Alexander había instruido a Reiner con precisión.
—Obtén documentos claves sobre las transacciones financieras de la iglesia, donaciones y el destino final de ese dinero —ordenó Alexander, su tono firme.
Reiner escuchaba con atención, pero no estaba preparado para lo que seguiría.
—Te recomiendo proceder con cautela —añadió Alexander—. Obtén los documentos gradualmente para evitar levantar sospechas, y... A partir de ahora, solo nos veremos cuando tengas algo que entregar. Será pura y exclusivamente en esta sala de oración.
La expresión de Reiner se desmoronó ante esas palabras, y, con evidente angustia, se apresuró a protestar.
—¡No podré verlo! Yo qui...
—Shhh...
Alexander lo silenció, apoyando su dedo índice contra los labios del joven sucesor. Reiner se estremeció y quedó paralizado, incapaz de reaccionar.
—¿Qué sucede, sucesor? —preguntó Alexander, con una sonrisa que rozaba la crueldad—. ¿Acaso me extrañarás?
El silencio en la sala de oración se volvió pesado, cargado de una tensión palpable. Reiner, aún mudo por el gesto de Alexander, luchaba con sus emociones. Desvió la mirada hacia el suelo, sintiendo el torbellino de confusión que lo invadía. ¿Debería admitir cuánto le afectaba la perspectiva de limitar sus encuentros? ¿Extrañaría realmente a su salvador?
Alexander, percibiendo la tormenta interna de Reiner, rompió el silencio con una suave risa.
—No te preocupes... Esto es solo temporal. Cuando este asunto de la investigación concluya, podremos liberarnos de estas restricciones.
Las palabras de Alexander sonaban como una promesa velada, una oferta de consuelo que ocultaba la manipulación detrás. Reiner, aún enmudecido, asintió débilmente, sintiendo una mezcla de alivio y confusión.
Por dos años, Reiner trabajó incansablemente para reunir la evidencia requerida. Se mantuvo lejos de Alexander, limitando sus encuentros a las ocasiones en la sala de oración cuando tenía algo que entregar. Cada vez que se separaban, una sensación de anhelo por la compañía del rey lo embargaba, pero se mantenía firme en su compromiso con la tarea encomendada.
Finalmente, con la información recopilada, Reiner entregó el último documento al rey. Su determinación y sigilo habían dado frutos, aunque el sacrificio personal le pesaba profundamente.
Días antes de cumplir dieciséis años, Alexander convocó una reunión extraordinaria con el consejo real y solicitó la presencia del Papa, sin revelar los motivos de dicha convocatoria. La tensión en el ambiente era palpable cuando todos se reunieron, expectantes.
El Papa, confundido por la inusual cita, aguardaba con curiosidad en su asiento. A su lado, Reiner, ahora con diecinueve años, se erguía con la dignidad de un adulto, su apariencia y modales completamente transformados. Sin embargo, frente a Alexander, la sombra de sumisión seguía pesando sobre él.
En el extremo de la mesa, Alexander comenzó la reunión con una calma imponente, manteniendo sus cartas ocultas.
—En un mundo de ensueño, un lugar sin paralelo, donde la balanza de la justicia se inclina eternamente hacia el bien... ¿Acaso estamos en ese lugar? —comenzó, su voz envolvente, teñida de melancolía.
Los miembros del consejo se miraron entre sí, confundidos. Alexander continuó, su mirada fija en el Papa.
—Observo desde las alturas del trono y veo un reino quebrantado, un reino donde el bienestar de todos sus habitantes es solo un sueño.
Su tono, al principio reflexivo, se tornó más cortante.
—Su Santidad, usted representa la fe, la luz para nuestro pueblo, sin embargo, esa luz parece eclipsada por sombras de avaricia y negligencia. ¿Cómo es posible que los cálices reluzcan de oro mientras las manos que los sostienen se marchitan por la pobreza?
El Papa, enrojecido por la acusación velada, intentó hablar, pero Alexander lo interrumpió con un gesto.
—Y ustedes, lores y nobles, ¿qué me dicen de sus dominios? ¿Han cegado sus ojos a la miseria que rodea sus castillos? ¿O acaso han optado por ignorar la lucha de aquellos que deberían proteger?
Las caras de los lores palidecieron ante la acusación. Uno de ellos, tartamudeando, intentó justificarse.
—Majestad... Creo que está confu...
—No hable en vano —lo cortó Alexander con firmeza—. Sus palabras son como la neblina, ocultan la realidad detrás de su inacción.
El silencio cayó de nuevo sobre la sala. Cada palabra de Alexander resonaba con la fuerza de una verdad incómoda.
—En un reino donde la opulencia se alza sobre los susurros de los desfavorecidos, no puedo permanecer en silencio. Es momento de rendir cuentas. ¿Por qué permitieron que esta desigualdad creciera y se enraizara en nuestras tierras?
Los lores, avergonzados, guardaron silencio. Alexander, con la mirada fija en cada uno de ellos, continuó.
—Hasta que cada alma de Castilla conozca la igualdad y la justicia, no habrá paz ni prosperidad verdadera en nuestro reino. Es hora de actuar, no como nobles poderosos, sino como guardianes de un futuro más justo para todos.
Con un gesto, Alexander hizo que Reiner entregara un conjunto de documentos que fueron esparcidos sobre la mesa.
Los lores tomaron las hojas y, a medida que leían, los murmullos comenzaron a resonar en la sala.
—¿Qué es esto? ¿La iglesia está involucrada?
La sala del consejo se convirtió en un hervidero de emociones. El Papa, al hojear los documentos, notó con horror que lo acusaban directamente de crímenes financieros y desvíos de fondos.
—¡Esto es una blasfemia! —exclamó el Papa, enfurecido—. ¡Esto es una mentira evidente!
—¡Esto no puede ser! —gritó el duque Osier—. Majestad, ¡explíquese!
Los lores se alzaron exigiendo respuestas. Cada acusación apuntaba directamente al Papa, generando un caos en la sala.
—Todos estos documentos son legítimos... —murmuró el marqués de Casares, estupefacto—. Llevan el sello y la firma del Papa.
El Papa, desesperado, intentó jugar su última carta, susurrando entre dientes maldiciones mientras se tambaleaba hacia Alexander, sus ojos llenos de furia.
—Este maldito... Lo crie para que ocupara un lugar que no le correspondía... Pero no seré el único en caer... ¡Qué harás cuando todos descubran que eres una mujer!—pensó, con un gesto desquiciado.
Sin embargo, antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, su rostro palideció y un súbito malestar lo derrumbó al suelo, inconsciente.
Todos quedaron atónitos. Alexander, manteniendo la calma, observaba la escena con serena satisfacción.
***¡Descarga NovelToon para disfrutar de una mejor experiencia de lectura!***
Updated 66 Episodes
Comments
Momoko_Kori
Castigo Divino
2024-01-24
0
Quica Romero
¿Lo envenenaron o lo han estado envenenando y ya surgió efecto?.🤔
2023-12-09
1
Quica Romero
Me recuerda a los adictos, sin su ración.🤨🤔😒
2023-12-09
1