Una vez pudieron traer un prototipo experimental de la cámara obscura, procedieron a instalarla dentro de la habitación de la segunda esposa del Duque.
No obstante, cuando la segunda esposa supo que se trataba de un esfera la cual mantendría su cuerpo en una especie de invernación, con miles de agujas penetrando su piel y una extraña sustancia líquida negra, de inmediato se asustó.
—Mi señor—dijo el ama de llaves—salga por favor.
Atenea, asustada por la extraña máquina mágica, se escondió como pudo debajo de la cama, aunque por su debilidad solo pudo meter la mitad de su cuerpo.
Si bien por culpa de su ceguera no había podido ver la cámara obscura, sí se asustó por lo que alcanzaba a escuchar del equipo médico.
—A Atenea le da miedo—dijo llorando—le da miedo los espacios cerrados, a Atenea de niña la encerraron en un barril lleno de agua y solo podía respirar por un pequeño hueco. Atenea no puedo, no quiere morir. Los espacios cerrados son muy malos.
Dolida por el estado de su señora, ordenó que todos se fueran de la habitación y que trajeran al duque, mientras ella hablaba con Atenea.
—Sabe, mi señora, tengo tanta alegría a causa de que usted esté acá—dijo mientras estaba recostada contra el marco de la cama—tan solo con su llegada ha traído más paz y tranquilidad, que la duquesa Giselle en estos cinco años que ha estado en la mansión como la esposa del señor.
Con ternura, empezó a acariciar una de las piernas de Atenea para calmarla.
—Aunque no pueda ver, le juro por mi vida que tanto yo como todos en la mansión y el mismo duque la protegeremos—dijo con suavidad—seremos sus ojos y su escudo, protegeremos a nuestro sol.
Tras las palabras del ama de llaves, Atenea dejó de temblar. Todo lo que decía era cierto, no solo antes de quedar ciega, sino después de hacerlo, todos eran igual de amables con ella.
—¡Se imagina mi señora!—continuó el ama de llaves—una vez que usted esté en mejor estado de salud y pueda tener una ceremonia de boda con el duque, ¡El vestido de novia tan hermoso que usted vestirá! ¡Traerán a los mejores expertos para arreglarla! ¡La maquillarán y peinarán de una forma magnífica!
—Un bello vestido de novia—dijo en un susurro un poco sonrojada ante la idea—¿El duque podrá ver mejor a Atenea?
Cualquiera que la hubiera podido ver de manera directa hubiera pensado que le estaba dando un ataque de fiebre a la segunda señora, por su cara tan roja como un tomate; sin embargo, esta movía sus manos con una emoción. No sabía exactamente la razón, pero deseaba que el duque la viera con un bonito vestido de novia.
Tomando entre sus manos el anillo de la duquesa anterior, suspirando un poco para calmarse, salió de debajo de la cama y dejó que el ama de llaves la guiara. Luego de llamar de nuevo al equipo médico, comenzaron a prepararla. Al momento de quitarle la ropa, todos quedaron sin aliento. Sus huesos y cicatrices eran tan evidentes, que se podían ver sus caderas tan marcadas como si fuera un esqueleto vestido de carne.
—¿Está segura que no quiere esperar al duque?—preguntó preocupada el ama de llaves.
—¡Atenea será una niña buena y valiente! ¡Atenea no le dará problemas al duque y entrará sola!—dijo intentándose convencer de aquel paso que le daría.
No iba a negar que le hubiera gustado que el duque la hubiera acompañado; sin embargo, sabiendo que él tenía tantos problemas encima, no quiso molestarlo más. Por eso decidió mejor entrar sola.
—¡Lista la cámara!—dijo el médico en jefe.
Con ayuda del médico de cabeza, el ama de llaves pudo ingresar a la segunda señora dentro de la esfera, con el corazón roto al ver como miles de agujas se clavaban en su pequeño y delgado cuerpo. Luego de que le colocaran una máquina de oxígeno en su nariz, de modo que pudiera respirar pese a que su cuerpo estuviera sumergido por completo en la sustancia.
—¡Listo señores!—habló el médico en jefe una vez la esfera estuvo cerrada—¡Busquemos todas las células cancerígenas y eliminémoslas sin que quede ninguna!
El anciano médico sabía muy bien que aquello no resolvería del todo el problema de la segunda señora; sin embargo, si lograra al menos el cuerpo de ella resistir la sesión completa y pudieran ellos eliminar su cáncer, sería un enorme paso para que ella comenzara a recuperarse.
Por lo que todo el equipo médico, tanto enfermeras, doctores y curanderos mágicos, estaban monitoreando el torrente sanguíneo de la segunda señora por medio de unas pantallas, que permitían no solo atacar de manera sistémica las celular de Atenea, sino que administraba de manera controlada la sustancia por medio de las agujas.
Mientras todo eso ocurría, uno de los asistentes había llegado a la habitación del duque, el cual estaba descansando en su cama al lado del mayor de sus hijos. Aunque hubiera querido dormir, no podía pensar en aquella misteriosa carta que le había llegado días antes.
Su mayordomo principal no la había abierto porque tenía su nombre escrito; sin embargo, al no haber ningún remitente, en vez de seguir el protocolo habitual, decidió dársela directamente. Lo que leyó, hizo que su sangre helara:
¡Mi querido duque! ¿Se encuentra usted bien? Me he enterado por bocas de mucho que se casó por segunda vez con una pordiosera cerda, ¿Ya le está pasando factura sus años y está perdiendo la razón? ¡Bueno! ¡No importa! Si la locura no lo mata, lo haré yo. Ahora que su primera esposa se ha ido por varios días de su lado, me pregunto yo: ¿Qué será lo que primero lo mate? ¿La ira de una esposa humillada o el que estuviera confabulando en contra del emperador? Así como lo lee, duque. ¡Lo sé todo! ¡Cómo me alegraré el día en que usted muera!
Con cariño.
¡El hombre que lo matará con sus propias manos!
Tan solo con recordar aquella amenaza que llegó directo a su casa, la ira carcomía cada centímetro de su cuerpo. Si bien le había puesto espías a su primera esposa, en el hotel donde se estaba quedando, no había podido recibir información concreta. Por lo que sea quien fuera el cómplice de Giselle, debía descubrir su identidad antes de que sus seres queridos sufrieran.
—¿Por qué es que aun no he podido volver a usar el don?—se preguntó por lo bajo, tocándose los ojos.
Se suponía que el don que le había dado la diosa, le permitiría por medio de visiones descubrir todos los secretos de las personas que quisieran dañarlo; sin embargo, desde la vez que Giselle había provocado la muerte de Virgilio, no había logrado activarlo de nuevo.
Sea quien fuese la persona que estuviera ideando su muerte, junto con Giselle, conocía de ante mano muy bien lo que él estaba planeando hacerle al emperador, antes de renunciar a la causa. Por lo que debía ser alguien muy cercano a él y a su plan.
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Comments
Jackeline Gaido
No creo q siendo calva, le hagan un gran peinado.
2024-10-01
0
Evelyn Leal
Pero no se vislumbra quién es el traidor.
Tsl vez es su misma esposa.
2023-12-12
2
Francisca Alcantara
Tiene que ver un traidor dentro del palacio
2023-11-18
4