—Señor Zanobar. —Un demonio de nombre Gabe golpeaba la puerta de la residencia del hombre acompañado de otros dos demonios. —Abra la puerta, por favor.
—¿Seguro de que no se echó una borrachera? Debe estar muerto de la resaca. —Añadió uno de los demonios en tono burlón, llamado Ferl.
—Más con el rechazo que el amo le dio al joven Zay, debe andar molesto. —Concordó Obadia, una mujer sensata.
—De ser ese el caso, Zay hubiera abierto hace rato. —Comentó Gabe, sin dejar de tocar la puerta.
—Yo voto por tirar la puerta. —Sugirió Ferl.
—¿Y si no están?
—No ha habido señales de ellos. —Le contestó Gabe a Obadia. —Por primera vez le daré la razón a Ferl.
Los tres demonios forzaron la puerta y apenas la tumbaron al suelo lo que vieron ante sus ojos los dejó totalmente perturbados. La sala tenía esparcida en todas partes rastros de sangre, vísceras... y la cabeza de Zanobar goteando sangre desde el techo donde fue puesto.
Los demonios custodiaron la zona sin pensarlo y le informaron a Taiyo de inmediato sobre la situación. El demonio esquelético reaccionó con gravedad y se pasó toda la mañana buscando a su amo con desesperación.
Por otro lado, en la habitación de Lena Rai terminaba de vestirse. La ángel yacía a su lado dormida, solo podía ver su pelo rubio recostado en las sábanas y su espalda desnuda con sus alas blancas pegadas al cuerpo.
Millones de incógnitas pasaban por la cabeza del rey de los muertos, nunca había sentido un deseo tan repentino por alguien, menos en condiciones que podían perjudicar su trabajo. Pero no podía negarlo, sería una noche que Rai siempre recordaría y por buenas razones.
Aunque le preocupaba que la chica no pensara lo mismo.
—Sé que estás despierta. —Habló Rai, pero Lena siguió en su posición sin dar señales de atención. —Entiendo que esto pueda ser un gran cambio para ti, imagino que los Ángeles son más reservados en ese aspecto.
Rai asumía que la chica debia estar en shock, tal vez ella no se haya opuesto, pero tampoco lo hizo con total consentimiento, podia deberse a la inexperiencia. No obstante, Lena, que si estaba despierta y escuchaba cada palabra, solo le gustaría saber que significó aquella noche. Si en verdad tenía el aprecio del rey, o era una mujer de paso como Leuce y otras esclavas.
En cambio el rey no sabía que decirle con certeza, sentía que cualquier alago aumentaría el ego de la muchacha. Era lo que quería evitar. Pero tampoco debía ocasionarle dolor, cualquier decisión podía ser riesgosa. Rai podía estar muy enamorado, pero mantener su vida era su prioridad.
—Solo quédate tranquila. —Más que un consejo, parecía una suplica por parte del rey.
Rai se levantó de la cama y lo último que escuchó fue la puerta cerrarse, Lena se giró mirando el techo. La noche con Rai era algo que veía venir desde hace tiempo, y poco a poco iba sintiendo afecto por él.
Pero de alguna forma seguía sintiéndose insatisfecha.
Sintió un peso ligero en la cama, Lena se fijó en como su mascota Mosaico se asomaba pidiendo permiso para subirse. Ella se lo concedió con una sonrisa, y el cachorro se acostó a su lado para dejarse acariciar por su ama.
Lena necesitaba un baño urgentemente, y esta vez no solo para desestresarse.
...🖤...
Rai llegó a su habitación con la intención de cumplir con su trabajo que seguramente se le habia acumulado. Sin embargo, sintió una presencia que pronto lo puso en alerta.
—Buenos días, mi amado. —Aquella esclava de nombre Leuce lo esperaba sentada en su silla. —Me tiene olvidada...
—¿Qué haces aquí, Leuce? No te mandé a llamar.
—Lo sé, es que últimamente ha estado tan ocupado con su nuevo juguete que me ha hecho extrañar su atención. —La mujer se acercaba de forma seductora. —Lo he extrañado toda la noche, todas las noches...
Leuce se abalanzó sobre el rey y le robó un beso, que a pesar de todo Rai no se lo negó. Hasta que el ruido de la puerta los interrumpió.
—¡Mi señor, lo he estado buscando toda la mañana...!
A Taiyo se le cortó el rollo al ver a su rey con esa mujer desagradable en brazos. De inmediato el demonio esquelético se molestó.
—Taiyo, porque no tocas...
—Su tío está muerto, amo. —Taiyo interrumpió a Rai, dejándolo perplejo. —Pero parece que cogerse a una ramera es más importante que atender las amenazas del reino.
—¿Cómo se atreve a llamarme así? ¡Yo no soy una ramera, saco de huesos! —Exclamó Leuce, pero Taiyo ya había dado la vuelta con la intención de irse.
—¡Espera Taiyo! —Rai detuvo al demonio. Taiyo lo miró molesto, y él entendió que no diría ni una palabra hasta que Leuce se fuera. —Sal de aquí.
—Pero señor...
—¡Que salgas! —Exclamó Rai con rigidez. Leuce asintió cabizbaja, y a toda prisa se retiró. Rai se enfocó en Taiyo. —¿Cómo que Zanobar está muerto?
—Así como lo escucha, amo.
—¿Pero qué pasó? ¿Por qué no lo han traído para que se regenere?
—Me temo que eso no será posible, amo. El asesino quería acabarlo definitivamente, descuartizó todo su cuerpo sin dejar nada más que su cabeza. —Explicaba Taiyo, sorprendiendo cada vez más a Rai.
¿Quién pudo haberle hecho eso a su tío?
—¿Qué hay de Zay? ¿También está muerto?
—En realidad nadie lo ha visto, amo. —Taiyo comenzó a sugerir. —Se cree que él es responsable de su muerte.
Rai no podía creerlo. ¿El inocente Zay? ¿Matar a su propio padre? No lo creía capaz, era solo un niño. Él no pudo.
—Llévame a la escena del crimen cuanto antes.
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