CAPITULO 8

Capítulo 8 : Entre Sombras y Confesiones

El estudio de Isabela estaba en completo caos, pero no un caos cualquiera, sino el caos creativo que definía su vida: bocetos dispersos, revistas de moda abiertas en diferentes páginas, telas colgando de las sillas y luces estratégicamente colocadas que resaltaban cada rincón de su espacio de trabajo. Afuera, el sol comenzaba a ocultarse tras los rascacielos de Nueva York, dejando un resplandor anaranjado que daba paso a las luces de la ciudad, titilando como estrellas urbanas. Pero dentro de ella, el verdadero espectáculo era una tormenta de emociones, una tormenta que llevaba el nombre de Sebastián.

Lo de anoche no había sido un simple error ni un capricho pasajero. Algo más profundo se había activado entre ambos, algo que Isabela había intentado negar, pero que ya no podía ignorar. Estaba molesta, principalmente consigo misma, porque en algún momento de su vida juró que no volvería a dejar que alguien entrara tan profundamente en su corazón. Pero ahí estaba Sebastián, desarmándola con cada mirada, con cada palabra, incluso con su silencio.

Mientras tanto, en el otro lado de la ciudad, Sebastián estaba atrapado en reuniones interminables y llamadas de negocios. Sin embargo, ni los contratos millonarios ni los acuerdos estratégicos conseguían distraerlo completamente. Su vida profesional seguía fluyendo como siempre, pero había algo en el fondo de su mente que no le dejaba concentrarse. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Isabela, recordando el calor de su piel y la intensidad de su mirada. No era solo una aventura, no esta vez.

Finalmente, tras intercambiar varios mensajes tensos, ambos acordaron que necesitaban hablar, y esta vez no podían dejar nada en el aire. No era solo una cuestión de aclarar lo que había sucedido entre ellos, sino de decidir si lo que estaban empezando a sentir tenía un futuro.

Isabela se miró en el espejo de su estudio. A medida que ajustaba su cabello, notaba cómo su expresión reflejaba una mezcla de nervios y determinación. Sabía que esta conversación era crucial. Sebastián no era como otros hombres de su pasado, y eso era precisamente lo que la aterrorizaba. Él la hacía sentir de una manera que no había experimentado en años, y sabía que debía proceder con cuidado.

Cuando llegó al restaurante donde habían acordado encontrarse, el ambiente íntimo y sofisticado no logró tranquilizarla. La luz tenue y el suave murmullo de las conversaciones de fondo parecían una trampa para que se relajara, pero su mente estaba completamente enfocada en lo que estaba por suceder. Se sentó en una esquina, desde donde podía ver la entrada, con el pie repiqueteando bajo la mesa de forma involuntaria. Cada segundo que pasaba la hacía dudar aún más de si estaba haciendo lo correcto.

Sebastián llegó a tiempo, como siempre. Cuando sus ojos se encontraron, ambos sintieron una corriente eléctrica recorrerles. Él caminó hacia ella con una confianza aparente, pero por dentro, el torbellino de emociones era tan intenso como el de Isabela. Al llegar a la mesa, ella lo recibió con una sonrisa nerviosa.

—Hola, Sebastián —dijo ella, intentando sonar tranquila, pero su voz temblaba ligeramente.

—Hola, Isabela —respondió él, mientras tomaba asiento frente a ella. Su gesto era serio, como si quisiera transmitirle que entendía la gravedad del momento.

El camarero les entregó el menú, pero ambos lo ignoraron, usando las páginas como escudos para evitar mirarse directamente. Durante unos minutos, intercambiaron comentarios banales sobre el clima, el trabajo, cualquier cosa que evitara tocar el tema central. Pero la tensión en el aire era palpable, y ambos sabían que no podrían escapar de la conversación real por mucho tiempo más.

Finalmente, Sebastián rompió el silencio, dejando el menú sobre la mesa y mirándola directamente a los ojos.

—Isabela, no podemos seguir evitando esto. Lo que pasó entre nosotros… —hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas—. No fue un error, al menos no para mí.

Isabela desvió la mirada hacia su copa de agua, sintiendo cómo sus manos empezaban a jugar nerviosamente con el borde de la servilleta. Sabía que él tenía razón. Lo que compartieron no fue un simple desliz, ni algo que pudiera olvidar fácilmente. Era real. Demasiado real.

—Lo sé —murmuró, sin levantar la vista—. Pero tengo miedo, Sebastián. Miedo de lo que esto podría significar. Para mí. Para mi carrera… para nosotros.

Sebastián se inclinó hacia adelante, sus ojos clavados en ella con una intensidad que la obligó a mirarlo.

—¿Crees que esto es un capricho para mí? —preguntó, con una sinceridad que hizo que Isabela levantara la cabeza, sorprendida—. Desde el momento en que te conocí, supe que eras diferente. Esto no es un juego. Nunca lo fue. Tú… —hizo una pausa, como si buscara el coraje para continuar—. Siempre fuiste tú.

Isabela sintió su corazón acelerarse. No esperaba tanta franqueza de alguien como Sebastián, y eso la desarmó por completo. Durante tanto tiempo había pensado que él era simplemente otro hombre arrogante, acostumbrado a conseguir todo lo que quería sin esforzarse. Pero ahora veía algo más en él: vulnerabilidad, y eso la asustaba.

—No sé si estoy lista para esto —dijo, tratando de contener las lágrimas que amenazaban con asomarse—. No después de lo que pasó antes… no quiero volver a sufrir.

Sebastián se enderezó en su silla, sintiendo el peso de sus palabras.

—No tienes que decidir nada ahora, Isabela. Solo quiero que sepas que no pienso rendirme. No eres un juego para mí. Si me dejas, te demostraré que esto es real.

Isabela asintió lentamente. No sabía si estaba lista para lanzarse de cabeza a una relación, pero una cosa era segura: Sebastián no iba a desaparecer de su vida fácilmente. Y, en el fondo, quizás no quería que lo hiciera

Después de la cena, la atmósfera entre ellos había cambiado, volviéndose más intensa pero también más íntima. Las dudas que Isabela había sentido al principio de la noche se desvanecieron un poco, reemplazadas por una conexión palpable que parecía traspasar las palabras. Cuando Sebastián la invitó a su apartamento, no hubo necesidad de una larga discusión. Ambos sabían lo que querían.

El viaje hacia el apartamento de Isabela fue tranquilo, casi en silencio, pero cargado de una anticipación electrizante. Apenas cruzaron la puerta, la tensión acumulada durante la cena se liberó de golpe. Sebastián la tomó de la cintura con firmeza, pero con la delicadeza de quien sabe lo que está en juego. Ella, respondiendo al contacto, lo besó con una urgencia que no había sentido antes. El mundo exterior desapareció mientras se perdían en el momento, sus respiraciones sincronizadas, cada gesto hablando más fuerte que cualquier palabra que pudieran haber dicho.

Isabela lo guió hacia su habitación, sus dedos recorriendo el camino familiar de la piel de Sebastián, reconociendo el magnetismo innegable que los había atraído desde el principio. Era una mezcla de deseo y vulnerabilidad, la manera en que ambos se entregaban sin reservas. No era solo la pasión del momento lo que los unía, sino la necesidad de sentirse conectados de una manera que iba más allá de lo físico.

El brillo de las luces de la ciudad entraba por las cortinas, pero dentro de esas cuatro paredes, el tiempo parecía detenerse. Las manos de Sebastián exploraban su cuerpo como si intentaran memorizar cada rincón, y el suave gemido de Isabela le decía que estaba haciendo exactamente lo que ella necesitaba en ese instante. Era un momento de entrega mutua, una promesa tácita de que lo que compartían era más que un romance pasajero.

Cuando finalmente se quedaron en silencio, abrazados bajo las sábanas, sus respiraciones aún entrecortadas, no hubo necesidad de hablar. Ambos sabían que esa noche había marcado un antes y un después en su relación. Lo que sucediera a partir de entonces sería incierto, pero esa conexión, esa chispa que había surgido entre ellos, ya no podía negarse ni ignorarse.

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