Oscuridad

La mudanza al extranjero fue una decisión que Isabela tomó con la cabeza caliente. Una noche se levantó por agua y escuchó a su madre llorar mientras discutía con su papá. Unos prestamistas habían llegado a su casa armados y amenazando la vida de toda su familia si no pagaban a tiempo su deuda. Dos días después, Pedro fue llevado de urgencias al hospital debido a un pre infarto, y eso fue la gota que derramó el vaso.

Isabela se dedicaba al arte, específicamente, era escritora e ilustradora. Desde niña se destacó por su talento con las palabras y el pincel.

Nunca tuvo dudas con respecto a lo que deseaba hacer con su vida. Decidió que la pintura y el dibujo serían su hobby, y se convertiría en una profesional en lengua y literatura hispánica. Soñaba con ser escritora y que sus historias fueran leídas por millones de personas. Y su sueño se hizo realidad. Su primera novela fue fichada por un editor que le prometió el cielo y las estrellas. Se dejó deslumbrar, no solo por la oportunidad de realizar sus sueños más locos, sino por el hombre que supo usar las palabras correctas para ganarse su confianza y corazón. Al principio, todo fue risas, fresas, flores y chocolates. Su libro se estaba vendiendo como pan caliente y se volvió muy popular entre el público joven amante de la fantasía y el romance, pero cuando llegó la hora de hablar sobre las regalías de su obra, se sorprendió mucho porque sus ganancias no concordaban con lo que ella creía que iba a ganar.

Sebastián, su editor y novio de entonces, le enseñó el contrato que había firmado con la editorial. En el se estipulaba que la empresa se quedaba con la mayoría de las ganancias, a ella solo le correspondía un diez por

ciento, y este porcentaje iría aumentando con la publicación de las siguientes novelas dependiendo de sus ventas. Ella se decepcionó y se sintió muy enojada, pero decidió hacer a un lado esos pensamientos, creer en Sebastián y con la promesa de que las cosas mejorarían con el segundo libro, se esmeró aún más en trabajar. Pero las cosas no salieron como ella esperaba, incluso sus ganancias fueron menores y no podía entender muy bien el porqué. Decidió asesorarse con uno de los profesores con quien aún mantenía contacto, y él le explicó que el contrato que firmó estaba diseñado para explotarla y lo peor de todo es que la editorial tenía los derechos totales de sus libros ya publicados y los que faltaban por publicar. Les debía ocho novelas. Cualquier cosa que escribiera le pertenecía a ellos. En conclusión, era su esclava.

Isabela tuvo una crisis de ansiedad, se sentía atrapada. Habló con Sebastián para que la ayudara a encontrar la forma de finalizar el contrato, pero él solo se limitó a decir que si incumplía las cláusulas la iban a demandar por una suma millonaria. Su estrés llegó al punto máximo y su creatividad se apagó. Durante meses no logró escribir ni una frase y la editorial comenzó a presionarla para que terminara el tercer libro planeado para la historia en curso.

Debido a su estado ansioso, las enfermedades físicas se manifestaron. Migrañas, dolores musculares, subidas de presión, insomnio… Así sucesivamente, hasta llegar a la depresión. Y ahí fue cuando su familia intervino y le ofreció su apoyo. Su papá la obligó a renunciar a la editorial. Un mes después llegó la citación de la demanda y tuvo que vender su carro, apartamento, hipotecar la casa de sus padres y pedir préstamos en varios bancos a nombre de cada miembro de su familia y recurrir a personas de dudosa reputación para poder pagar la multa que le otorgaron por el incumplimiento de contrato.

—No te preocupes, hija, es solo dinero, la salud es lo más importante —fueron las palabras de su padre el día que pagaron todo. Pero esa noche solo podía sentirse derrotada. Estaba en la ruina, con una deuda multimillonaria, sin trabajo, con el peor bloqueo de escritor que había sufrido y con los cuernos más grandes que los de un alce, porque esa misma tarde se enteró de que su hermoso y perfecto Sebastián estaba casado y tenía un hijo de tres años.

Intentó pelear para recuperar los derechos de su obra y tratar de comenzar de cero. Tenía el apoyo de sus fans que la presionaban cada día por el tercer libro de la saga. Decidió investigar cómo podía autopublicarse y le pareció una idea perfecta. Pero el abogado que la asesoraba solo estaba haciendo que su deuda fuera más grande. Ya no podía recurrir a los bancos y solo le quedaban los prestamistas. Comenzó a tapar huecos cavando otros más grandes y peligrosos. En conclusión, la situación se volvió insostenible.

Pero lo que la llevó a rendirse definitivamente fue cuando el abogado le explicó que, aunque se hubiera liberado del contrato que la obligaba a escribir ocho novelas más, no podía autopublicar el último libro de su saga porque la historia y los personajes le seguían perteneciendo a la editorial. Isabela volvió a caer en depresión. Cerró sus redes sociales y pasó semanas sin salir de su cuarto.

Daniela, su hermana, trataba de alentarla diciéndole que escribiera algo más, que podía inventar cualquier otra historia. Ella luchó consigo misma y decidió hacerlo, pero la respuesta de sus lectores fueron puros comentarios llenos de reclamos y reproches porque sacaba tiempo para una historia nueva y no para terminar la que dejó inconclusa. Deseaba explicar lo que pasaba, pero un contrato de confidencialidad se lo impedía, y su situación no estaba para otra demanda que no podría pagar ni vendiendo todos sus órganos en el mercado negro.

Así que con lo poco que logró recaudar con su última historia, compró un billete al único país donde tenía visa y permiso de trabajo.

Después de 5 horas de vuelo, Isabela llega a su destino. Pasa por una eterna y humillante inspección en el aeropuerto, solo por ser colombiana, pero decide no amargarse la existencia por eso y solo tener pensamientos positivos frente a su nueva vida. "No va a ser fácil, pero ninguna buena historia lo es", se dice a sí misma mientras observa la gigantesca ciudad que la rodea.

Busca un taxi vacío, pero después de media hora se rinde y decide caminar. No es la primera vez que visita la ciudad, y piensa que si camina en Medellín, donde caminar se puede considerar un deporte extremo como el alpinismo, ir a pie unas cuantas manzanas no será un gran problema para ella.

Además, solo lleva una maleta porque sus padres enviarían el resto de sus cosas por mensajería, así que está cómoda para ir caminando. Saca su celular y abre una aplicación de GPS para trazar el camino del aeropuerto a su hogar temporal y se tranquiliza al ver que no es mucho lo que debe recorrer.

Decide ponerse en marcha. Pero no logra dar ni tres pasos, cuando escucha el chillido de unos neumáticos y un segundo después… todo es oscuridad.

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Comments

Raquel Sanchez

Raquel Sanchez

Ya parece un bulto de sal esa pobre

2023-12-04

0

Lichys Wix

Lichys Wix

cómo decimos en México 🇲🇽, nomás falta que un perro la mié 😐😶

2023-11-22

1

Nancy Narvaez Banda

Nancy Narvaez Banda

está muy buena la novela ⭐⭐⭐⭐⭐

2023-11-19

0

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