Después de las palabras llenas de doble sentido que Alexander dirigió a su tío, el marqués de Braganza, el silencio se adueñó de la gran sala.
La tensión era palpable. Los diez hombres que formaban el consejo del Rey miraban al joven que ahora ocupaba el lugar principal. Ninguno de ellos parecía satisfecho con la repentina aparición de Alexander, el niño cuyo destino habían estado gestionando, cumpliendo sus funciones en su nombre.
El duque Pierre de Bourdieu fue el primero en tomar la palabra, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos y un tono que disimulaba apenas su falta de respeto.
—Majestad, en primer lugar, permítame felicitarlo sinceramente. Le deseo bienestar y prosperidad —dijo el Duque, inclinando la cabeza en una muestra forzada de deferencia—. Supongo que su Majestad tiene alguna inquietud sobre las celebraciones que estamos organizando por su cumpleaños. Después de despejar esas dudas, imagino que se retirará, ¿es así?
Alexander, observando al duque con atención, notó la falsedad en sus palabras. "Astuto... este hombre será un problema", pensó. Sin embargo, en lugar de mostrar agradecimiento, Alexander le respondió con severidad, sin ocultar la frialdad en su tono.
—¿No es algo descarado suponer las intenciones del Rey, Duque?
El gesto de sorpresa en el rostro del duque Pierre fue evidente, mientras un leve murmullo se extendía entre los miembros del consejo. Detrás de Alexander, Herman, quien había estado observando todo, miró al Duque con evidente disgusto.
—Oh... lamento si mis palabras sonaron groseras, Majestad —respondió el Duque, forzando una sonrisa—. Pero sinceramente no puedo imaginar otro motivo por el cual se encuentra aquí.
—Es gracioso —replicó Alexander, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—, un miembro del consejo del Rey preguntándose por qué el Rey está ocupando el lugar que le corresponde. ¿No es demasiado obvio, Duque? Estoy aquí porque es aquí donde debo estar.
Los hombres del consejo intercambiaron miradas de desconcierto. El marqués Karl Gramsci se apresuró a intervenir.
—¿Exactamente qué significa eso, Majestad? ¿Acaso... se refiere a que comenzará a asumir las responsabilidades del Rey? —preguntó, su voz cargada de escepticismo.
—"Comenzaré" no es la palabra correcta, marqués —respondió Alexander, con una calma que helaba la sala—. Ya es momento de que asuma mis deberes como Rey.
La afirmación no fue bien recibida. El marqués Gramsci, evidentemente exaltado, se levantó abruptamente de su asiento.
—¡Imposible! —exclamó, su rostro enrojecido—. ¡Apenas es un niño! Esto no es un juego, su Majestad está siendo extremadamente imprudente al hablar de esa manera.
Alexander, sin perder la calma, lo miró fijamente antes de responder.
—¿Qué ocurre, marqués? ¿Por qué pierde la compostura? El que parece no haber aprendido modales aquí es otro...
—¡Su Majestad no entiende! —insistió el marqués—. ¡No está capacitado para lo que pretende!
Un incómodo silencio cayó sobre la sala. Herman observó a Alexander, tratando de leer sus emociones, pero su joven Señor permanecía inmutable. Tras una pausa, Alexander habló de nuevo, esta vez con una fría determinación.
—Hace un año que completé mis estudios como heredero. He esperado pacientemente a que ustedes, mis consejeros, me llamaran para ocupar mi lugar. Pero, al parecer, han olvidado a quién sirven.
El marqués Gramsci, aún de pie, sacudió la cabeza con desdén.
—¡Aún es un niño! Su Santidad dijo que él estaría a cargo hasta que viera que usted es capaz de tomar el trono. ¡Su Santidad no ha dicho nada al respecto, así que su pretensión es inaudita!
—¿Pretensión? —replicó Alexander, con los ojos entrecerrados—. Habla como si yo estuviera anhelando algo que no me pertenece... Un buen gobernante debe tener paciencia, pero la mía está empezando a agotarse.
El duque Osier, que hasta ese momento había permanecido en silencio, decidió intervenir.
—Majestad, debo decir que concuerdo con el marqués Gramsci. Aún no está capacitado...
—Esto ya me está cansando —lo interrumpió Alexander—. Si seguimos así, no llegaremos a ningún lado. Permítanme ser claro: si en este momento deseo disolver este consejo, puedo hacerlo. No estoy pidiendo su permiso, solo se los estoy notificando. Entonces, ¿siguen sin entender?
—Eso suena a la pataleta de un niño, Majestad —replicó el duque Osier, con un tono sarcástico—. No es tan sencillo como usted cree. Nosotros tenemos poder y debemos velar por el bienestar del Reino, en su nombre.
—Cállese, Duque.
El Duque Osier quedó atónito ante la repentina y grosera respuesta. Desde el extremo de la sala, una carcajada resonó: era el duque Blanch, quien parecía divertirse con la situación. Alexander, sin perder su seriedad, depositó algo sobre la mesa frente a él, mientras jugaba distraídamente con el objeto.
—La "pataleta" de un niño... Firmar un edicto para liberar al duque Osier de sus responsabilidades en el consejo del Rey sería una excelente primera pataleta, ¿no crees, Herman?
Herman asintió en silencio, mientras las miradas de los consejeros se fijaban en el objeto que Alexander había dejado sobre la mesa: el sello real.
—A Herman le agrada la idea —prosiguió Alexander—. Qué lástima, Duque. Parece que será víctima de mi primera pataleta.
El rostro del duque Osier se enrojeció de ira.
—¿Qué... qué es lo que tiene ahí? ¡No! ¡No puede tener el sello real!
Las palabras del Duque lograron por fin molestar a Alexander. Sus ojos plateados se entrecerraron peligrosamente mientras hablaba.
—¿Y cuál es su fundamento para afirmar que no debo tenerlo? ¿Quién, según usted, es el adecuado para poseerlo?
Antes de que el duque pudiera responder, Alexander continuó.
—Primero dijeron que no podía ocupar mi lugar como Rey, y ahora que no puedo tener mi propio sello... He sido generoso al pasar por alto sus insultos, pero esto ha llegado al límite. Esto ya no es simple desacato, Duque, es insubordinación.
—¡De qué habla, Majestad! Solo estoy diciendo lo que todos aquí piensan. ¡El sello es demasiado importante para estar en sus manos!
—¿Y qué hará, Duque? ¿Saltará sobre mí para arrebatármelo?
El tono de Alexander era audaz y desafiante. Aunque su rostro permanecía impasible, todos en la sala podían imaginar una sonrisa de triunfo oculta tras su expresión. El Duque Osier, humillado y furioso, no supo cómo reaccionar. Sabía que sin el sello real, ninguna acción del consejo tendría legitimidad.
La reunión terminó con un amargo sabor para algunos y una creciente expectación para otros. Alexander, con solo una muestra de su poder, había demostrado que ahora era el verdadero gobernante del reino.
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Comments
Veronica Orea
WOW!!!! La marioneta ahora es un rey de verdad ( o sería mejor decir reina 🤭🤭) el Papa logró criar a un ser brillante
2025-01-11
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Momoko_Kori
Vamos chica no te dejes, por que para eso pasaste todo lo que pasaste
2024-01-24
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Quica Romero
¡Ahora sí!.¡"los patos tirandoles a las escopetas"!.🤨🧐😒🙄
2023-06-24
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