CAPITULO 9

Capítulo 9 : Bajo la Piel

La luz tenue del atardecer envolvía el apartamento de Sebastián en tonos cálidos, mientras el horizonte de Nueva York comenzaba a iluminarse con las primeras luces de la ciudad. Isabela, de pie junto a la ventana, contemplaba la vista con una copa de vino en la mano, su silueta reflejada en el vidrio. Su mente vagaba entre el caos de las últimas semanas, la intensidad de sus emociones y la calma inesperada que encontraba en la compañía de Sebastián.

Sebastián la observaba desde el otro lado de la habitación. Había algo magnético en la manera en que Isabela parecía estar perdida en sus pensamientos, y sin embargo, completamente presente en ese instante con él. El silencio entre ellos no era incómodo, sino cargado de una complicidad que crecía con cada momento compartido.

Se acercó a ella, apoyando sus manos en la cintura de Isabela con suavidad. El calor de su toque la sacó de sus pensamientos, haciéndola girar lentamente para mirarlo. Sus ojos se encontraron, y en ese intercambio silencioso, había más verdad de la que cualquier conversación podría haber capturado. No se trataba solo de deseo, aunque era innegable, sino de algo más profundo, una necesidad mutua de cercanía y comprensión.

—¿En qué piensas? —murmuró Sebastián, su voz grave y baja mientras sus dedos trazaban ligeros círculos en la piel de su espalda, apenas perceptibles pero lo suficientemente presentes como para enviar escalofríos por su cuerpo.

—En nosotros —respondió Isabela, con una sinceridad que la sorprendió incluso a ella misma—. En lo rápido que ha pasado todo... pero lo real que se siente.

Sebastián no dijo nada al principio. En cambio, inclinó la cabeza para besarle el hombro, sus labios apenas rozando su piel, pero dejando una marca invisible, una promesa de que estaba ahí, presente, en cada pequeño gesto. Isabela cerró los ojos, dejándose llevar por la sensación, sintiendo cómo el peso de sus preocupaciones se desvanecía bajo su toque.

—No siempre tenemos que entenderlo todo de inmediato —dijo finalmente Sebastián, su voz tan cercana que sentía el calor de su aliento—. A veces, solo hay que dejarse llevar.

Isabela se volvió hacia él, encontrando su mirada con una intensidad renovada. Era cierto, lo que compartían no podía explicarse con palabras simples. No había sido planificado, no seguía una lógica clara, pero había algo en la manera en que sus cuerpos y mentes se conectaban que hacía que todo lo demás pareciera irrelevante.

Sin decir más, Sebastián la tomó de la mano y la guió lentamente hacia el sofá, donde la hizo sentarse antes de inclinarse sobre ella. La manera en que la miraba, con una mezcla de adoración y vulnerabilidad, hacía que Isabela se sintiera vista, de una manera en la que no se había sentido en mucho tiempo.

El contacto de sus cuerpos se intensificó, pero no con la urgencia de las primeras veces. Esta vez, cada movimiento estaba cargado de significado, cada caricia era un recordatorio de que ambos se estaban dejando ver, sin barreras, sin juegos. Los dedos de Sebastián trazaron el contorno de su rostro, bajando lentamente por su cuello, como si estuviera memorizando cada detalle de su piel. Isabela, por su parte, deslizó sus manos por los hombros de Sebastián, sintiendo la tensión de sus músculos bajo la camisa, notando cómo cada centímetro de su piel reaccionaba al toque del otro.

—Eres increíble —susurró Sebastián, su voz apenas audible mientras la miraba fijamente—. No sé cómo llegamos aquí, pero no quiero estar en ningún otro lugar.

Isabela sonrió, sus ojos brillando con una mezcla de emoción y gratitud. La conexión que compartían iba más allá de lo físico, y ambos lo sabían. La manera en que sus cuerpos se entrelazaban, con una naturalidad que solo se logra cuando dos personas se entienden en un nivel más profundo, era un reflejo de lo que empezaban a sentir. Había una especie de danza entre ellos, en la que el deseo y la ternura se combinaban sin esfuerzo.

El ritmo entre ambos se volvió más pausado, más íntimo. No había necesidad de palabras, porque cada gesto, cada mirada, hablaba por sí solo. El mundo exterior desapareció por completo; en ese momento, solo existían ellos dos, envueltos en la calidez del otro.

Sebastián besó los labios de Isabela con una suavidad que contrastaba con la intensidad de sus sentimientos. No se trataba de una simple expresión de pasión, sino de algo más profundo. Sus labios se movieron al unísono, explorando, conociéndose, como si estuvieran construyendo algo más allá del deseo.

Finalmente, se recostaron, el cuerpo de Isabela acurrucado contra el de Sebastián. Sus respiraciones, ahora calmadas, se sincronizaban. La ciudad seguía su curso fuera de esas paredes, pero dentro de ese apartamento, en esa burbuja que habían creado, el tiempo parecía haberse detenido.

Isabela apoyó la cabeza en el pecho de Sebastián, escuchando el latido constante de su corazón. Había algo profundamente reconfortante en ese sonido, como si fuera el ancla que necesitaba en medio de su vida caótica. Sebastián le acarició el cabello, sus dedos deslizándose suavemente por sus mechones.

—Podría quedarme así para siempre —murmuró Isabela, sin abrir los ojos, dejándose envolver por la calma del momento.

—Entonces quédate —respondió Sebastián con una sonrisa que ella sintió más que vio.

Y en ese momento, ambos supieron que, aunque el camino fuera incierto, estaban dispuestos a recorrerlo juntos.

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