Capítulo 10 : El Juego de las Miradas
El éxito de la campaña de moda de Isabela había sido meteórico. Su rostro adornaba las portadas de las revistas más prestigiosas, y su imagen se desplegaba en vallas publicitarias por toda la ciudad. Los comentarios en la industria eran unánimes: Isabela Harrison estaba en la cúspide de su carrera. Sin embargo, mientras su nombre resonaba en todos los rincones del mundo de la moda, la tensión entre ella y Sebastián aumentaba día tras día.
Habían acordado mantener su relación en secreto, un pacto silencioso que ambos respetaban dentro del ámbito profesional. Sin embargo, las miradas furtivas y los silencios prolongados en los pasillos de las sesiones de fotos revelaban una verdad imposible de ignorar. Lo que sentían el uno por el otro era profundo, y aunque intentaran disimularlo, cada interacción entre ellos estaba cargada de emociones contenidas.
Isabela llegó al set para una sesión crucial, la que marcaría la expansión de la campaña hacia Europa. A pesar del bullicio a su alrededor, mantenía su habitual profesionalismo. El set era un hervidero de actividad: maquilladores, estilistas, asistentes, todos preparaban los últimos detalles. Mientras esperaba que la sesión comenzara, Sebastián observaba desde un rincón con una atención que no pasaba desapercibida. Parecía tenso, como si algo estuviera a punto de romperse.
La agitación creció cuando llegó Emmanuel Davis, un fotógrafo legendario conocido por capturar la esencia más íntima de sus modelos. Emmanuel no solo tenía una habilidad indiscutible detrás de la cámara, sino también un carisma natural que atraía todas las miradas. Era la primera vez que trabajaba con Isabela, y las expectativas estaban por las nubes. Cuando se acercó a saludarla, su sonrisa encantadora fue imposible de ignorar.
—Isabela Harrison —dijo Emmanuel con confianza, su voz suave pero firme—. He oído tanto sobre ti. Es un honor, finalmente, trabajar juntos.
—El honor es mío —respondió Isabela con una sonrisa educada, aunque manteniendo una distancia profesional. Había oído hablar de él y conocía bien su reputación tanto por su talento como por su interés en las mujeres que fotografiaba.
—Tu campaña es increíble. Has llevado esta marca a otro nivel —añadió, observándola con una intensidad que la incomodó por un instante.
La sesión comenzó sin problemas. Emmanuel demostró ser un fotógrafo excepcional, guiando a Isabela y al equipo con precisión y logrando capturar imágenes de una calidad impresionante. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que Sebastián comenzara a notar algo que lo inquietaba profundamente. Emmanuel se acercaba a Isabela con demasiada frecuencia, encontrando excusas para ajustarle detalles insignificantes: la iluminación, el ángulo, incluso el más mínimo cambio en su postura.
Aunque Isabela mantenía la compostura, concentrada en su trabajo, era evidente que Emmanuel estaba cruzando la línea entre lo profesional y lo personal. Sebastián, desde la distancia, observaba con el ceño fruncido, luchando por no intervenir. Pero la tensión en su mandíbula y la manera en que sus ojos seguían cada movimiento de Emmanuel lo traicionaban.
En el primer descanso de la sesión, Isabela se retiró a su camerino para tomar un respiro. Mientras bebía un poco de agua, Sebastián apareció en la puerta, su expresión seria y controlada, pero con una tensión evidente en sus ojos.
—¿Todo bien? —preguntó Isabela, notando de inmediato el cambio en su actitud.
—Todo bien —respondió Sebastián, cruzando los brazos—. Aunque parece que Emmanuel tiene un interés... particular en ti.
Isabela esbozó una sonrisa, intentando restarle importancia al comentario.
—Es solo trabajo, Sebastián. Él es muy profesional. No me digas que estás celoso.
La palabra "celoso" parecía encender una chispa en Sebastián, pero se contuvo, mirando a Isabela con una mezcla de frustración y deseo reprimido.
—No es celos —dijo, acercándose un paso más—. Es solo que... hay formas de trabajar, y lo que hace Emmanuel no me parece del todo adecuado.
Isabela suspiró, entendiendo que la situación estaba afectando más a Sebastián de lo que había imaginado. La relación que compartían, aunque privada, empezaba a tener repercusiones visibles en sus interacciones.
—Solo enfócate en lo importante, ¿de acuerdo? —respondió Isabela, suavizando su tono—. Estoy aquí para trabajar, y sé manejar este tipo de situaciones.
Sebastián asintió, aunque sus ojos revelaban que la incomodidad seguía presente. La sesión continuó, pero el ambiente se volvió más denso. Los constantes acercamientos de Emmanuel no hicieron más que avivar la tensión entre Isabela y Sebastián. Mientras Emmanuel ajustaba la luz o le daba instrucciones, sus ojos parecían buscar más que una simple colaboración artística.
Al final de la jornada, Isabela estaba exhausta, no solo por las largas horas de trabajo, sino por la carga emocional de la situación. Mientras recogía sus cosas, Emmanuel se le acercó una vez más, esta vez con una propuesta que la tomó por sorpresa.
—Isabela —comenzó, con su tono suave y envolvente—. Me encantaría invitarte a cenar esta noche. Solo tú y yo, para celebrar el éxito de la sesión.
Isabela se tensó por un momento. Emmanuel la miraba con una sonrisa, pero sus intenciones eran claras. Sabía que declinar esa oferta sin ser descortés requería diplomacia.
—Gracias, Emmanuel, pero ya tengo planes esta noche —mintió con una sonrisa educada.
Emmanuel mantuvo la sonrisa, aunque su decepción fue evidente.
—Entiendo —dijo, inclinando ligeramente la cabeza—. Pero si cambias de opinión, mi oferta sigue en pie.
Isabela asintió cortésmente, y con un suspiro de alivio, se retiró del set. Mientras caminaba hacia su coche, no podía dejar de pensar en la tensión que se había acumulado ese día. Sabía que la atención de Emmanuel complicaría aún más su ya difícil relación con Sebastián. Y aunque su carrera seguía ascendiendo, las emociones personales comenzaban a desbordarse de maneras que no podía controlar.
A medida que se alejaba del set, Isabela sabía que, tarde o temprano, tendría que enfrentarse a lo que estaba ocurriendo, tanto en su vida profesional como en la personal. Las miradas habían dicho más de lo que cualquier palabra podía expresar, y era solo cuestión de tiempo antes de que todo explotara.
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