CAPITULO 19

Capítulo 19 : Confesiones en la Oficina

El sonido suave de los tacones de Isabela resonaba en los pasillos impecables de la oficina de Sebastián. El edificio, con su arquitectura moderna y paredes de cristal, ofrecía una vista panorámica de la ciudad que cortaba el aliento. Mientras caminaba hacia la puerta principal de su oficina, sintió una mezcla de emoción y nerviosismo. Esta vez, ella lo había sorprendido con una visita inesperada, con la intención de invitarlo a almorzar.

Al llegar a la recepción, la recepcionista la saludó con una sonrisa profesional.

—Buenos días, señorita Harrison. ¿Tiene una cita con el señor Spearce? —preguntó la recepcionista, alzando una ceja ligeramente.

Isabela negó con la cabeza y sonrió. —No, solo vine a invitarlo a almorzar. Pensé que le gustaría una pequeña pausa.

La recepcionista asintió, claramente intrigada por la visita sorpresa. Tras una breve llamada, asintió de nuevo hacia Isabela.

—Adelante, señorita Harrison. El señor Spearce la está esperando —dijo con un gesto amable hacia la puerta, que se abrió lentamente ante ella.

Isabela avanzó, sintiendo cómo su corazón latía con más fuerza en su pecho. La emoción de ver a Sebastián en su entorno laboral la mantenía en un estado de expectación, y estaba convencida de que su visita sería una agradable sorpresa para él. Respiró hondo antes de cruzar la puerta. La oficina de Sebastián era amplia y estaba decorada con un gusto impecable; el estilo minimalista combinaba con un aire imponente que reflejaba el poder que ejercía en sus negocios. Al fondo, junto a los ventanales que ofrecían una vista impresionante de la ciudad, él estaba de pie, hablando por teléfono. Sin embargo, al verla entrar, sus ojos se iluminaron de inmediato, como si la presencia de Isabela fuera la única cosa que realmente importara en ese momento.

—Te llamo luego —dijo, cortando la llamada rápidamente y caminando hacia ella con una sonrisa.

Isabela no pudo evitar sonreír también. Verlo en su territorio, con su traje impecable y esa confianza innata que siempre llevaba consigo, la hizo sentir una oleada de admiración. Era fácil olvidar lo poderoso que era en el mundo de los negocios cuando estaban solos en su burbuja, pero verlo aquí, en su oficina, lo hacía aún más atractivo.

—Me alegra que hayas venido —dijo Sebastián, acercándose para rodearla con sus brazos y plantarle un beso suave en los labios.

—Vine para invitarte a almorzar —respondió ella, disfrutando del calor de su abrazo. —¿Cómo ha estado tu día?

Sebastián soltó un suspiro de alivio mientras la guiaba hacia su escritorio. —Mucho mejor ahora que estás aquí.

Isabela se sentó en una silla frente a su escritorio, observando cómo él se relajaba en su presencia. Había algo diferente en él cuando estaban juntos, un cambio sutil que lo hacía parecer más humano, más accesible. En ese momento, no era el magnate de los negocios, sino simplemente el hombre del que se estaba enamorando cada vez más.

—Este lugar es impresionante —comentó, mirando alrededor. —Realmente encaja contigo.

Sebastián sonrió, agradecido por el cumplido. —Paso demasiado tiempo aquí, pero hoy, tengo una excusa para hacer una pausa —dijo, inclinándose sobre el escritorio para tomar su mano. — Acepto tu invitación a almorzar

Isabela entrelazó sus dedos con los de él, disfrutando de la intimidad del gesto. —¿Estás seguro de que no tienes reuniones importantes? —preguntó, medio en broma.

—Todo puede esperar. Ahora mismo, tú eres mi prioridad —respondió él, su tono firme pero lleno de ternura.

Los ojos de Isabela brillaron, sintiendo cómo el ambiente entre ellos se volvía más íntimo. Sebastián se levantó de su silla y caminó alrededor del escritorio hasta estar frente a ella. Se inclinó hacia adelante, colocando ambas manos en los reposabrazos de la silla donde estaba sentada, atrapándola suavemente entre sus brazos.

—Siempre he querido hacer esto en mi oficina —dijo en un susurro travieso, mientras sus labios rozaban los de ella.

Isabela rió suavemente, sintiendo un leve rubor en sus mejillas. —¿Qué, besarme en tu oficina?

—Besar a la mujer más hermosa que haya entrado en este lugar —corrigió él antes de besarla.

El beso fue lento y suave, pero con una profundidad que les hacía olvidar momentáneamente dónde estaban. El aroma de su perfume y el calor de su piel llenaron los sentidos de Sebastián, mientras Isabela se perdía en la sensación de tenerlo tan cerca. Aunque estaban en un entorno formal, había una burbuja de intimidad que los rodeaba, como si el resto del mundo no existiera.

Sebastián tomó su rostro entre sus manos, acariciando sus mejillas con los pulgares, mientras sus labios se movían con ternura sobre los de ella. Isabela suspiró, rodeando su cuello con sus brazos, atrayéndolo aún más cerca. A pesar de los retos que enfrentaban, los momentos así les recordaban por qué habían decidido estar juntos.

—No sabes cuánto me haces falta cuando no estás cerca —susurró Sebastián contra sus labios antes de apartarse un poco, mirando profundamente sus ojos.

—Y yo a ti —respondió Isabela, sintiendo que sus palabras eran más verdaderas de lo que quería admitir.

—Es un caos allá afuera, pero contigo todo parece más sencillo, Isa. —Su voz tenía un tono de vulnerabilidad que no solía mostrar en público. Aquí, en la intimidad de su oficina, Sebastián dejaba caer las máscaras que solía usar para enfrentar el mundo.

Isabela acarició su rostro, trazando la línea de su mandíbula con delicadeza. —Tú también me haces sentir así —dijo suavemente—. Sabes que todo este asunto con los medios y las miradas constantes no es fácil, pero cuando estamos juntos, lo demás desaparece.

Sebastián sonrió antes de inclinarse nuevamente para besarla, esta vez más apasionadamente, como si quisiera absorber cada palabra de sus labios. Isabela se dejó llevar, disfrutando de la calidez y la conexión que fluía entre ambos. El mundo exterior, con sus problemas y presiones, se desvanecía en esos momentos.

Finalmente, Sebastián se separó lo suficiente para mirarla, con una sonrisa satisfecha. —Ven, vamos a almorzar antes de que decida que no salimos de aquí nunca más.

Isabela rió, pero aún podía sentir el latido acelerado de su corazón por la cercanía que acababan de compartir.

—Está bien dijo ella, levantándose de la silla y tomando su mano.

Mientras salían juntos, Isabela se dio cuenta de que no importaba dónde estuvieran, si en la oficina de Sebastián o en cualquier otro lugar. Cada momento juntos, por más mundano que fuera, se sentía especial. Y mientras caminaban hacia el ascensor, Sebastián mantuvo su mano entrelazada con la de ella, como si no quisiera soltarla nunca.

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