿Cómo logras que todo sea tan perfecto? —preguntó Isabela mientras lo miraba a los ojos, su voz reflejando la admiración que sentía por él.
Sebastián dejó su copa de vino en la mesa y se inclinó hacia ella. —Es fácil cuando estás conmigo. Haces que todo lo demás desaparezca.
Isabela sintió un nudo en el estómago, una mezcla de emoción y deseo que crecía con cada segundo que pasaba. No pudo evitar mirarlo con una intensidad que solo aumentaba el calor entre ambos.
Después de un exquisito postre que compartieron entre risas y miradas cómplices, Sebastián se puso de pie y la invitó a acompañarlo afuera. Salieron a una terraza privada, donde el aire nocturno traía consigo un frescor agradable. Las estrellas brillaban en el cielo despejado, y la ciudad parecía un manto de luces bajo sus pies.
—Tengo un último regalo para ti —dijo Sebastián, acercándose a ella con algo detrás de su espalda.
—¿Otro más? Ya me has dado demasiado —replicó Isabela, curiosa.
Sebastián sacó una pequeña caja de terciopelo negro y se la entregó. Los ojos de Isabela se iluminaron, pero también sintió una oleada de nerviosismo al abrirla. Dentro, había un colgante delicado con una piedra que brillaba bajo la luz de las estrellas.
—Es hermoso —dijo Isabela con la voz entrecortada, conmovida por el detalle.
Sebastián se acercó aún más, quedando a solo centímetros de ella. —Es solo un reflejo de lo que veo cuando te miro —susurró antes de tomar el collar y colocárselo delicadamente alrededor del cuello.
El contacto de sus manos contra su piel envió un escalofrío placentero por todo su cuerpo. Cuando Sebastián terminó de abrochar el collar, sus dedos se quedaron acariciando su cuello unos segundos más de lo necesario, generando una tensión palpable entre ambos.
Isabela alzó la vista, atrapada por la intensidad de sus ojos. La distancia entre ellos se acortó rápidamente, y antes de que pudiera decir algo más, los labios de Sebastián encontraron los suyos. Fue un beso lento, cargado de deseo y promesas no dichas. Sus cuerpos se acercaron más, y el mundo a su alrededor dejó de existir.
Sin soltarla, Sebastián la llevó de regreso al interior del restaurante, esta vez hacia una sala más privada. El calor entre ambos creció con cada caricia, cada mirada, cada susurro compartido. La noche avanzaba, y la pasión que había estado contenida finalmente se desató, llevándolos a una intimidad que ambos ansiaban.
Esa noche, no solo celebraron el cumpleaños de Isabela. Celebraron el amor, la complicidad y la conexión que los unía de una manera que parecía imposible de romper.
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