Supremacía.

El eterno eclipse que dominaba en el cielo del infierno era el responsable de iluminar las penumbras del Inframundo. Desde el balcón más alto del palacio, Lena miraba el paisaje que le brindaba la niebla y las estructuras deterioradas mientras acariciaba a Mosaico que dormía en sus brazos en forma de cachorro.

Raenix se sentó a un lado, observándola fijamente. Ella pensaba que Lena debía irse, que el Infierno era muy poco comparado a lo que ella merecía, pero todo dependía de la decisión de Lena.

—Cuando mi padre me comprometió con el padre de Starling, Phobos, yo ya tenía un prometido al que amaba. —Habló el espectro, capturando la atención del ángel.

—¿El padre de Rohis? —Cuestionó Lena, Raenix asintió.

—Pero a mi padre no le importó, él solo quería evitar que los Ángeles le declararán la guerra a los Dominios Marinos, y todo porque teníamos creencias distintas. —Relataba Raenix melancólica. —Podría decirse que también fui un sacrificio. Y cómo tú desee ser aceptada en la capital, pero ni siquiera mi esposo Phobos me respetaba.

—Yo siempre quise hacerte esa pregunta. —Intervino Lena.—Aún después de todo lo que has pasado, incluso diste a luz a una Diosa como Starling... ¿Sigues pensando que bajo el mar se esconde un ser más poderoso que el que conocemos?

—Por supuesto. —Afirmó Raenix. —Lo sé porqué su religión se basa en mentiras y manipulaciones. Obliga a sus creyentes a ser puros, santos, a pinta a ustedes los ángeles como seres sin maldad y llenos de paz. Pero la verdad es que tanto los ángeles como el Dios que ponen en el trono no tiene diferencia con los mortales, la magia es la única ventaja.

—¿Dudas de qué recibamos los poderes del cielo?

—Así como ustedes no saben que hay más allá del cielo, nosotros no sabemos lo que hay en el fondo del mar... ¿Por qué no habría un Dios ahí? Tal vez uno que si sea amor, y no mentiras. —Raenix jugaba con un collar de aguamarina, original de su tierra natal. —A veces pienso que mi hijo Rohis gobierna los Dominios Marinos con la guía de ese Dios... En cambio, si Starling se esfuerza, tal vez no sea una tirana.

A Lena siempre la sorprendió la manera tan diferente en la que Raenix trataba a sus hijos, y no sabía si era porque Starling fue hija que tuvo por compromiso y Rohis fue hecho con amor, o porque los padres siempre tenían un hijo favorito.

Incluso en estas circunstancias en la que Starling era la máxima monarca de la Megapolis, y Rohis solo era el gobernador de los Dominios Marinos. Por asuntos de poder tampoco era.

—Si tu lugar no es aquí Lena, no lo fuerces como yo lo intenté en la capital. Si aquí no te respetan, te aseguro que en otro sitio lo harán. —Culminó Raenix.

La espectro tenía un punto, pero la diferencia era que Raenix fue apartado de su hogar.

Lena no tenía a dónde ir, y temía no encontrarlo nunca.

...🧿...

Lena fue convocada al tramo más profundo del palacio infernal por el propio Rai, entró a la sala iluminada por candelabros de fuego azul, y en el centro se notaba una especie de elevación con restos de sangre seca. Lucía como una especie de cuarto de tortura.

—Mi hermana Mistral fue la última persona en ser torturada en esta sala. —Pronunció la voz del rey de los muertos haciendo presencia en la sala. —Órdenes de tu Dios Starling.

—Rai...

El hombre caminaba alrededor de la elevación con un semblante pensativo.

—Dios y sus ángeles le han transmitido a la humanidad que somos malos, como si los seres del inframundo no fuésemos igual que ellos, como si fuésemos seres que siguen sus propias reglas, cuando al igual que ellos somos dominados por Dios...

—¿Qué? No entiendo tus habladurías, ¿Decidiste si me voy o no? —Expresó Lena desesperada.

—¿Qué es lo que hace superior a los ángeles? ¿Que los hace diferentes a los mortales? —Interrogó Rai con seriedad. —Contesta.

Lena sonrió de lado al recordar la conversación que tuvo con Raenix hace unas horas.

—La magia, supongo.

—¿Solo eso?

—Lo es. Porque al igual que los mortales nosotros somos lo opuesto a lo que relatan las antiguas historias; también sentimos, amamos, así como reímos y lloramos también nos enojamos o actuamos sin pensar. Queremos tener familias, amigos... —Relataba Lena. —Sin nuestra magia seriamos iguales a los demás.

Rai estuvo de acuerdo.

—Honestamente pienso que son poderes que se tuvieron que extinguir hace mucho, ya que el deseo enfermizo de obtener el Poder es lo que siempre no llevó a la perdición. —Rai tomó su mano, y Lena perpleja no supo el porqué. —Es un mensaje que se ha transmitido de generación en generación.

Rai la guió por la sala hasta un lugar donde colgaban cuadros de lo que parecían ser una dinastía de reyes que han gobernado el infierno.

Lena se fijó en que además de la mirada sombría que compartían todos los gobernantes, algo que no podía faltar era un anillo con un brillante diamante rojo.

Anillo que Rai portaba.

—Es algo que cualquier gobernador del infierno debe comprender. —Complementó el rey de los infiernos llegando a la foto final. —O en este caso, Guardiana.

Lena se desconcertó con esa frase, luego se dio cuenta del personaje que estaba en el cuadro frente a ella. Una mujer, de ojos rojos y largo cabello platino sentada en un trono, la miraba fijamente hasta que el Ángel bajó su vista y observó un anillo similar al de Rai, salvo que este poseía un diamante azul.

—¿Qué dices? —Murmuró el Ángel.

—Lamento haberte subestimado, Lena. —Mencionó Rai viéndola a los ojos. —Creo que podrías ser una digna Guardiana del Inframundo.

Luego sacó algo de su capa, que a Lena seguía dejándola estática de la impresión.

Era el anillo azul.

El anillo apenas vio la luz del exterior comenzó a brillar acompañado del anillo rojo de Rai.

—Estos anillos son las reliquias más poderosas del Inframundo, el azul debía ser de mi hermana, pero dada las circunstancias se supone que le correspondía a otros miembros del linaje. —Complementó Rai extendiendo su mano y colocándole el anillo a su nueva portadora. —Ahora serás mi mano derecha, la segunda al mando en este lugar. Pero no pienses que es un privilegio, al contrario, es una gran responsabilidad... ¿Estás dispuesta a aceptarla?

Lena admiró el anillo y de repente sintió algo que nunca pensó que viviría, la estaban aceptando en un lugar, podía tener un hogar...

El Ángel sonrió y lo miró con afirmación.

—¿Después de todo lo que he demostrado me sigues subestimando? —Accedió ella.

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