Capítulo 17 : Momentos Íntimos
El sol apenas comenzaba a asomarse por las ventanas del departamento de Sebastián cuando Isabela abrió los ojos lentamente. A su lado, Sebastián aún dormía, su respiración tranquila, el rostro relajado. La luz dorada del amanecer se colaba a través de las cortinas, bañando la habitación con un suave resplandor.
Isabela sonrió al verlo así, tan despreocupado, una imagen que contrastaba con el imponente magnate de los negocios que todos conocían. En esos momentos de intimidad, él era solo Sebastián, el hombre que la hacía sentir segura, amada y comprendida.
Con cuidado de no despertarlo, se inclinó para rozar sus labios contra su mejilla, disfrutando de la calidez de su piel. Sebastián se movió ligeramente, pero no abrió los ojos. Isabela se acomodó de nuevo junto a él, recostando la cabeza sobre su pecho mientras sentía los latidos tranquilos de su corazón. Estos pequeños momentos de calma eran sus favoritos, donde nada más importaba, ni los rumores, ni las exigencias de sus carreras, ni las complicaciones externas.
Finalmente, Sebastián se removió, despertando lentamente. Al notar a Isabela acurrucada junto a él, una sonrisa perezosa se dibujó en su rostro.
—Buenos días —murmuró, su voz ronca por el sueño, mientras sus brazos la envolvían con ternura.
—Buenos días —respondió Isabela, alzando la cabeza para mirarlo a los ojos.
Sebastián la observó con una mirada cálida, sus dedos recorriendo suavemente su espalda. No necesitaban palabras en esos instantes, el silencio entre ellos estaba lleno de complicidad y cariño. Se miraron por unos segundos, el mundo exterior quedando relegado a un segundo plano.
—Te ves hermosa en la mañana —dijo él, apartando un mechón de cabello de su rostro.
—¿Incluso con el cabello despeinado? —bromeó ella, riendo suavemente.
—Especialmente con el cabello despeinado —replicó Sebastián, su voz suave pero cargada de afecto. Se inclinó hacia ella, besándola lentamente, saboreando el momento. Isabela correspondió al beso, entregándose a la calidez y suavidad de sus labios, olvidándose de todo lo demás.
El beso fue lento, lleno de ternura, como si ambos quisieran alargar ese momento lo máximo posible. Había una conexión entre ellos que iba más allá de las palabras, una mezcla de pasión y delicadeza que los hacía sentir únicos en cada caricia, en cada roce.
—¿Qué te parece si nos quedamos todo el día aquí? —sugirió Sebastián, sus labios aún a pocos centímetros de los de ella—. Solo nosotros, sin el mundo, sin obligaciones. Solo tú y yo.
Isabela sonrió, tentada por la idea. —Suena perfecto. Pero sabes que tenemos cosas que hacer —dijo, aunque su tono no era completamente convincente.
Sebastián rió suavemente, acariciando su rostro. —Siempre eres tan responsable. Un poco de tiempo para nosotros no hará daño.
Isabela lo miró con una mezcla de diversión y cariño. Sabía que Sebastián podía ser muy persuasivo cuando se lo proponía, y en ese momento, no tenía ninguna intención de resistirse. Se acercó a él de nuevo, besándolo con más intensidad esta vez, dejándose llevar por la cercanía y la intimidad.
—Tal vez... un par de horas más no estaría mal —cedió finalmente, entre risas.
Sebastián la abrazó más fuerte, hundiendo su rostro en su cuello. —Sabía que te convencería.
Se quedaron así, abrazados, disfrutando de la tranquilidad de la mañana. Para Isabela, estos momentos eran como un respiro en medio de la tormenta. La presión de los medios, los compromisos profesionales, todo parecía desvanecerse cuando estaba con él.
—¿Sabes lo que más me gusta de nosotros? —preguntó Sebastián de repente, su voz suave contra su piel.
Isabela levantó la vista, curiosa. —¿Qué cosa?
—Que, sin importar lo que pase afuera, cuando estamos juntos, todo está bien —dijo, mirándola a los ojos con una intensidad que le aceleró el pulso—. Aquí, contigo, todo es sencillo.
Esas palabras resonaron en el corazón de Isabela. Sabía que su vida no era fácil, que siempre estaban rodeados de complicaciones, tanto en su relación como en sus respectivos mundos. Pero Sebastián tenía razón: cuando estaban solos, todo parecía más sencillo, más claro.
—Yo siento lo mismo —admitió ella, acurrucándose más cerca de él—. Me haces sentir que todo lo complicado vale la pena.
Sebastián besó su frente, sus manos recorriendo su espalda en un gesto de puro cariño. Sabía que su relación no era fácil. Ambos venían de mundos donde la presión externa y las expectativas eran enormes, pero juntos habían encontrado un espacio de paz.
El tiempo pasó lento esa mañana, mientras ambos permanecían en la cama, hablando de todo y de nada, riendo y compartiendo pequeños gestos de cariño. A veces, las manos de Sebastián buscaban las de ella, entrelazando sus dedos, como si con ese simple gesto quisiera recordarle que estaba allí, a su lado.
—Tengo una idea —dijo Sebastián de repente, su tono travieso.
—¿Qué cosa? —preguntó Isabela, curiosa por el brillo en sus ojos.
—Esta noche, voy a cocinar para ti. Nada de cenas lujosas o restaurantes caros. Solo tú, yo, y una cena casera.
Isabela lo miró sorprendida, pero emocionada. —¿Tú, cocinando? Eso quiero verlo.
—Te sorprenderías —dijo él, guiñándole un ojo—. Soy un hombre de muchos talentos.
Isabela rió, divertida por su confianza, pero también intrigada por la propuesta. Una cena tranquila en casa, lejos de todo el ruido del mundo exterior, era justo lo que necesitaban.
Sebastián la atrajo de nuevo hacia él, besándola una vez más, esta vez con una mezcla de promesa y deseo. Sabían que, por mucho que intentaran mantener su relación alejada de las complicaciones externas, siempre habría desafíos. Pero en esos momentos, lo único que importaba era que estaban juntos, y eso les daba la fuerza para enfrentar cualquier cosa que viniera.
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