CAPITULO 6

Capítulo 6: Bajo las Luces de la Ciudad

La tarde se había extendido como un chicle interminable. Isabela terminó una agotadora sesión de fotos, sintiendo cada músculo de su cuerpo reclamar descanso. Mientras se cambiaba en el vestuario, su mente zumbaba con pensamientos desordenados, hasta que la puerta se abrió suavemente, revelando a Sebastián en el umbral. Como siempre, su presencia llenaba el espacio con esa intensidad que lograba desarmarla con solo una mirada.

—¿Qué tal si tomamos un descanso? —dijo, con esa mezcla de casualidad y urgencia que siempre usaba cuando tenía un plan oculto.

Isabela, pregunto

—¿Y qué tienes en mente? —preguntó, esforzándose por sonar neutral, como si no supiera perfectamente hacia dónde se dirigía esto.

—Solo una copa. Nada complicado —respondió Sebastián, con una sonrisa que sugería que, en su vocabulario, "complicado" tenía una definición muy distinta a la de los demás.

Isabela lo observó con cautela. Sabía que aceptar su invitación era como subirse a una montaña rusa sin frenos. Pero, siendo realista, tampoco es que evitándolo fuera a solucionar nada. La atracción entre ellos crecía como una tormenta, y ella cada vez tenía menos paraguas.

—Solo una copa —dijo finalmente, tratando de convencerse a sí misma más que a él.

—Nos vemos a las ocho, en el bar del hotel Astoria —anunció Sebastián, con la misma seguridad de quien ya había ganado la partida antes de empezar a jugarla.

El resto de la tarde pasó lentamente, como si el tiempo mismo conspirara para torturarla con anticipación. Cuando finalmente llegó al bar, el ambiente íntimo del lugar parecía envolverla en una especie de neblina. Allí estaba Sebastián, sentado en un rincón, con una copa de whisky en la mano, observándola con esos ojos que parecían desarmar cualquier intento de defensa que ella pudiera construir.

—Me alegra que hayas venido —dijo, levantándose para recibirla—. Pensé que tal vez te retractarías.

Isabela esbozó una sonrisa que intentaba ser casual. —Cumplo mis promesas —respondió, aunque por dentro su cerebro gritaba "¡Huye!". Pero, por supuesto, su cuerpo seguía ahí, sentándose frente a él, como si la lógica y el sentido común hubieran tomado un café en otro planeta.

Sebastián se inclinó hacia ella, con esa mirada intensa que parecía desnudarla de cualquier pretensión. —Dime, Isabela, ¿por qué te esfuerzas tanto en mantener todo bajo control? —preguntó, tomando un sorbo de su whisky con la misma tranquilidad con la que otro se tomaría un vaso de agua.

Ella jugueteó con el borde de su copa, intentando no dejarse arrastrar. "¿Control? Claro, porque tú, el señor 'No me rindo nunca', eres un experto en respetar los límites", pensó, pero en lugar de eso, soltó algo más diplomático.

—Tal vez porque he aprendido que es la única manera de protegerme —dijo, sorprendida de lo sincera que había sonado.

La conversación, que al principio parecía girar en torno al trabajo y temas triviales, rápidamente tomó un giro personal. Cada palabra intercambiada parecía acortar la distancia física entre ellos, y aunque intentaba distraerse con las luces del bar o el sonido de las copas, la verdad era ineludible: estaba cayendo, otra vez, en la órbita de Sebastián Spearce.

—Vámonos —dijo él de repente, interrumpiendo el hechizo en el que estaban sumergidos.

Isabela parpadeó. "¿Vámonos? ¿Y dónde quedó la parte de 'solo una copa'? esto es Sebastián Spearce, la palabra 'solo' no existe en su diccionario"*. Se maldijo a sí misma por lo que venía a continuación, pero asintió, porque su autocontrol en ese momento era más débil que un castillo de naipes en una tormenta.

Sebastián pagó la cuenta con esa despreocupación que parecía haber perfeccionado, y la condujo fuera del bar. La brisa nocturna les dio un respiro, pero también un momento de intimidad peligrosamente añadido.

El trayecto hacia el apartamento de Sebastián fue silencioso, lleno de una tensión que prácticamente vibraba en el aire. Isabela sabía exactamente lo que iba a suceder, y su cabeza gritaba mil razones por las cuales esto era una pésima idea. "Muy bien, Isa, primera regla: nunca subas a un auto con un hombre que tiene más poder sobre ti del que debería. Oh, claro, ya rompimos esa regla. ¡Maravilloso!"

Llegaron al lujoso apartamento de Sebastián, un espacio tan moderno y elegante como el hombre que lo habitaba. Las enormes ventanas ofrecían una vista impresionante de las luces de la ciudad, pero para Isabela, en ese momento, la única vista que importaba era Sebastián, que se encontraba demasiado cerca para su paz mental.

—Es un lugar impresionante —comentó, más para romper el silencio que porque realmente le importara la decoración en ese preciso instante.

Sebastián no dijo nada. En cambio, la miró con esa intensidad de siempre, y antes de que pudiera procesarlo, la atrajo hacia él y la besó. El primer roce de sus labios fue suave, casi un tanteo, pero rápidamente se convirtió en algo mucho más urgente, más profundo.

Isabela, a pesar de sus esfuerzos por mantener la calma, se dejó llevar. "Muy bien, Isa, ¿qué dijimos sobre esto? Ah, claro, que no ibas a ceder. Excelente trabajo", se reprochó internamente, pero sus pensamientos se disolvieron cuando sintió cómo la levantaba con facilidad y la llevaba hacia la habitación.

Cada paso hacia esa dirección parecía sellar lo inevitable. Los deseos reprimidos finalmente encontraron su escape en una sincronía casi perfecta, una danza caótica y apasionada que envolvió la noche en un torbellino de emociones y decisiones —o más bien, falta de ellas.

Al final, mientras las luces de la ciudad titilaban desde las enormes ventanas, Isabela se preguntó cómo había llegado hasta allí de nuevo. "Y la próxima vez, ¿qué será? ¿Una promesa de 'solo un café'?" . Las respuestas podían esperar; de momento, estaba demasiado atrapada en la encrucijada de lo que significaba estar con Sebastián.

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